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La Pasion Desatada en La Pasion Hotel Boutique Playa del Carmen

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La Pasion Desatada en La Pasion Hotel Boutique Playa del Carmen

Llegas a La Pasion Hotel Boutique Playa del Carmen con el sol del mediodía besando tu piel, el aire cargado de sal marina y el aroma dulce de las buganvillas que trepan por las paredes blancas del boutique. El taxi te deja en la entrada, donde palmeras altas se mecen con la brisa caribeña, y sientes ese cosquilleo en el estómago, como si el viaje desde la CDMX hubiera sido solo una excusa para soltar amarras. Eres Ana, treinta y tantos, divorciada hace un año, y esta escapada es tu neta recompensa: sol, playa y, quién sabe, un poco de aventura sin compromisos.

El lobby es un paraíso íntimo, con pisos de mármol fresco bajo tus sandalias, velas aromáticas de coco quemándose en rincones y una fuente que murmura como un secreto. Detrás del mostrador, él: Diego, el gerente, un moreno alto con ojos color miel y una sonrisa que parece tallada para pecar. Órale, qué tipo, piensas mientras firmas el registro. Su camisa de lino blanco se pega un poco a su pecho por el calor, y huele a loción de sándalo mezclado con sudor limpio.

¿Y si le digo algo chido? No, neta, Ana, compórtate. Solo estás aquí para relajarte.

—Bienvenida, señorita —dice con voz grave, rodando la erre como solo los yucatecos saben—. Tu habitación da directo a la playa. ¿Quieres que te ayude con las maletas?

Asientes, y mientras camina delante, no puedes evitar fijarte en cómo sus jeans ajustados marcan sus nalgas firmes. La habitación es puro lujo: cama king con sábanas de hilo egipcio, balcón con hamaca y vista al turquesa del mar. Desempacas bikinis diminutos, crema solar y un vestido vaporoso para la noche. Te pones el más sexy, negro con tirantes finos, y bajas a la playa privada del hotel.

Allí está Diego otra vez, sirviendo cocteles en la barra de palapa. El sol calienta tu piel aceitada, el sonido de las olas rompiendo es hipnótico, y el sabor salado del margarita en tus labios te hace sentir viva. Te acercas, fingiendo casualidad.

¿Qué me recomiendas, guapo? —dices juguetona, apoyando los codos en la madera pulida.

Él ríe, mostrando dientes perfectos. —Un passion fruit mojito, para que sientas la pasión del Caribe. ¿Primera vez en Playa?

Charlan. Él es de aquí, creció entre cenotes y fiestas en la Quinta Avenida. Tú cuentas de tu vida en la ciudad, el estrés del jale, cómo necesitas esto. Sus ojos recorren tu escote sin disimulo, y tú sientes el pulso acelerarse, un calor subiendo por tus muslos. Me está viendo como si quisiera comerme cruda.

La tarde pasa en la piscina infinita, donde el agua fresca lame tu cuerpo mientras flotas. Diego se une en un break, sin camisa, su torso tatuado con un jaguar estilizado brillando bajo el sol. Nadan cerca, roces accidentales: su pierna contra la tuya, su mano en tu cintura al sacarte. El olor de su piel mojada, cloro y hombre, te marea.

Al atardecer, te invita a cenar en el restaurante del hotel. Mesas con velas, mariscos frescos, langosta a la parrilla que sabe a mar y mantequilla. El vino tinto mexicano calienta tu sangre, y bajo la mesa, sus dedos rozan tu rodilla. Neta, esto va en serio.

¿Quieres esto? Claro que sí. Hace meses que no sientes un hombre de verdad. Ve por él, pendeja, no seas mensa.

—Ven a mi cabaña después —murmura al oído, su aliento caliente contra tu cuello—. Quiero mostrarte el lado salvaje de Playa.

El deseo es un fuego lento ahora, latiendo en tu centro. Asientes, y caminan por la playa bajo la luna llena, arena tibia entre los dedos, olas susurrando promesas. Su cabaña es rústica chic, con mosquitero sobre la cama y brisa marina colándose por las ventanas abiertas.

Entra, cierra la puerta. No hay palabras al principio, solo miradas cargadas. Te besa primero, suave, explorando tus labios con lengua hábil, sabor a ron y menta. Tus manos en su pelo, tirando suave, mientras él desata tu vestido, que cae como una cascada al piso. Quedas en lencería, expuesta, vulnerable pero poderosa bajo su mirada hambrienta.

Eres una diosa, wey —gruñe, voz ronca, bajando la cabeza a tu pecho. Sus labios chupan un pezón a través del encaje, enviando chispas directas a tu clítoris. Gimes, arqueando la espalda, el sonido de tu placer mezclándose con el viento nocturno.

Te tumba en la cama, sábanas frescas contra tu piel ardiente. Sus manos recorren tu cuerpo: masajean tus senos, pellizcan suave, bajan por tu vientre plano hasta tus bragas empapadas. El olor a tu excitación llena el aire, almizclado y dulce. Desliza los dedos dentro, curvándolos, encontrando ese punto que te hace jadear.

Estás chingona de mojada —dice, lamiendo su dedo con una sonrisa pícara—. Sabe a miel caribeña.

Tú no te quedas atrás. Le bajas los jeans, liberas su verga dura, gruesa, venosa, palpitando en tu mano. La acaricias, sintiendo la piel sedosa sobre acero, el pre-semen salado en tu lengua cuando la lames de abajo arriba. Él gime, ¡órale!, cabeza echada atrás, caderas empujando.

La tensión crece como una ola gigante. Te pone a cuatro patas, besando tu espalda, mordiendo tu nuca mientras entra lento, centímetro a centímetro. ¡Qué rico! Llenándote, estirándote, el roce perfecto contra tus paredes internas. Empieza a bombear, primero suave, luego fuerte, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu clítoris.

Sus manos en tus caderas, tirando de ti, tú empujando hacia atrás, sincronizados como amantes de toda la vida. El sudor perla vuestros cuerpos, goteando, mezclándose. El aroma es puro sexo: sal, musk, coco de tu crema. Oyes su respiración agitada, tus propios gemidos subiendo de tono, ¡más, cabrón, así!

Esto es lo que necesitaba. Pura pasión, sin dramas. Siente cada embestida, Ana, déjate llevar.

Cambia de posición: tú encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en tus tetas rebotando, pellizcando pezones. Controlas el ritmo, moliendo tu pelvis contra la suya, clítoris frotándose en su pubis. El orgasmo se acerca, un nudo apretándose en tu bajo vientre. Él lo siente, acelera embestidas desde abajo.

Vente conmigo, corazón —jadea.

Explota primero él, gruñendo como animal, chorros calientes llenándote, contrayéndose dentro. Eso te empuja al borde: olas de placer te recorren, visión borrosa, cuerpo temblando, gritando su nombre mientras aprietas alrededor de él, ordeñándolo.

Colapsan juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow es bendito: su boca en tu hombro, besos perezosos, risas suaves. El mar canta afuera, brisa seca el sudor. Te acurrucas en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

Esto fue chido, ¿verdad? —murmura, acariciando tu pelo.

Neta, lo mejor de mis vacaciones —respondes, sonriendo.

Duermes poco, despierta con su mano entre tus piernas otra vez, pero eso es para la mañana. La Pasion Hotel Boutique Playa del Carmen te ha dado más que un cuarto: te ha devuelto el fuego. Mañana, playa, cocteles, quizás más. Por ahora, saborea el eco del placer en tus músculos adoloridos, el sabor de él en tu boca, la promesa de pasiones desatadas.

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