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Cruz de la Pasión de Cristo Ardiente

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Cruz de la Pasión de Cristo Ardiente

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre el pueblo de San Cristóbal, en el corazón de Jalisco. El aire estaba cargado de incienso y murmullos de oración, mientras la procesión avanzaba lenta por las calles empedradas. Yo, Ana, caminaba entre la multitud, con mi rebozo negro cubriéndome los hombros, pero mi mente andaba en otra parte. Hacía calor, un calor que se pegaba a la piel como miel derretida, y mis ojos no podían despegarse de él: Marco, el moreno que cargaba la cruz de la pasión de Cristo.

Sus brazos musculosos brillaban de sudor bajo el peso de la madera pesada, tallada con escenas de sufrimiento y redención. La cruz se mecía con cada paso, y él gruñía bajito, un sonido ronco que me erizaba la piel. Órale, qué chulo está el wey, pensé, mordiéndome el labio. Sus ojos negros se cruzaron con los míos por un segundo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la tierra temblara. El olor a copal y sudor macho me envolvía, mezclándose con el aroma de las flores marchitas que alfombraban el suelo.

La procesión terminó en la plaza, donde la cruz de la pasión de Cristo fue colocada frente a la iglesia. La gente se dispersó hacia las fiestas improvisadas, con mariachis tocando rancheras y mesas llenas de mole y tamales. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi falda huipil, pero en realidad buscando otra mirada de Marco. Y ahí vino él, secándose el pecho con una camiseta vieja, su piel morena reluciente, oliendo a hombre trabajado.

Mamacita, ¿ya te cansaste de tanto santo? —me dijo con una sonrisa pícara, su voz grave como un tambor taolero.

Me reí, sintiendo el rubor subir por mi cuello. Neta, este pendejo me va a matar.

Pues sí, carnal. Pero esa cruz... uf, qué peso se ve. ¿No te duele?

Él se acercó, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo. —Duele rico, como la pasión verdadera. ¿Y tú, Ana? Te vi mirándome todo el camino.

Nos sentamos en una banca bajo los laureles, compartiendo una cerveza fría que sabía a limón y sal. Hablamos de todo: de las tradiciones del pueblo, de cómo la Semana Santa nos recordaba el fuego de la vida. Sus manos grandes rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas por mi espina. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aire se llenaba del humo de las fogatas y el eco lejano de cohetes.

La tensión crecía como tormenta de verano. Sus ojos devoraban mi escote, y yo no podía ignorar el bulto que se marcaba en sus jeans. Quiero sentirlo, neta, quiero que me parta en dos como esa cruz parte el alma. Le conté de mi vida en Guadalajara, de cómo extrañaba el calor humano en la ciudad fría. Él habló de sus sueños, de ser carpintero como su abuelo, tallando cruces que contaran historias de dolor y placer.

Vámonos de aquí, Ana. Quiero mostrarte algo —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Mi corazón latía como tamborazo. —Sí, Marco. Llévame.

Acto segundo: la escalada

Me llevó a su taller al borde del pueblo, un lugar escondido con olor a madera fresca y trementina. La luna llena entraba por las ventanas abiertas, iluminando virutas en el suelo. Sacó una botella de tequila reposado, suave como terciopelo en la lengua. Bebimos de un trago, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a fuego y sal.

Sus manos ásperas por el trabajo subieron por mis muslos, levantando la falda con permiso susurrado. —¿Está chido? —preguntó, y yo asentí, gimiendo bajito. Sí, pendejo, tócame más. Mis dedos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras su boca bajaba por mi cuello, lamiendo el sudor salado. Olía a tierra mojada y deseo crudo, su verga dura presionando contra mi pierna.

Me quitó el huipil despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras de obsidiana bajo su lengua caliente. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz mezclándose con el crujir de la madera bajo nosotros. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando hasta mi concha húmeda, que palpitaba por él.

Eres una diosa, Ana. Como la Virgen pero con fuego en las venas.

Su lengua experta me exploró, chupando mi clítoris con maestría, haciendo que mis caderas se movieran solas. El placer subía en olas, mi piel erizada, el olor almizclado de mi arousal llenando el aire. Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Nos desvestimos mutuamente, riendo entre besos, piel contra piel resbalosa de sudor.

Marco era grande, su verga gruesa y venosa, latiendo en mi mano. La acaricié, saboreando el gusto salado de su prepucio, mientras él gemía ronco. —Métemela ya, cabrón —le rogué, y él obedeció, empujando lento, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, como cargar una cruz propia de placer.

Nos movimos en ritmo antiguo, como la procesión, lento al principio, luego frenético. Sus embestidas profundas tocaban mi alma, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, el slap-slap de carne contra carne ahogando los grillos afuera. Pensé en la cruz de la pasión de Cristo, símbolo de sacrificio, pero para nosotros era de éxtasis compartido.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su aliento jadeante en mi oído. —Vente conmigo, mi amor —susurró, y el mundo explotó. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, jugos calientes empapándonos, mientras él se derramaba dentro, gruñendo mi nombre.

Acto final: el resplandor

Quedamos tendidos en el suelo de aserrín, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose. El aire olía a sexo y madera bendita, la luna testigo de nuestra unión. Marco me acarició el pelo, besando mi frente. —Eres mi cruz, Ana. Mi pasión viva.

Yo sonreí, trazando su pecho con dedos perezosos. Neta, este wey me conquistó como Cristo a sus fieles. Hablamos en susurros de volvernos a ver, de escaparnos a la playa o quedarnos en el pueblo forjando nuestra historia. No hubo promesas vacías, solo la certeza de deseo mutuo, empoderador y libre.

Al amanecer, caminamos de regreso, manos unidas, el sol naciente besando nuestras pieles marcadas por la noche. La cruz de la pasión de Cristo seguía en la iglesia, pero ahora sabía que la verdadera pasión ardía en nosotros, eterna y ardiente, lista para más rondas bajo las estrellas mexicanas.

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