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Pasion Por La Pintura En Su Piel

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Pasion Por La Pintura En Su Piel

En mi taller de Coyoacán, rodeado de lienzos a medio terminar y el olor penetrante a trementina que me embriagaba como un buen mezcal, pintaba con esa pasion por la pintura que me consumía desde chavo. El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que las sombras bailaran en las paredes de adobe. Ahí estaba yo, Diego, con el pincel en la mano, sintiendo cómo cada trazo era una extensión de mi alma, un pedazo de mí que se derramaba sobre el canvas.

Entonces llegó ella, Ana, mi musa inesperada. La había conocido en una expo en Polanco, güey, una chava con ojos color chocolate y curvas que gritaban vida. "Órale, Diego, neta que pintas chido", me dijo esa vez, con esa sonrisa pícara que me dejó pensando en ella semanas. Hoy se presentó en mi puerta, vestida con un huipil ligero que marcaba sus chichis perfectas y una falda que dejaba ver sus piernas morenas y suaves. "Quiero que me pintes, carnal. Desnuda, si se te antoja". Su voz era ronca, como si ya supiera el fuego que íbamos a prender.

Me quedé pasmado un rato, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. La hice pasar, le ofrecí un tequila reposado que compartimos en vasos de cristal tallado. El líquido quemaba la garganta, despertando sensaciones dormidas. "Siéntate ahí, en el diván rojo", le dije, señalando el sillón viejo cubierto de telas. Ella se acomodó, cruzando las piernas con gracia, y el aire se cargó de un aroma a jazmín y piel caliente que me mareaba.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto no es solo pintar, wey. Es desvestirla con los ojos primero, trazar cada curva con el pincel antes de tocarla de verdad.

Empecé con trazos suaves, el negro del carboncillo delineando su silueta contra la luz. Sus hombros redondos, la curva de su cuello donde latía una vena juguetona. Ella se movía poquito, pero cada suspiro suyo era un sonido que me erizaba la piel, como el roce de seda en terciopelo. "Me gusta cómo me miras, Diego. Siento tus ojos quemándome". Su voz era un susurro que olía a deseo, y yo respondí apretando el pincel más fuerte, manchándome los dedos de grafito.

La tensión crecía como nubes de tormenta en el Popo. Le pedí que se quitara el huipil, y lo hizo despacio, dejando caer la tela al suelo con un shhh suave. Sus tetas se liberaron, firmes y oscuras en los pezones que se endurecían con el aire fresco del taller. Olía a su sudor ligero, mezclado con el perfume floral que usaba, y yo tragué saliva, sintiendo mi verga endurecerse bajo el overol manchado de pintura. "Sigue pintando, no pares", murmuró, recostándose más, abriendo un poco las piernas para que viera el triángulo oscuro bajo la falda.

El pincel ahora rozaba su piel real, no el lienzo. Unté óleo rojo en su clavícula, trazando espirales que bajaban hasta sus pechos. El contacto era eléctrico: el pelo suave del pincel contra su carne tibia, haciendo que se arqueara y gemiera bajito. "¡Ay, wey, eso se siente chingón!". Mis manos temblaban, el olor a pintura fresca se mezclaba con su aroma almizclado de excitación, y el calor entre nosotros subía como el vapor de un comal caliente.

Dejé el pincel y me acerqué, arrodillándome frente a ella. Mis dedos, manchados de azul y amarillo, tocaron sus muslos, subiendo despacio bajo la falda. Ella jadeaba, el sonido áspero y urgente, mientras yo sentía la humedad que ya empapaba su calzón. "Quítamelo todo, Diego. Píntame con tu cuerpo". La besé entonces, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila y miel, su lengua danzando con la mía en un ritmo frenético. Sus uñas se clavaron en mi espalda, rasgando la camisa, y yo la desvestí por completo, revelando su coño depilado, brillante de jugos.

Su piel es mi lienzo perfecto, cada gemido un trazo maestro. Mi pasion por la pintura se funde con esta hambre por ella, carnal y pura.

La recosté en el diván, untando pintura en su vientre, chupando los rastros con mi lengua ávida. Ella se retorcía, sus caderas elevándose, oliendo a sexo crudo y colores vibrantes. "Métemela ya, pendejo, no me hagas esperar". Reí bajito, bajándome el overol para liberar mi pija dura como palo de escoba, venosa y palpitante. La penetré despacio al principio, sintiendo su calor envolviéndome, sus paredes apretándome como un guante caliente y húmedo. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando llenaba el taller, mezclado con sus gritos: "¡Más fuerte, cabrón! ¡Sí, así!".

La embestí con furia contenida, mis manos amasando sus nalgas firmes, dejando huellas de pintura verde y magenta en su piel morena. Sudábamos juntos, el olor salado de nuestros cuerpos compitiendo con la trementina, sus pechos rebotando con cada thrust profundo. Ella clavó las uñas en mis hombros, arañándome hasta sangrar un poquito, y yo la volteé para follarla a cuatro patas, admirando cómo su culo se movía, perfecto y redondo. "¡Eres mi obra maestra, Ana! ¡Qué chingadera tan rica!". El clímax se acercaba, sus contracciones ordeñándome, mis bolas tensándose como resortes.

Explotamos juntos, ella gritando mi nombre con voz quebrada, yo derramándome dentro de ella en chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su coño pulsando alrededor de mi verga, el sudor chorreando por nuestras espaldas, el eco de nuestros jadeos en las vigas del techo. Colapsamos en el diván, pegajosos de pintura y fluidos, riendo como tontos entre besos suaves.

Después, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de púrpura, la abracé contra mi pecho, oliendo su cabello revuelto. Limpiamos los restos de color con trapos suaves, pero las marcas en su piel eran trofeos, recordatorios de nuestra fusion. "Vuelve cuando quieras, musa. Mi pasion por la pintura ahora incluye tu cuerpo para siempre". Ella sonrió, besándome la frente. "Y la mía por ti, pintor. Esto apenas empieza".

Nos vestimos despacio, compartiendo un último trago, el taller ahora impregnado de nuestro aroma compartido. Salí con ella a la calle empedrada de Coyoacán, el aire fresco de la noche calmando nuestros cuerpos aún vibrantes. Sabía que el lienzo inconcluso esperaría, pero esta vez llevaría nuestra esencia, un cuadro vivo de pasión desatada.

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