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La Pasión de Cristo Parte 1

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La Pasión de Cristo Parte 1

El sol de Guadalajara se ponía como un fuego naranja sobre los techos de teja, tiñendo el cielo de un rosa sucio que hacía que todo pareciera más vivo, más caliente. Yo, Sofia, caminaba por la plaza de Los Mariachis con el corazón latiéndome a todo lo que daba. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, el escote dejando ver el brillo del sudor entre mis chichis. Hacía un chingo de calor, neta, y el olor a tacos al pastor y chelas frías flotaba en el aire, mezclándose con el humo de los cigarros y el perfume barato de las chavas que bailaban alrededor.

Estaba ahí por La Pasión de Cristo Parte 1, una obra de teatro callejero que montaban cada Semana Santa en el centro. No era la típica procesión aburrida; estos weyes la armaban con puro drama, actores bien buenos y un Cristo que decían estaba para chuparse los dedos. Mi carnala me había jalado, pero ella se rajó a último momento. Así que ahí iba yo, sola, con las nalgas rebotando un poquito al caminar, sintiendo las miradas de los vatos que se volteaban como perros en celo.

La plaza estaba a reventar. Luces de colores parpadeaban sobre el escenario improvisado, y el sonido de trompetas y guitarras retumbaba en mis oídos. Me abrí paso entre la gente, el roce de cuerpos sudados contra mi piel me ponía la piel chinita. Encontré un lugar cerca del frente, y justo cuando el telón imaginario se abría, lo vi. Cristo. Alto, moreno, con el pelo largo y negro cayéndole sobre los hombros, un cuerpo esculpido como si Dios mismo lo hubiera tallado para pecar. Llevaba la túnica blanca pegada al pecho por el sudor, marcando cada músculo. Sus ojos, oscuros y profundos, barrieron la multitud y se clavaron en mí. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubiera dado un trago de tequila puro.

¿Qué pedo con este vato? Neta, parece sacado de un sueño culero, pero uno bien rico.

La obra empezó. Él en el escenario, azotado por los romanos falsos, gritando con una voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca. Cada latigazo era un eco en mi pecho, y yo no podía dejar de imaginar esas manos fuertes sobre mi cuerpo. El olor a incienso y sudor ajeno me envolvía, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera creciendo. Cuando lo bajaron de la cruz, fingiendo agonía, su mirada volvió a mí. Bajó del escenario durante el intermedio, directo hacia donde estaba yo, con una sonrisa pícara que no pegaba con el santo de la obra.

—¿Te gustó el show, mamacita? —me dijo, su voz grave como un ronroneo, acercándose tanto que olí su aroma: jabón fresco mezclado con hombre puro, ese olor terroso que te hace débil las rodillas.

Órale, Cristo, estás cañón —le contesté, juguetona, mordiéndome el labio. Me llamó Cristo en la obra, pero su nombre de a de veras era Cristóbal. Le dije que le quedaba perfecto, y se rio, una risa profunda que vibró en mi piel.

Charlamos un rato, con las trompetas de fondo y la gente gritando "¡Viva Cristo Rey!". Él me invitó una chela fría, y mientras platicábamos, su mano rozó mi brazo accidentalmente —pero no tan accidental. El toque fue eléctrico, su piel caliente contra la mía, áspera por el trabajo en el escenario. Sentí mi pezón endurecerse bajo el vestido, y neta, quería que me tocara más.

—Ven, te enseño los ensayos de La Pasión de Cristo Parte 1 atrás del escenario —me dijo, guiñándome el ojo. No lo pensé dos veces. Lo seguí por un callejón angosto, el ruido de la plaza apagándose, solo nuestros pasos y mi respiración agitada. El aire ahí era más denso, olía a tierra húmeda y a algo más, como anticipación.

Acto dos: la escalada

Detrás de unas cortinas raídas, en un cuartito improvisado lleno de props —cruces de madera, coronas de espinas falsas—, me acorraló contra la pared sin brusquedad, solo con esa mirada que prometía pecado. Sus manos subieron por mis brazos, lentas, explorando cada centímetro. Yo jadeaba ya, el corazón martillándome las costillas.

