Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Escenas Eliminadas de la Pasion de Cristo Escenas Eliminadas de la Pasion de Cristo

Escenas Eliminadas de la Pasion de Cristo

5951 palabras

Escenas Eliminadas de la Pasion de Cristo

En el corazón de la Condesa, donde las luces neón bailan con las sombras de los jacarandas, Ana y Marcos se acurrucaban en el sofá de cuero negro de su departamento. Era Semana Santa, y la tele escupía las imágenes crudas de La Pasión de Cristo. El aroma a incienso flotaba desde la iglesia cercana, mezclado con el tequila reposado que chispeaba en sus vasos. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz tenue, sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas cada vez que Jim Caviezel aparecía azotado, sudoroso, con esa mirada de sufrimiento divino.

¿Y si hubiera escenas eliminadas? pensó Ana, mordiéndose el labio inferior. Recordaba rumores en foros oscuros de internet: escenas eliminadas de la pasión de Cristo, no las sangrientas, sino las prohibidas, las que tocaban el deseo humano detrás del martirio. Marcos, su carnal de ojos cafés y brazos tatuados con águilas aztecas, le apretaba la muslo con disimulo. "Órale, Ana, esta película siempre me pone de malas... pero contigo aquí, se siente diferente."

El primer acto de su noche apenas empezaba. La pantalla mostraba a Jesús en el huerto, tentado. Ana se recargó en el pecho de Marcos, oliendo su colonia terrosa, ese olor a hombre que la hacía mojar las panties de encaje. Imagina si María Magdalena hubiera estado ahí, susurrándole al oído promesas carnales, fantaseó ella. Sus dedos trazaron el borde de la camisa de él, sintiendo el latido acelerado bajo la tela. Marcos giró la cabeza, su aliento cálido rozándole la oreja. "¿En qué piensas, mi reina? Tus pezones se marcan como si pidieran guerra."

La tensión crecía como el calor de un comal. Ana apagó la tele con el control remoto, dejando solo el rumor de la ciudad: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle. "He oído de escenas eliminadas de la pasión de Cristo, ¿sabes? Escenas que no pusieron porque eran demasiado... pasionales." Marcos arqueó la ceja, intrigado. "No mames, cuéntame. ¿Qué tan calientes?" Ella se subió a horcajadas sobre él, frotando su entrepierna contra la erección que ya endurecía sus jeans. El roce era eléctrico, como chispas en piel sudada. Su verga se siente tan gruesa, lista para partirme, pensó Ana, mientras el sabor salado de su cuello la invadía al besarlo.

En el medio del deseo, la escalada fue implacable. Marcos la cargó como si fuera pluma, sus manos fuertes amasando sus nalgas redondas bajo el vestido corto. La llevó al cuarto, donde velas aromáticas a vainilla parpadeaban, tiñendo las paredes de oro. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en bra y tanga negra, sus tetas firmes rebotando libres cuando desabrochó el sostén. "Tú eres mi Cristo esta noche, pero sin clavos. Solo placer puro." Él se rio, quitándose la ropa con prisa. Su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym, brillaba con sudor fresco. El olor a macho excitado llenaba el aire, mezclado con su humedad que goteaba por los muslos.

Quiero lamer cada centímetro de él, saborear esa pasión prohibida que la iglesia esconde, monologaba Ana en su mente mientras caía de rodillas. Su boca envolvió la cabeza de su verga, hinchada y pulsante, saboreando el precum salado como néctar divino. Marcos gemía, "¡Pinche chula, chúpamela más hondo! Eres mi Magdalena pecadora." Ella succionaba con hambre, sintiendo las venas latir contra su lengua, el sonido húmedo de saliva y carne llenando la habitación. Sus manos masajeaban sus bolas pesadas, oliendo el almizcle crudo de su excitación.

La intensidad subía como fiebre. Marcos la levantó, tirándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Besos feroces, dientes mordiendo labios, lenguas enredadas en duelo. Él lamió su cuello, bajando a las tetas, chupando pezones duros como piedras preciosas. Ana arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, no pares! Siente mi concha ardiendo por ti." Sus dedos exploraron su coño empapado, resbaladizo, frotando el clítoris hinchado en círculos lentos. El sonido era obsceno: chapoteos jugosos, jadeos roncos. Esto es mejor que cualquier escena eliminada, puro fuego mexicano.

La penetró despacio al principio, su verga gruesa abriéndose paso en su interior apretado. Ana gritó de placer, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos como latigazos simbólicos. "¡Más fuerte, mi amor! Fóllame como si fuera el último aliento." Marcos embestía con ritmo salvaje, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo impregnaba todo: sudor, fluidos, pasión desatada. Ella lo montó después, cabalgando como amazona, tetas rebotando, cabello negro azotando su rostro. Sus paredes internas lo ordeñaban, contrayéndose en espasmos previos al clímax.

El clímax llegó en oleadas. Ana se corrió primero, un tsunami de placer que la hizo temblar, chorros calientes salpicando su abdomen. ¡Dios, qué rico! Esto es la verdadera pasión. Marcos la siguió, gruñendo como bestia, llenándola con leche espesa que se desbordaba por sus muslos. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, pulsos martilleando al unísono. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas, el sabor de sus jugos compartidos en labios entreabiertos.

Recostados, con la ciudad zumbando afuera, Ana trazó círculos en su pecho. "Esas escenas eliminadas de la pasión de Cristo... las acabamos de recrear, ¿no?" Marcos sonrió, besándole la frente. "Sí, mi vida. Pero la nuestra es eterna, sin cruces ni director que corte." El incienso se desvanecía, dejando solo su aroma mezclado, testigo de una noche donde el deseo venció al dogma. En ese departamento chic, su pasión era el evangelio vivo, consensual y ardiente, lista para repetirse al amanecer.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.