Jesús Anuncia Su Pasión
La noche caía suave sobre el barrio de Polanco, con ese olor a jazmín que se colaba por las ventanas abiertas y el bullicio lejano de los carros en Reforma. Yo, Ana, estaba recostada en el sillón de mi depa, con una copa de vino tinto en la mano, sintiendo cómo el líquido cálido me bajaba por la garganta, despertando un cosquilleo en el pecho. Llevaba un vestido ligero de algodón, ese que se pega a la piel cuando sudas un poquito, y mis pezones se marcaban apenas bajo la tela fina. Hacía calor, pero no tanto como el que traía Jesús en la mirada cada vez que me veía.
Él llegó puntual, como siempre, con su camisa blanca desabotonada en el cuello, dejando ver ese vello oscuro que me volvía loca. Jesús no era sacerdote ni nada de eso, neta, solo un carnal alto, moreno, con ojos cafés que te desnudan sin tocarte. Trabajaba en una galería de arte, pero tenía esa vibra mística, como si cargara el peso de mil pasiones contenidas. Me besó en la boca apenas cruzó la puerta, un beso hondo, con lengua que sabía a menta y a algo salvaje.
—Órale, morra, ¿qué onda con ese vestido? —me dijo, su voz ronca rozándome el oído mientras me abrazaba por la cintura. Sus manos grandes, callosas de tanto pintar, se posaron en mis caderas, apretando justo lo suficiente para que sintiera su calor a través de la tela.
Nos sentamos en la terraza, con las luces de la ciudad parpadeando abajo como estrellas caídas. Hablamos de todo y nada: de la expo que armaba en la galería, de mis clases de yoga, pero el aire entre nosotros se cargaba de electricidad. Yo sentía mi chucha humedeciéndose solo con verlo mover las manos al gesticular. De repente, él se puso serio, tomó mi mano y la besó en el dorso, lento, como si fuera un ritual.
Esta noche, Ana, Jesús anuncia su pasión. No la del calvario, sino la que arde aquí adentro, por ti.
Sus palabras me erizaron la piel. Era como si invocara algo antiguo, bíblico, pero torcido en puro deseo carnal. Mi corazón latió fuerte, un tambor en el pecho, y el olor de su colonia —mezcla de sándalo y sudor fresco— me invadió las fosas nasales. Lo miré fijo, mordiéndome el labio.
—Anúnciala entonces, carnal, muéstrame qué traes.
Acto uno del deseo: la promesa. Nos levantamos y entramos al cuarto, sin apagar las luces de la terraza. El viento traía ecos de mariachis lejanos, pero aquí adentro solo se oía nuestra respiración acelerada.
En el cuarto, con la cama king size tendida con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda, él me empujó suave contra la pared. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando la piel sensible justo debajo de la oreja, donde mi pulso galopaba. Sentí su aliento caliente, húmedo, y un gemido se me escapó sin querer. Pinche Jesús, pensé, me vas a volver loca con esas manos tuyas.
Me quitó el vestido despacio, deslizando la tela por mis hombros, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Mis pezones se endurecieron al instante, como piedritas rosadas pidiendo atención. Él los miró con hambre, lamiéndose los labios, y luego los tomó con la boca, uno por uno, succionando fuerte mientras su lengua giraba en círculos. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi entrepierna, haciendo que mis piernas temblaran.
Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos de su pecho bajo mis uñas, ese torso esculpido por horas en el gym. Bajé las manos a su pantalón, desabrochando el cinto con dedos torpes de anticipación. Su verga ya estaba dura, presionando contra la tela, y cuando la saqué, ¡qué chingonería! Gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero, y la apreté suave, oyendo su gruñido gutural.
—Métesela, Ana, no aguanto —murmuró, su voz quebrada.
Pero no, quería alargar el juego. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su pija, sintiendo cómo se deslizaba entre mis labios hinchados. El olor a sexo empezaba a llenar el aire, almizclado, adictivo, mezclado con el mío, dulce como miel. Mis caderas se movían solas, en un ritmo lento, torturándolo, mientras yo gemía bajito, sintiendo mi clítoris rozar su piel.
La tensión subía como la marea en Acapulco. Él me volteó, poniéndome de rodillas en la cama, y su lengua encontró mi culo primero, lamiendo la raja con devoción, bajando hasta mi ano apretado y luego al coño empapado. ¡Ay, cabrón! Sentí su nariz contra mis nalgas, inhalando mi esencia, y su lengua metiéndose adentro, chupando mis jugos como si fueran el elixir de la vida. Mis paredes internas se contraían, pidiendo más, y yo arqueé la espalda, clavando las uñas en las sábanas.
Internamente, luchaba: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Jesús no era de iglesia todos los domingos, pero traía esa culpa católica que hacía todo más intenso. Yo igual, criada en familia de Guadalajara, con misas y rezos, pero aquí, desnuda y jadeante, solo quería ser su puta devota.
Él se incorporó, posicionando su verga en mi entrada. La frotó arriba y abajo, untándola en mis fluidos, y empujó despacio. Sentí el estiramiento delicioso, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Pinche madre, era perfecto, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pieles húmedas, el slap-slap resonando en el cuarto junto con nuestros jadeos.
La intensidad creció. Me puso de lado, levantando una pierna para entrar más hondo, su mano en mi clítoris frotando en círculos rápidos. Sudábamos, el olor salado de nuestros cuerpos mezclándose con el jazmín de afuera. Yo lo arañaba, gritando su nombre: —¡Jesús, más duro, pendejo, dame todo!
Él aceleró, sus bolas golpeando mi culo, el ritmo frenético como un tamborazo zacatecano. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el estómago, apretando alrededor de su pija. Jesús anuncia su pasión, repetí en mi mente, y eso me llevó al borde.
Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras mi coño se convulsionaba, chorros de placer mojando las sábanas. Él gruñó como animal, hinchándose dentro de mí, y se corrió segundos después, chorros calientes pintando mis paredes, desbordándose por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, nos quedamos así, enredados, con el sudor enfriándose en la piel. Él me besó la frente, suave, y yo saboreé el salado de su cuello. El viento traía ahora olor a lluvia lejana, prometiendo tormenta.
—¿Anuncié bien mi pasión? —preguntó con risa cansada.
—Neta, carnal, fue épico. Pero anuncia más seguido, ¿eh?
Nos dormimos así, con la ciudad ronroneando afuera, sabiendo que esto era nuestro evangelio personal, puro, consensual y ardiente. La pasión no se anuncia una vez; se vive cada noche.