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Que Son Las Pasiones Segun Aristoteles En Tu Piel

6930 palabras

Que Son Las Pasiones Segun Aristoteles En Tu Piel

La noche en la Condesa caía suave como un susurro de seda sobre tu piel morena. Tú, Ana, con tu falda ligera ondeando al viento del balcón, tomabas un sorbo de mezcal ahumado que picaba en la lengua como un beso prohibido. Frente a ti, Alejandro, ese wey filósofo de la uni que siempre te ponía a pensar con sus charlas eternas, se recargaba en la barandilla. Sus ojos cafés te recorrían sin disimulo, y el aire olía a jazmín del jardín de abajo mezclado con el humo de algún taquero callejero.

Qué chido es esto, pensaste, mientras el mezcal te calentaba el pecho. Habían empezado platicando de la vida, de la pinche rutina del DF, pero Alejandro, con esa voz grave que vibraba en tus huesos, sacó el tema de Aristóteles. "Oye, Ana, ¿sabes qué son las pasiones según Aristóteles? No son solo locuras del corazón, son fuegos que nos mueven, que nos hacen humanos."

Tú te reíste, juguetona, cruzando las piernas para que la falda subiera un poquito. "Explícame, filósofo pendejo, que yo nomás sé de pasiones cuando me late un buen taco al pastor." Él se acercó, su aliento cálido con olor a mezcal rozando tu oreja. "Son once, wey: cólera, mansedumbre, amistad, enemistad, miedo, audacia, vergüenza, desvergüenza, piedad, indignación... Pero la que nos jode a todos es el deseo, esa que Aristóteles llama apetito irracional."

El corazón te latió más fuerte, como tambores de una fiesta en la Narvarte. Sus dedos rozaron tu brazo, un toque eléctrico que erizó tu piel.

¿Y si esta noche exploramos eso?
pensaste, mientras el deseo se enredaba en tu vientre como hiedra caliente.

La conversación fluyó como el mezcal, pero el aire se cargaba de tensión. Alejandro te tomó la mano, su palma áspera de tanto escribir ensayos, y te jaló adentro del depa. La luz tenue de las velas parpadeaba en las paredes blancas, oliendo a vainilla y a algo más primitivo: el aroma de vuestros cuerpos despertando. "Ven, siéntate", murmuró, y tú obedeciste, el sofá mullido hundiéndose bajo tus nalgas. Él se arrodilló frente a ti, mirándote con ojos que ardían. "Las pasiones no se entienden con palabras solas, Ana. Hay que sentirlas."

Sus labios capturaron los tuyos en un beso lento, profundo, saboreando el mezcal en tu boca. Tu lengua bailó con la suya, salada y dulce, mientras tus manos se enredaban en su pelo negro revuelto. Neta, este wey sabe besar, pensaste, el pulso acelerado retumbando en tus oídos como el tráfico de Insurgentes a lo lejos. Sus manos subieron por tus muslos, arrugando la falda, y un gemido se te escapó cuando rozó la rendija de tu calzón húmedo.

"¿Sientes el miedo?", susurró contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible que olía a tu perfume de gardenias. "Ese temor delicioso antes de soltarte." Tú arqueaste la espalda, las uñas clavándose en sus hombros anchos. "Sí, pendejo, lo siento todo", respondiste, voz ronca. Él te desvistió con calma, la falda cayendo al piso con un susurro suave, dejando tu cuerpo expuesto al aire fresco. Tus pechos se alzaron, pezones duros como piedras de obsidiana bajo su mirada hambrienta.

La tensión crecía como una tormenta en el Popo. Alejandro te recostó en el sofá, su boca descendiendo por tu vientre, lamiendo la sal de tu piel sudada. El olor de tu excitación llenaba la habitación, almizclado y embriagador. "La audacia es esta", dijo, separando tus piernas con manos firmes pero tiernas. Su lengua tocó tu clítoris, un latigazo de placer que te hizo jadear. ¡Órale! El sonido de tus jugos chupados por él era obsceno, húmedo, sincronizado con tus jadeos ahogados.

Internamente luchabas:

Esto es demasiado intenso, pero qué chingón se siente. No pares, cabrón.
Tus caderas se movían solas, empujando contra su boca experta. Él metió un dedo, luego dos, curvándolos adentro, rozando ese punto que te hacía ver estrellas. El calor subía, tus muslos temblando, el sudor perlando tu frente. "La vergüenza se va cuando te entregas", murmuró, su aliento caliente en tu monte de Venus. Tú reíste entre gemidos, "No tengo vergüenza contigo, wey."

La escalada era imparable. Lo jalaste del pelo, poniéndolo de pie para desabrochar su chamarra de mezclilla y su playera. Su pecho velludo olía a hombre, a jabón y deseo crudo. Tus manos bajaron a su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en tu palma. La piel aterciopelada sobre acero, venas marcadas que sentías latir. "La amistad se hace carne así", dijo él, voz entrecortada mientras tú la lamías desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado como néctar.

Lo montaste como una reina azteca, guiando su verga adentro de ti con un suspiro largo. El estiramiento delicioso te llenó, paredes internas apretándolo como guante. Empezaste a moverte, lento al principio, sintiendo cada centímetro rozar tus nervios. El slap-slap de vuestras pieles chocando resonaba, mezclado con gruñidos guturales. Sus manos amasaban tus nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave. Está cañón, neta que sí, pensaste, el placer acumulándose como lava.

Él te volteó, poniéndote a cuatro patas sobre el sofá, el aire fresco besando tu espalda arqueada. Entró de nuevo, profundo, golpeando ese ángulo perfecto. Cada embestida mandaba ondas de éxtasis por tu espina, pechos balanceándose, pezones rozando la tela áspera. "¡Más fuerte, Alejandro!", gritaste, y él obedeció, una mano en tu cadera, la otra pellizcando tu clítoris hinchado. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, jugos, pasión desbocada.

La cólera se transformaba en éxtasis, la piedad en entrega total. Tus paredes se contraían, el orgasmo acercándose como un tren del Metro a toda máquina. "Ven conmigo", jadeó él, acelerando. El clímax te golpeó primero, un estallido blanco detrás de los ojos, grito rasgando tu garganta mientras chorros de placer te mojaban las piernas. Él se hundió una última vez, gruñendo, llenándote con chorros calientes que sentías palpitar adentro.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose al viento que entraba por la ventana. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. El aroma residual de vuestros fluidos flotaba, íntimo y satisfactorio. "Entonces, qué son las pasiones según Aristóteles", murmuraste riendo bajito, acariciando su espalda. "Son esto, Ana. Fuego que quema y renueva."

Tú sonreíste en la penumbra, el afterglow envolviéndote como una cobija de lana de Oaxaca.

Qué padre descubrimiento, wey. Las pasiones no son abstractas; son piel, aliento, temblores compartidos.
Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en tu depa, el mundo era perfecto, completo. Mañana seguiría la vida, pero esta noche, Aristóteles había cobrado vida en tu piel.

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