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Pasión Rebelde

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Pasión Rebelde

La noche en la Condesa estaba viva, con ese pulso de luces neón y risas que se escapaban de los bares. Entré al antro con mis amigas, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida y poderosa. Llevaba el cabello suelto, ondulado por la humedad del aire, y un labial rojo que gritaba rebeldía. Yo, Ana, siempre he sido la que rompe las reglas, la que dice órale a lo que le da la gana. Esa noche, no sabía que mi pasión rebelde iba a encontrar su eco perfecto.

Lo vi desde la barra, recargado contra la pared con una cerveza en la mano. Diego, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa negra, ojos oscuros que perforaban el humo del lugar y una sonrisa pícara que prometía problemas. Neta, el carnal era guapo de esa manera ruda, como un rockero de los noventa. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera subido. Me acerqué, fingiendo pedir otro trago.

Qué onda, güey, ¿me invitas uno? —le dije, con voz juguetona.

Él se enderezó, oliendo a colonia fresca mezclada con tabaco. —Claro, preciosa. ¿Cómo te llamas?

Ana. Y tú pareces el tipo de pendejo que me gusta. Nos reímos, charlando de música, de cómo odiábamos las vidas perfectas de la gente. Él era tatuador en la Roma, con un taller lleno de arte callejero. Yo, diseñadora gráfica freelance, siempre escapando de la rutina. La tensión crecía con cada roce accidental: su mano en mi brazo al pasarme la cerveza, el calor de su cuerpo cuando bailamos pegados al ritmo de cumbia rebajada. Sentía su aliento en mi cuello, cálido y con sabor a limón, y mi piel se erizaba como si esperara la tormenta.

¿Por qué este wey me prende tanto? Es esa vibra rebelde, la que me hace querer tirarme de cabeza sin paracaídas.

Salimos del bar pasadas las dos, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos por las calles empedradas, riendo de tonterías, hasta su loft en un edificio viejo pero chulo, con murales en las paredes. Subimos las escaleras, su mano en mi cintura guiándome, y el corazón me latía como tambor. Olía a incienso y pintura fresca adentro, luces tenues de focos colgantes iluminando su cama king size deshecha y posters de bandas mexicanas.

Nos besamos apenas cruzamos la puerta. Sus labios eran firmes, urgentes, saboreando a tequila y deseo puro. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando su pecho bajo la camisa. —Te quiero ya, le murmuré, mordiendo su labio inferior. Él gruñó, bajito, como un animal, y me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo. Caminó hacia la cama sin soltarme, el roce de su erección contra mi entrepierna me hacía jadear.

Caímos sobre las sábanas revueltas, su peso delicioso sobre mí. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mi lencería roja de encaje. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. —Eres una diosa, Ana, dijo, besando mi clavícula, bajando por mi pecho. Sentí su lengua caliente en mis pezones, chupando, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda, gimiendo. El aire se llenó de nuestro olor: sudor fresco, perfume mezclado con excitación almizclada.

Mis manos exploraban su espalda musculosa, trazando tatuajes de calaveras y rosas. Bajé a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitando en mi palma. La apreté, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. —Qué chingona, susurré, lamiendo la punta, saboreando la sal pre-semen. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

Esto es mi pasión rebelde, pensé mientras lo chupaba más profundo, mi lengua girando alrededor del glande, sus gemidos roncos vibrando en mi garganta. Él me detuvo, jalándome arriba. —Ahora tú, mi reina. Me recostó, separando mis muslos. Su aliento caliente en mi panocha me hizo temblar. Lamidas lentas, expertas, succionando mi clítoris hinchado. Olía a mi propia humedad, dulce y salada, mientras su lengua entraba y salía, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como ola.

No aguanté más. —Cógeme, Diego, ya. Él se puso un condón rápido, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes, el estiramiento perfecto. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sus embestidas profundas haciendo que mis tetas rebotaran. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, gemidos entremezclados. Aceleramos, yo clavando uñas en su culo, urgiéndolo más fuerte.

Neta, esto es libertad pura. Su verga me parte en dos, pero lo quiero todo, más hondo, más salvaje.

Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo. Rebotaba, sintiendo cómo me rozaba el clítoris con cada bajada, sus bolas golpeando mi trasero. Sudor perlando su pecho, yo lamiéndolo, salado en mi lengua. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras follábamos, el orgasmo construyéndose como volcán. Grité primero, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome, jugos chorreando. Él me siguió, gruñendo, llenando el condón con chorros calientes que sentía palpitar.

Colapsamos, jadeantes, envueltos en sábanas húmedas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. —Eres increíble, murmuró, su voz ronca de satisfacción.

Me acurruqué contra él, el corazón aún acelerado. Esta pasión rebelde no se apaga fácil, pensé, sonriendo en la oscuridad. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en su cama, habíamos encontrado nuestro propio fuego.

Despertamos con el sol filtrándose por las cortinas, su mano aún en mi piel. Preparamos café en su cocina diminuta, riendo de la noche anterior. —Vente cuando quieras, Ana, dijo, besándome antes de salir. Caminé por las calles soleadas, piernas flojas, un brillo nuevo en los ojos. Mi pasión rebelde había cobrado vida, y sabía que no era la última vez.

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