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Pasión Carrera Durango

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Pasión Carrera Durango

El sol del mediodía caía a plomo sobre las llanuras áridas de Durango, tiñendo de oro el polvo que se levantaba como una cortina viva. La Pasión Carrera Durango estaba en su apogeo, ese evento legendario donde los motores rugían como bestias en celo y el aire se cargaba de adrenalina pura. Ana ajustó su casco, sintiendo el cuero ceñirse a su cabeza como una promesa de velocidad. Sus manos, callosas por años de girar llaves y pisar aceleradores, temblaban un poco. No era miedo, neta, era esa cosquilla en el estómago que le recordaba por qué amaba esto.

Desde el pit stop, sus ojos se clavaron en Luis. Ese cuate alto, con el cabello negro revuelto y esa sonrisa de pendejo que la volvía loca. Competían en la misma categoría, él en su Mustang rojo fuego, ella en su Viper negro azabache. Habían sido algo hace meses, un revolcón intenso después de una carrera en Torreón, pero el orgullo de ambos los había separado. Hoy, en la Pasión Carrera Durango, el destino los ponía en la misma pista.

¿Y si esta vez no lo dejo ir? Esa forma en que me mira, como si quisiera comerme viva...
pensó Ana, mientras el olor a goma quemada y gasolina la invadía, mezclándose con el sudor que le perlaba la piel bajo el overol ajustado.

El locutor gritó por los altavoces: ¡Órale, cabrones! ¡Arrancan las bestias de la Pasión Carrera Durango! Los motores tronaron, un estruendo que vibraba en los huesos, y Ana pisó el acelerador. El Viper saltó adelante, el rugido ensordecedor ahogando sus pensamientos. El viento azotaba su visor, trayendo ráfagas de arena caliente que picaban como besos ásperos. Luis iba paralelo, su Mustang rugiendo al lado, y por un segundo sus miradas se cruzaron a través del vidrio. Ese fuego en sus ojos... Ana sintió un calor subirle por el pecho, bajando hasta su entrepierna. Pinche wey, me estás distrayendo, se dijo, pero aceleró más, el pulso latiéndole en las sienes como un tambor de guerra.

La pista serpenteaba por el desierto, curvas traicioneras flanqueadas por cañones rojizos que olían a tierra seca y salvia. Cada giro era una caricia mortal, el chasis temblando bajo sus nalgas, el volante vibrando en sus palmas sudorosas. Luis la rebasó en una recta, su escape escupiendo llamas azules, y Ana maldijo entre dientes. ¡No mames, no te me vas! Empujó el turbo, el coche se encabritó y la adelantó de nuevo. El sudor le corría por la espalda, pegando la tela al cuerpo, y entre sus muslos sentía esa humedad traicionera, mezcla de excitación y el calor infernal. La carrera era pasión pura, y ellos dos, en medio de ella, ardían más que los motores.

En la vuelta final, el Viper de Ana rozó el guardarraíl, un chirrido metálico que le erizó la piel. Luis frenó atrás, saliendo de su coche con el overol a medio bajar, exponiendo el torso bronceado y marcado por el sol. ¿Estás bien, morra? gritó, corriendo hacia ella. Ana se quitó el casco, el cabello castaño cayéndole en mechones húmedos sobre la cara. Su pecho subía y bajaba rápido, los pezones endurecidos marcándose bajo la tela. Simón, wey. Pero tú... tú me debes una revancha, respondió con voz ronca, el corazón martilleándole como si aún corriera.

La multitud aplaudía, pero ellos no oían nada. Luis la tomó por la cintura, sus manos grandes y ásperas apretándola contra él. Olía a hombre, a sudor limpio y aceite de motor, un aroma que le revolvió las tripas. Esta carrera no termina aquí, murmuró él contra su oreja, el aliento caliente enviando chispas por su espina. Ana lo empujó contra su Viper, besándolo con furia. Sus lenguas chocaron, saboreando sal y urgencia, mientras las manos de él subían por su espalda, bajando el cierre del overol.

Qué chido se siente esto... su boca, su fuerza. Lo quiero ya, aquí mismo
, pensó ella, gimiendo bajito cuando los dedos de Luis rozaron sus pechos libres.

Se escabulleron al área de pits, un rincón apartado detrás de los trailers, donde el sol se filtraba entre lonas y el eco de la fiesta lejana sonaba como un latido distante. Luis la recargó contra una pared de metal caliente, el tacto quemándola a través de la ropa. Eres una diosa en la pista, Ana. Pero aquí... aquí te voy a hacer mía, dijo, mordisqueándole el cuello. Ella arqueó la espalda, sintiendo su erección dura contra el muslo. Pruébalo, pendejo. Hazme gritar más fuerte que los motores, lo retó, arañándole el pecho.

Los overoles cayeron al suelo polvoriento, un montón arrugado. Ana lo miró, desnudo y glorioso bajo la luz dorada: músculos tensos como cables, el miembro erecto palpitando, venoso y listo. Ella se lamió los labios, el sabor de él aún en la boca. Luis la levantó con facilidad, sus piernas envolviéndolo, y la penetró de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! jadeó ella, el estiramiento delicioso, llenándola hasta el fondo. El metal de la pared raspaba su espalda, pero el dolor se mezclaba con placer, cada embestida un choque profundo que le robaba el aliento.

El ritmo era como la carrera: rápido, salvaje, sin piedad. Luis gruñía contra su piel, Estás tan mojada, morra... tan apretada, mientras sus caderas chocaban con un plaf húmedo. Ana clavaba las uñas en sus hombros, oliendo su sudor mezclado con el suyo, ese almizcle animal que la enloquecía. Sus pechos rebotaban con cada golpe, los pezones rozando el pecho velludo de él, enviando descargas eléctricas directo a su clítoris.

Neta, nunca había sentido esto... es como volar a doscientos por hora, pero adentro de mí
. Ella giró las caderas, cabalgándolo desde arriba cuando él la bajó al suelo, montándolo como a su Viper.

El polvo se pegaba a sus cuerpos sudados, pero no importaba. Luis la volteó, poniéndola a cuatro patas sobre una lona, y volvió a entrar, esta vez más profundo. ¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo! exigió Ana, empujando hacia atrás. Él obedeció, una mano en su cadera, la otra bajando a frotar su botón hinchado. El placer crecía como una ola, tensándose en su vientre, los músculos contrayéndose. Gemidos roncos escapaban de su garganta, mezclados con los suyos, el aire cargado de sus aromas: sexo crudo, pasión desatada.

El clímax la golpeó como un choque frontal. ¡Me vengo, Luis! ¡Pinche sí! gritó, el cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus muslos. Él la siguió segundos después, un rugido gutural mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de ambos latiendo al unísono contra la piel del otro. El desierto susurraba alrededor, un viento suave trayendo el eco lejano de motores y risas.

Ana se acurrucó contra su pecho, sintiendo el subir y bajar de su respiración. Esto fue mejor que ganar la carrera, murmuró, trazando círculos en su piel con la yema del dedo. Luis la besó en la frente, suave ahora, tierno. La Pasión Carrera Durango nos unió de nuevo, morra. Y no te suelto esta vez. Ella sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, un calor dulce expandiéndose en su pecho. El sol se ponía, pintando el cielo de rojos intensos, como su deseo renovado. Mañana habría más vueltas, más velocidad... pero esta noche, eran solo ellos, envueltos en el afterglow de su propia carrera privada.

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