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La Pasión de los Fuertes

7103 palabras

La Pasión de los Fuertes

El sol del mediodía caía a plomo sobre el rancho en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro los campos de agave que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Yo, Mariana, con mi piel morena curtida por el trabajo en el campo, me limpiaba el sudor de la frente mientras ensillaba a mi caballo. Tenía treinta años bien puestos, cuerpo fuerte de tanto cabalgar y ordeñar vacas, curvas que no pasaban desapercibidas. Ese día, la feria del pueblo traía a los charros más guapos, y neta que me picaba la curiosidad por ver si algún macho alfa andaba suelto.

Ahí lo vi llegar, montado en un semental negro como la noche. Javier, el caporal del rancho vecino, con sus brazos musculosos que tensaban la camisa blanca, el sombrero echado pa'trás y esa sonrisa pícara que me hacía cosquillas en el vientre. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis jeans ajustados y la blusa que dejaba ver el escote.

Órale, Mariana, este wey te ve como si ya te tuviera en la cama
, pensé, mientras un calor subía por mis muslos.

¡Qué onda, reina! —gritó él, bajándose del caballo con gracia de torero—. ¿Ya lista pa' la jaripeo?

Le contesté con una risa ronca, sintiendo el pulso acelerarse. —Neta, Javier, si tú bailas bien el jarabe, yo te sigo el paso. Pero no seas pendejo, que aquí las fuertes no nos dejamos llevar tan fácil.

La tensión empezó ahí, en el aire cargado de olor a tierra seca y cuero nuevo. Bailamos esa tarde bajo las luces de la feria, sus manos grandes en mi cintura, el roce de su pecho contra el mío al compás de la banda. Cada giro era una promesa, cada mirada un fuego lento que me humedecía por dentro. Olía a su colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que me volvía loca.

La noche cayó como manta gruesa, y terminamos en mi cabaña al borde del rancho. El viento susurraba entre los mezquites, trayendo el eco lejano de las rancheras. Javier me acorraló contra la puerta de madera, su aliento caliente en mi cuello. —Mariana, desde que te vi hoy, la pasión de los fuertes me quema las tripas —murmuró, su voz grave como trueno lejano.

Mis manos subieron por su pecho duro, sintiendo los músculos que se contraían bajo mis uñas.

Este hombre es puro fuego, y yo no soy de las que apagan la llama
, me dije, mientras lo jalaba adentro. La luz de la vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, sabor a tequila y sal en la boca. Sus labios carnosos me devoraban, y yo le mordí el labio inferior, arrancándole un gemido ronco que vibró en mi piel.

Me quitó la blusa despacio, como quien desenvuelve un regalo, exponiendo mis senos plenos al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de deseo al ver mis pezones endurecidos. —Qué chingones, Mariana —susurró, antes de lamer uno con la lengua áspera, succionando hasta que arqueé la espalda. El placer era eléctrico, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis bragas.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, revelando su torso esculpido por años de domar caballos: pectorales firmes, abdomen marcado, vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su cinturón. Mis dedos trazaron cada surco, oliendo el almizcle de su piel sudada. Es un dios ranchero, pensé, mientras le desabrochaba los pantalones y liberaba su verga gruesa, palpitante, ya lista para mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor y grosor, la vena que latía como mi propio corazón desbocado.

Caímos en la cama de lámina, crujiendo bajo nuestro peso. Javier me besaba el cuello, bajando por el valle de mis senos, mordisqueando la piel sensible de mi vientre. Llegó a mis jeans, que me quitó de un tirón, dejando mis piernas fuertes al descubierto. Sus dedos rozaron mis muslos internos, abriéndolos con gentileza. —Déjame probarte, mi amor —dijo, y su boca se hundió en mi sexo depilado, lengua experta lamiendo los labios hinchados, chupando mi clítoris con succiones que me hicieron jadear.

El sonido era obsceno: mis jugos chapoteando contra su cara, mis gemidos mezclados con sus gruñidos de placer. Olía a sexo puro, a mujer excitada y hombre en celo.

No aguanto más, este wey me va a hacer explotar
. Le enredé los dedos en el pelo, empujándolo más profundo, mientras oleadas de calor me recorrían el cuerpo. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, bombeando lento al principio, luego más rápido.

Me vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, gritando su nombre mientras mi coño se contraía alrededor de sus dedos. Javier levantó la vista, labios brillantes con mis fluidos, sonrisa triunfante. —Eso es la pasión de los fuertes, ¿verdad, reina?

Lo volteé boca arriba, queriendo mi turno. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi entrada húmeda contra su polla dura como fierro. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Qué grande, qué perfecto. Empecé a mover las caderas, cabalgándolo como a mi caballo favorito, senos rebotando, sudor perlando mi piel.

Sus manos agarraron mis nalgas firmes, amasándolas, guiando mis movimientos. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros jadeos y el crujido de la cama. Él se incorporó, chupándome los pezones mientras yo lo montaba más fuerte, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada embestida. El olor a sexo era espeso, el sabor salado de su piel en mi lengua cuando lo besé.

La tensión crecía, mis paredes internas apretándolo más, su respiración entrecortada contra mi oído. —Métetela toda, Mariana, cabróna —gruñó, y eso me prendió el último fósforo. Cambiamos de posición: él encima, misionero profundo, piernas enredadas. Me penetraba con fuerza controlada, cada thrust enviando chispas por mi espina. Tocábamos todo: sus bolas peludas contra mi culo, mis uñas en su espalda dejando marcas rojas.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse, pulsar, y un chorro caliente inundándome mientras yo me convulsionaba, gritando de puro éxtasis. El mundo se redujo a ese momento: pulsos latiendo al unísono, sudor mezclado, alientos jadeantes.

Nos quedamos así, enredados, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Javier me besó la frente, suave ahora, como si fuéramos de cristal. —Eres la mujer más fuerte que conozco, Mariana. Esto fue la pasión de los fuertes, neta.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Esto no termina aquí, carnal. Mañana y todos los días
. Afuera, el amanecer pintaba el cielo de rosa, prometiendo más días de sol, sudor y deseo en nuestro rancho. La feria había terminado, pero nuestra historia apenas empezaba, ardiente como el tequila en la garganta.

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