Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Travestis en la Noche Ardiente Pasión Travestis en la Noche Ardiente

Pasión Travestis en la Noche Ardiente

7327 palabras

Pasión Travestis en la Noche Ardiente

La noche en la Roma de la CDMX estaba viva con ese pulso eléctrico que solo México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de cuates saliendo de antros y bares, el aire cargado con olor a tacos al pastor y humo de cigarros. Yo, un pendejo de veintiocho años que trabajaba en una agencia de publicidad, andaba de copas con unos vatos después de una junta pesada. Pero algo en el ambiente me tenía inquieto, como si el calor húmedo de la noche me estuviera susurrando promesas calientes.

Entramos al La Musa, un lugar chido con música electrónica retumbando y meseras que te miran como si ya supieran tus pecados. Ahí la vi. Alta, con curvas que desafiaban la gravedad, vestida con un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación. Su piel morena brillaba bajo las luces, el cabello negro largo cayéndole en ondas perfectas. Sus labios pintados de rojo intenso se curvaban en una sonrisa pícara mientras charlaba con unas amigas. Travesti, pensé de inmediato, y en lugar de alejarme, sentí un cosquilleo en la entrepierna. Mi pasión travestis secreta, esa que había descubierto en videos clandestinos y fantasías nocturnas, cobraba vida frente a mis ojos.

¿Y si me acerco? Wey, no seas menso, te va a correr a patadas o peor, te va a hacer lo que quiera y vas a acabar rogando por más.

Me armé de valor, pedí un trago y caminé hacia ella. "Órale, güera, ¿vienes seguido por acá? Te ves como reina de la pista". Ella giró, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos, y soltó una risa ronca que me erizó la piel. "Llámame Alexa, mi amor. Y sí, vengo a cazar lobos como tú". Su voz era miel caliente, con ese acento chilango juguetón. Nos pusimos a platicar, tequila en mano, el sudor perlando su cuello mientras el bajo de la música nos vibraba en el pecho.

La tensión crecía con cada mirada. Su perfume, una mezcla de vainilla y algo más salvaje, me envolvía como una niebla erótica. Tocó mi brazo casualmente, sus uñas largas rozando mi piel, y sentí el pulso acelerarse. "Sabes, carnal, siempre me han gustado los hombres que no le temen a lo diferente", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. Le conté de mi vida aburrida, de cómo soñaba con noches como esta. Ella sonrió, revelando dientes perfectos. "Pues esta noche va a ser inolvidable, pendejo guapo".

Salimos del bar tomados de la mano, el bullicio de la calle contrastando con el fuego que nos quemaba por dentro. Caminamos unas cuadras hasta un hotel boutique en la Insurgentes, el tipo de lugar con habitaciones elegantes y jacuzzis. En el elevador, no aguanté más: la besé. Sus labios suaves y carnosos sabían a tequila y gloss de cereza, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y feroz. Sus manos bajaron a mi culo, apretando con fuerza juguetona. "Tranquilo, rey, vamos a disfrutarlo despacito", jadeó contra mi boca.

En la habitación, la luz tenue de las lámparas nos bañaba en oro. Se quitó el vestido lento, como un striptease privado, revelando lencería negra que acentuaba sus senos firmes y operados, su cintura estrecha y esas caderas anchas que gritaban pecado. Yo me desvestí rápido, mi verga ya dura como piedra palpitando al aire. La miré embobado: era perfecta, una diosa travesti con esa pasión travestis que me volvía loco. Se acercó, su piel suave rozando la mía, el calor de su cuerpo fundiéndose con el mío.

Neta, esto es lo que necesitaba. Su toque es eléctrico, me hace sentir vivo, deseado como nunca.

Nos besamos de nuevo, tumbados en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Sus manos expertas bajaron a mi pecho, pellizcando pezones, bajando por mi abdomen hasta agarrar mi polla con firmeza. "Mira qué chula está, toda para mí", ronroneó, masturbándome lento mientras yo gemía como loco. El sonido de su mano resbalando por mi piel húmeda de precum llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. La besé el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas. Chupé un pezón oscuro y erecto, sintiendo su gemido vibrar en mi boca, dulce como caramelo.

La volteé boca abajo, admirando su culo redondo y firme. Le separé las nalgas, oliendo su aroma almizclado de mujer excitada. Metí la lengua, lamiendo su ano rosado y apretado, saboreando su esencia terrosa y adictiva. "¡Ay, wey, qué rico! No pares", suplicó, arqueando la espalda. Mi lengua danzaba en círculos, húmeda y caliente, mientras mis dedos jugaban con sus bolas suaves colgando debajo. Ella se retorcía, el colchón hundiéndose bajo su peso, sus uñas clavándose en las sábanas.

Me puse de rodillas detrás de ella, untando lubricante frío que contrastaba con el calor de su entrada. "Dime si quieres, mi reina", susurré, respetuoso pero ansioso. "Sí, métemela toda, cabrón, hazme tuya". Empujé despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. El roce era puro fuego, su ano succionándome como terciopelo vivo. Gemí fuerte, el slap de mis bolas contra su piel resonando. Empecé a bombear, lento al principio, building esa tensión que nos tenía al borde.

La volteamos, ahora ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba mientras ella giraba las caderas, su verga dura rozando mi abdomen, dejando rastros húmedos. El olor a sexo nos envolvía, sudor, lubricante y esa fragancia suya embriagadora. "¡Más fuerte, pendejo! Siente mi pasión travestis", gritó, y aceleré, mis caderas chocando contra las suyas en un ritmo frenético. Sus ojos se clavaron en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.

Esto no es solo follar, es liberarse. Su fuerza, su feminidad, me completa de una forma que ninguna chava normal ha hecho.

La intensidad creció, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un baile primitivo. Ella se masturbaba mientras me montaba, su mano volando sobre su miembro grueso. "Me vengo, amor, ¡agárrate!". Su semen caliente salpicó mi pecho en chorros espesos y pegajosos, oliendo a almizcle puro. Eso me llevó al límite: grité su nombre, explotando dentro de ella, mi leche llenándola en pulsos interminables. El placer era cegador, ondas de éxtasis recorriéndome desde las bolas hasta la nuca.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa. El cuarto olía a nuestro clímax compartido, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. La abracé, besando su frente sudada. "Eres increíble, Alexa. Esto fue... neta, lo máximo". Ella rio bajito, trazando círculos en mi pecho con un dedo. "Tú tampoco estás tan pendejo, guapo. Mi pasión travestis encontró su pareja perfecta esta noche".

Nos quedamos así un rato, hablando de tonterías, de la vida en la ciudad, de sueños locos. El amanecer tiñó las cortinas de rosa, y supe que esto no era un adiós. Salimos del hotel tomados de la mano, el sol calentando nuestras pieles aún sensibles. En la calle, el México vibrante nos recibió como si nada hubiera cambiado, pero para mí, todo era distinto. Había vivido mi fantasía, y el fuego de esa pasión travestis ardería por siempre en mis venas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.