Abismo de Pasión Capítulo Donde Muere Augusto
El aire salado del mar de Veracruz me acariciaba la piel como un amante impaciente esa noche de tormenta. Yo, Elisa, dueña de la hacienda El Paraíso, sentía el corazón latiéndome con fuerza mientras observaba a Augusto desde el balcón. Él era el capataz, un moreno recio con músculos forjados por el sol y el trabajo en los cafetales, ojos negros que prometían pecados deliciosos. Órale, qué hombre tan chingón, pensé, mordiéndome el labio. Llevábamos semanas de miradas robadas, roces accidentales que encendían mi panocha como fuego de leña.
La lluvia empezó a caer con furia, azotando las palmeras y llenando el aire con ese olor terroso y húmedo que me ponía cachonda. Augusto corrió hacia la casa principal, empapado, su camisa blanca pegada al pecho ancho, delineando cada pectoral. Subió las escaleras de dos en dos, y cuando llegó a mí, su aliento caliente rozó mi cuello.
"Mamacita, esta lluvia nos va a ahogar si no buscamos refugio", murmuró con esa voz grave, ronca como el trueno lejano.
Lo jalé adentro sin decir nada, cerrando la puerta de caoba con un golpe seco. El cuarto olía a jazmín y a mi perfume de vainilla, pero pronto se impregnaría de nosotros. Mis manos temblaban al desabotonar su camisa, sintiendo el calor de su piel curtida, salada por la lluvia. Él me miró con hambre, ese abismo de pasión que nos consumía desde el primer día.
Esto es el principio del fin, el capítulo donde todo cambia
Sus labios capturaron los míos en un beso salvaje, lenguas enredándose como serpientes en celo. Saboreé el tequila de su boca, mezclado con lluvia fresca. Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando mi vestido de algodón ligero, rozando la seda de mis calzones. Gemí bajito, sintiendo mi clítoris palpitar, hinchándose de anticipación.
"Estás mojada, Elisa, no solo por la lluvia", dijo riendo ronco, metiendo un dedo grueso bajo la tela. Jadeé cuando lo sentí deslizarse en mi humedad, lento, torturándome. Mi cuerpo se arqueó contra él, pechos apretados a su torso desnudo. Olía a hombre puro: sudor, tierra y deseo crudo.
Lo empujé hacia la cama king size, cubierta de sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda. Me quité el vestido de un tirón, quedando en brasier negro y tanga diminuta. Augusto se lamió los labios, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando al techo como un cañón listo para disparar. Chin güey, qué vergota tan rica, pensé, saliva acumulándose en mi boca.
Me arrodillé frente a él, el piso de madera fría contra mis rodillas, y la tomé en mi mano. Era caliente, pulsante, con ese olor almizclado que me volvía loca. Lamí la punta, saboreando la gota salada de precum, luego la chupé profunda, garganta relajada por años de práctica. Él gruñó, enredando dedos en mi cabello largo, caderas moviéndose al ritmo de mi boca. "¡Sí, así, pinche diosa! Me vas a matar de gusto", jadeó.
La tormenta afuera rugía, relámpagos iluminando su rostro contorsionado de placer. Sentía mi panocha chorreando, empapando los muslos. Me levanté, empujándolo a la cama, montándome a horcajadas. Rozaba su verga contra mi entrada, lubricándonos mutuamente, torturándonos con la espera.
"Chíngame ya, Augusto, no seas pendejo", le supliqué, voz ronca de necesidad.
Él sonrió lobuno, manos en mis caderas, y me hundió en él de un solo golpe. Ay cabrón, grité internamente, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Empecé a cabalgar lento, círculos amplios, pezones duros rozando su pecho. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi clítoris hasta la nuca, sonidos húmedos de carne contra carne mezclándose con la lluvia.
Nos volteamos, él encima ahora, dominándome con peso delicioso. Me abrió las piernas como alas de mariposa, lamiendo mi cuello, mordiendo suave. "Eres mi vicio, Elisa, mi abismo de pasión", susurró al oído, mientras aceleraba el ritmo. Sentía sus bolas golpeando mi culo, sudor perlando su espalda que lamí con avidez, salado y adictivo.
Aquí estamos, en el borde, el capítulo donde muere Augusto
La tensión crecía como la tormenta, mi vientre contrayéndose, uñas clavándose en su espalda. Él gemía fuerte, "¡Me vengo, carajo!", pero aguantaba, prolongando el éxtasis. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, jalándome el pelo como riendas. Su verga entraba profunda, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El cuarto apestaba a sexo puro: fluidos, sudor, jadeos entrecortados.
"Más fuerte, wey, rómpeme", lo provoqué, arqueando la espalda. Él obedeció, embistiendo como toro enloquecido, mano bajando a frotar mi botón hinchado. El orgasmo me golpeó como rayo: cuerpo convulsionando, paredes apretándolo, chorros de placer escapando. Grité su nombre, mordiendo la almohada para no despertar a los sirvientes.
Augusto rugió, cuerpo tensándose como cuerda de arco. "¡Me muero, Elisa! ¡En este abismo de pasión capítulo donde muere Augusto!", exclamó en delirio, corriéndose dentro de mí con chorros calientes que llenaron mi útero. Colapsó sobre mí, palpitando aún, "muriendo" en ese clímax brutal, jadeos entrecortados como último aliento.
Pero no murió, claro. Era la petite mort, el muertecito del placer absoluto. Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose al unísono. La lluvia amainaba, dejando gotas tamborileando en el tejado. Besé su sien sudorosa, oliendo su cabello húmedo.
"Estás vivo, mi amor", murmuré, acariciando su rostro.
"Contigo, renazco cada vez", respondió, besándome suave.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando pecados, manos explorando de nuevo con ternura. En la cama, envueltos en sábanas revueltas, hablamos de futuro: escaparnos a la playa de Mocambo, amarnos sin fin. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón, que latía solo para él.
Este abismo no nos traga, nos eleva. Augusto no muere, vive en mí eternamente
La luna salió, tiñendo la habitación de plata. Su piel contra la mía, cálida, pegajosa aún. Saboreé sus labios una vez más, promesa de más noches así. En ese abismo de pasión, encontramos nuestro paraíso.