El Color Verde de la Pasion
La fiesta en la casa de las Lomas estaba en su apogeo, con luces tenues que bailaban sobre el jardín exuberante. El aire olía a jazmines frescos y a tequila reposado, ese aroma que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Karla, había llegado con mis amigas, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita total. Pero nada me preparó para él. Ahí estaba, recargado en la barra, con una camisa verde que parecía pintada sobre su pecho musculoso. Ese color verde pasion brillaba bajo las luces, como si absorbiera toda la noche y la devolviera en forma de fuego líquido.
Sus ojos... ay, sus ojos eran lo peor. Del mismo tono, ese verde intenso que te clava la mirada y te hace temblar las rodillas. Me vio de reojo, sonrió con esa picardía mexicana que dice órale, ven pa'cá, y ya estaba. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando. Caminé hacia él, moviendo las caderas sin pensarlo, el sonido de mis tacones contra el piso de cantera retumbando en mis oídos.
¿Qué pedo contigo, Karla? ¿Vas a ligar con el primer pendejo guapo que ves? Neta, este wey tiene algo... esos ojos verdes me van a matar.
—Hola, guapa —dijo con voz grave, ronca, como si fumara habanos a diario—. ¿Qué te traes? Soy Javier.
Le extendí la mano, pero él la tomó y la besó, lento, sus labios calientes rozando mi piel. Olía a colonia cara, madera y un toque de sudor fresco que me erizó los vellos.
—Karla. Y tú... ese color verde pasion de tu camisa me está distrayendo, carnal.
Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. Pidió dos tequilas con limón y sal, y brindamos. El líquido quemó mi garganta, dulce y ardiente, despertando cada nervio. Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la Condesa, de cómo la vida en México te pone a prueba pero te da momentos como este. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas eléctricas por mi brazo.
La música cambió a un ritmo norteño sensual, con guitarra y acordeón que te mueven el alma. Me jaló a la pista improvisada en el jardín, donde las hojas verdes de los ficus susurraban con la brisa. Bailamos pegados, su cuerpo duro contra el mío, el calor de su piel traspasando la tela. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, y en lugar de alejarme, presioné más, mordiéndome el labio.
—Neta, Karla, me estás volviendo loco —murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo—. Esos labios tuyos... quiero probarlos.
No esperé. Lo besé ahí mismo, entre la gente que ni nos pelaba. Sus labios eran suaves pero firmes, su lengua invadiendo mi boca con hambre, saboreando a sal y pasión. Gemí bajito, el sonido perdido en la música. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, bajando hasta mi culo, amasándolo con fuerza. Mi panocha se humedeció al instante, palpitando con necesidad.
Acto dos: la escalada
Nos escabullimos del jardín, riendo como chavos pendejos, hacia una de las habitaciones de huéspedes. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. La luz de la luna entraba por la ventana, tiñendo todo de plata, pero sus ojos seguían siendo ese color verde pasion, hipnóticos, devorándome.
Me empujó contra la pared, besándome el cuello, lamiendo la piel sensible justo debajo de la oreja. Olía a mi perfume mezclado con su sudor, embriagador. —Qué rica estás, pinche diosa —gruñó, mientras sus manos subían mi vestido, rozando mis muslos suaves. Sentí sus dedos callosos, de quien trabaja con las manos, explorando, llegando a mis panties ya empapadas.
¡Dios, Javier! Tus dedos... neta, me vas a hacer correrme ya. Pero aguanta, quiero saborearte primero.
Lo empujé al colchón king size, cubierto de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes, el sonido metálico acelerando mi pulso. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza como hierro caliente. Lamí la punta, salada, deliciosa, y la chupé despacio, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía ¡órale, mamacita, qué chido!.
Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome, pero suave, siempre preguntando con la mirada si estaba bien. —Sí, sigue, pendejo, me encanta —le dije, mirándolo con ojos lujuriosos. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, de su respiración agitada, del crujir de la cama.
No aguantó mucho. Me levantó, volteándome de espaldas, bajando mis panties de un jalón. Su lengua en mi panocha fue como fuego: lamió mi clítoris hinchado, chupando, metiendo dedos que curvaba justo en el punto G. Grité, arqueándome, el placer subiendo como una ola. Olía a sexo puro, a mi humedad mezclada con su saliva. —¡Javier, no pares, cabrón! ¡Me vengo!
Exploto en orgasmos, temblando, piernas flojas. Pero él no paró. Me puso boca arriba, abriéndome las piernas, y se hundió en mí de un solo empujón. Su verga llenándome completa, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mis paredes internas, enviando ondas de placer. El sudor corría por su pecho verde camisa desabotonada, goteando en mi piel.
Aceleró, fuerte, profundo, el sonido de piel contra piel retumbando. —¡Qué apretadita, Karla! ¡Neta, eres perfecta! —jadeaba. Yo clavaba uñas en su espalda, sintiendo músculos contraerse bajo mis dedos. Nuestros gemidos se mezclaban, altos, sin vergüenza. El olor a sexo impregnaba todo, almizclado, animal.
Esto es lo que necesitaba... este wey con sus ojos verdes me tiene poseída. ¡Más fuerte, métemela toda!
Cambié de posición, montándolo como amazona. Rebotaba sobre su verga, mis tetas saltando, él amasándolas, pellizcando pezones duros. El control era mío, girando caderas, frotando mi clítoris contra su pubis. Sentí su pulso acelerado bajo mis palmas, su corazón latiendo como tambor.
—Me vengo, Karla... ¡juntos! —gruñó.
Explosión. Su semen caliente llenándome, mientras yo me deshacía en espasmos, gritando su nombre. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones tronando.
Acto tres: el resplandor
Yacimos ahí, enredados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana, enfriando nuestras pieles ardientes. Javier me acariciaba el pelo, besando mi frente, suave ahora, tierno. —Qué padre estuvo eso, reina. Neta, desde que te vi con ese vestido, supe que eras fuego.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, oliendo su piel salada. Afuera, la fiesta seguía, risas lejanas, pero nosotros en nuestro mundo. Ese color verde pasion de sus ojos me miró, y vi promesas, no solo lujuria.
¿Será que esto es solo una noche, o nace algo chido? Pinche Javier, con tus ojos verdes me robaste el alma.
Nos vestimos despacio, robándonos besos, promesas de vernos pronto. Salimos de la mano, el jardín verde brillando como testigo. La pasión no se apagó; quedó latiendo, lista para más noches mexicanas llenas de fuego.