Su aliento en mi cuello, caliente, sabe a menta y cerveza. Quiero devorarlo, que me coma entera.

¿Quieres que pare? —preguntó, su voz un susurro ronco, dándome chance de rajarme. Negué con la cabeza, tirando de su túnica para pegarlo a mí. Nuestros cuerpos chocaron, su dureza contra mi suavidad, y gemí bajito al sentir su verga ya tiesa presionando mi vientre. Lo besé primero, mis labios saboreando los suyos, salados y dulces, lengua enredándose en un baile húmedo y desesperado. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome un poquito para que sintiera todo su bulto.

Me quitó el vestido despacio, besando cada pedazo de piel que dejaba al aire. El roce de sus labios en mis hombros, mi clavícula, me hacía arquear la espalda. Olía mi perfume mezclado con mi arousal, ese olor almizclado que lo volvía loco. —Qué rica hueles, Sofia, como a miel y fuego —gruñó, lamiendo mi cuello mientras sus dedos se colaban entre mis piernas. Estaba empapada, mis labios hinchados pidiendo más. Me tocó suave al principio, círculos lentos en mi clítoris que me hacían temblar, las rodillas flojas. Gemí su nombre —Cristo, ay wey, no pares—, clavándole las uñas en la espalda.

Se arrodilló entonces, como en la obra pero al revés, devorándome con la boca. Su lengua caliente y hábil lamió mi coño entero, saboreando cada gota, chupando mi botón con una succión que me nubló la vista. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, mis jadeos altos, el slap de su boca contra mi carne. Sentía las vibraciones en todo el cuerpo, mis muslos temblando alrededor de su cabeza. Neta, este vato es un dios del sexo, pensé, mientras olas de placer me subían desde el estómago.

Lo jalé arriba, queriendo más. Le arranqué la túnica, revelando ese torso perfecto, pectorales duros, abdomen marcado. Besé su pecho, mordí sus pezones oscuros, bajando hasta su verga gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La chupé con ganas, saboreando el precum salado, su gemido ronco —¡Carajo, Sofia, qué chingona!— retumbando en mis oídos. Lo mamé profundo, garganta apretada, sus caderas moviéndose instintivo.

Pero quería sentirlo dentro. —Cógeme ya, Cristo —le supliqué, abriendo las piernas sobre una mesa llena de telas. Se puso condón rápido —siempre responsable, qué chido—, y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me arrancó un grito ahogado. Estaba tan llena, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a moverse, lento primero, saliendo casi todo y metiendo hondo, el slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, sudor, deseo.

Aceleró, follándome fuerte, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas marcándome. Yo clavaba uñas en su culo, urgiéndolo más profundo. Su pulso acelerado contra mi pecho, el calor de su piel quemándome, su aliento entrecortado en mi oreja. La tensión crecía, coiling en mi vientre como un resorte.

Acto tres: la liberación

Vente conmigo, mi reina —gruñó, y eso me empujó al borde. El orgasmo me explotó, olas y olas de placer puro, mi coño apretándolo en espasmos, gritando su nombre mientras lágrimas de gusto me corrían. Él se vino segundos después, cuerpo tenso, un rugido animal saliendo de su garganta, llenando el condón con chorros calientes.

Nos quedamos pegados, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sudor enfriándose en nuestra piel, el olor a nosotros impregnando el aire. Me acarició el pelo, murmurando —Eres increíble, Sofia. Esto es solo la parte 1 de nuestra pasión—. Reí bajito, sabiendo que tenía razón. Afuera, la plaza seguía viva, pero nosotros en nuestro paraíso privado.

Nos vestimos despacio, robándonos besos, promesas de más. Salimos tomados de la mano, el mundo normal de nuevo, pero con un fuego nuevo dentro. La Pasión de Cristo Parte 1 había terminado, pero la nuestra apenas empezaba. Caminamos bajo las estrellas, su mano en mi cintura, y supe que volvería por la Parte 2.

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