La Pasion de Nuestro Señor Jesucristo en Carne Viva
En el pueblo de San Miguel, durante la semana mayor, el aire olía a copal quemado y a flores de cempasúchil marchitas. Yo, María, era la Magdalena en la obra de La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, esa representación que todos los años llenaba la plaza con velas y murmullos devotos. Alejandro, el wey que hacía de Jesús, me traía loca desde el primer ensayo. Alto, moreno, con esos ojos cafés que brillaban bajo las luces del escenario improvisado. Neta, cada vez que me arrodillaba a sus pies para untarle el aceite en los pies, como en la Biblia, sentía un calorcito entre las piernas que no era de fe santa.
¿Qué me pasa, Virgen santa? Este pendejo es mi Jesús, pero lo veo y nomás pienso en cómo sería si me cargara en sus brazos de verdad. Me repetía eso mientras practicábamos la escena del huerto de Getsemaní. Él sudaba bajo la túnica raída, el olor a su piel mezclándose con el incienso del altar. Sus manos rozaban las mías al entregarme la cruz de madera, y un escalofrío me subía por la espalda. "Tranquila, María, que el Señor nos guía", me dijo una vez, con voz grave, y yo solo atiné a sonreír, mordiéndome el labio para no soltarle un "¡Ay, cabrón, guíame tú a mí!".
La noche antes del Viernes Santo, después del último ensayo, la plaza se vació. Las estrellas parpadeaban sobre las montañas, y el viento traía ecos de rancheras lejanas. Alejandro me alcanzó en el callejón detrás de la iglesia. "Oye, Magdalena, ¿vamos a repasar la escena del sepulcro? Solo nosotros", dijo, con esa sonrisa pícara que desarmaba cualquier sermón. Mi corazón latió como tamborazo en fiesta. "¿Y si nos ve el padre?", contesté, pero ya mis pies lo seguían hacia su cuartito en la casa vecina, un lugar chiquito con olor a adobe fresco y velas de parafina.
Adentro, la luz de una lamparita de petróleo pintaba sombras en las paredes. Se quitó la corona de espinas falsa y la túnica, quedando en pants y camiseta ajustada que marcaba sus músculos de campesino. "Aquí no hay público, María. Solo tú y yo", murmuró, acercándose. Su aliento olía a café con piloncillo, dulce y caliente. Lo miré, sintiendo el pulso en las sienes. Esto es pecado, pero qué rico pecado. Le puse la mano en el pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela. "Jesús mío, ¿me perdonas?", susurré juguetona, y él rio bajito, jalándome contra él.
Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en sequía. Bésame suave al principio, explorando, con lengua que sabía a menta del chicle que mascaba. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto. "Eres mi Magdalena de verdad", dijo entre besos, mientras sus dedos bajaban por mi espalda, desatando el lazo de mi vestido de ensayista. La tela cayó al suelo con un susurro, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Él jadeaba, oliendo a hombre puro, sudor limpio y deseo crudo.
Me cargó hasta la cama de madera crujiente, sus brazos fuertes como los del Cristo que cargaba la cruz. Me recostó con cuidado, como si yo fuera reliquia sagrada. Sus ojos devoraban mis pechos, mi vientre, el triángulo oscuro entre mis muslos. "Qué chula estás, wey", solté, riendo nerviosa, y él se hincó entre mis piernas, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Su lengua rodeó un pezón, chupándolo suave, luego fuerte, haciendo que arqueara la espalda. ¡Madre mía, esto es el paraíso! El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, enviando chispas hasta mi centro.
Sus manos expertas separaron mis muslos, dedos gruesos acariciando la humedad que ya me empapaba. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, y metí un dedo adentro, lento, curvándolo para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí alto, agarrando las sábanas ásperas. "Más, Alejandro, no pares, pendejo". Él sonrió, agregando otro dedo, moviéndolos en ritmo con su lengua en mi clítoris, lamiendo como si fuera miel de maguey. El sonido húmedo de su boca, mis jadeos, el crujir de la cama... todo se mezclaba en sinfonía pecaminosa. Olía a mi excitación, almizclada y salada, mezclada con su sudor.
No aguanté más. "Cógeme ya, Jesús cabrón", supliqué, jalándolo arriba. Se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. La froté contra mi entrada, sintiendo el calor abrasador. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, qué rico!", grité, clavando uñas en su espalda. Empezó a moverse, embestidas profundas, piel contra piel chapoteando. Sus bolas golpeaban mi culo, ritmo hipnótico. Lo besé feroz, mordiendo su labio, probando sal de su piel.
Esto es nuestra propia Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, pensé mientras subía la intensidad. Sudábamos como en el vía crucis bajo el sol, pero aquí el gozo era el látigo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, pechos rebotando, su mirada fija en mí. "¡Sí, así, mi Magdalena puta santa!", rugió, manos en mis caderas guiándome. El clímax se acercaba, tensión en espiral, músculos apretados. Grité su nombre cuando exploté, contracciones ordeñándolo, jugos corriendo por sus muslos.
Él se volteó, poniéndome a cuatro patas, penetrando de nuevo con furia redentora. "Me vengo, María", avisó, y sentí su verga palpitar, llenándome de calor líquido. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. El cuarto olía a sexo puro, a nosotros.
Después, en la quietud, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Neta, eso fue mejor que cualquier sermón", dijo riendo bajito. Yo acaricié su pelo, sintiendo paz profunda.
La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo nos unió en el escenario, pero nuestra pasión nos salvó en la carne.Afuera, el gallo cantó, anunciando el amanecer del Viernes Santo. Mañana actuaríamos devotos ante el pueblo, pero sabríamos la verdad: el verdadero éxtasis estaba en lo prohibido, en lo humano, en nosotros.
Nos vestimos lento, besos perezosos, promesas de más noches así. Salimos al callejón, el aire fresco lavando el aroma de nuestro pecado. En la plaza, las velas parpadeaban aún. Caminamos de la mano, listos para la obra, con el alma ligera y el cuerpo satisfecho. Esa Semana Santa, la fe y el fuego se fundieron en uno solo.