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Abismo de Pasión Capítulo 6 Completo

6207 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 6 Completo

El sol del atardecer en la Riviera Maya teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el mismo universo conspirara para avivar el fuego que ardía en mi pecho. Yo, Elisa, había llegado a la villa de Damián después de días de ausencia, con el corazón latiendo a mil por hora. ¿Por qué carajos me haces esto, cabrón? pensé mientras estacionaba mi Jeep frente a la entrada de palmeras. Nuestra última pelea había sido épica, llena de gritos y reproches, pero neta, el deseo que nos unía era más fuerte que cualquier chingadera.

Él salió a recibirme, con esa camisa blanca entreabierta que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, bronceado por horas en la playa. Sus ojos negros me devoraban como si yo fuera el último trago de tequila en una noche de fiesta. "Ven acá, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me ponía la piel chinita. No pude resistir; me lancé a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, el olor a sal marina y loción masculina invadiendo mis sentidos.

Nos besamos con hambre, como dos animales en celo. Sus labios sabían a ron y a promesas rotas, su lengua explorando mi boca con urgencia. Mis manos se colaron bajo su camisa, palpando los músculos duros de su espalda, mientras él me apretaba el culo con fuerza, levantándome del suelo. Esto es el abismo de pasión, capítulo 6 completo de nuestra historia loca, se me cruzó por la mente mientras gemía en su boca. Lo arrastré adentro de la villa, el sonido de las olas rompiendo en la playa de fondo, como un tambor que marcaba el ritmo de nuestro pulso acelerado.

¿Cuántas veces más voy a caer en este pozo sin fondo? Pero qué chido se siente...

En el salón principal, con ventanales que daban al mar Caribe, Damián me recargó contra la pared de piedra fresca. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda corta de algodón, rozando la piel sensible de mis piernas. "Te extrañé tanto, Elisa. Tu panocha me tiene loco", gruñó bajito, y yo reí, juguetona, mordiéndome el labio.

"Pues demuéstramelo, pendejo. Hazme tuya como solo tú sabes". Sus dedos encontraron mi tanga húmeda ya, y la apartó con delicadeza, metiendo dos adentro de mí sin piedad. El placer me recorrió como un rayo, mis jugos chorreando por su mano, el sonido chapoteante mezclándose con mi jadeo. Olía a sexo inminente, a esa mezcla dulce y salada de mi excitación. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi monte de Venus, y lamió despacio, saboreando cada pliegue. Su lengua es un pinche genio, pensé, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su cabello negro revuelto.

Lo levanté, desesperada por más. Le quité la camisa de un jalón, admirando su torso esculpido, los tatuajes tribales que le daban ese aire de chulo peligroso. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso latiendo contra mi palma. La chupé con ganas, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor del glande mientras él gemía "¡Qué rico, nena! No pares". El sonido de su voz quebrada, el sabor almizclado en mi boca, todo me volvía loca.

Pero no quería acabar así. Lo empujé al sofá de cuero blanco, montándome encima como una amazona. Nuestros cuerpos se unieron en un movimiento fluido, su verga llenándome por completo, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande la tienes! El roce era eléctrico, cada embestida enviando ondas de placer desde mi clítoris hasta la punta de los dedos. Sudábamos, el aroma de nuestros cuerpos mezclándose con el jazmín del jardín que entraba por las ventanas abiertas. Él me amasaba las tetas, pellizcando los pezones duros, mientras yo cabalgaba más rápido, mis caderas girando en círculos viciosos.

El ritmo se aceleró, nuestros jadeos convirtiéndose en gritos. "¡Dame más, Damián! ¡Chíngame duro!" le supliqué, y él obedeció, volteándome de espaldas en el sofá, penetrándome desde atrás con fuerza animal. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el plaf plaf resonando como música prohibida. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. El mar afuera rugía en sintonía, el viento trayendo olor a yodo y arena caliente.

Esto es nuestro abismo de pasión, capítulo 6 completo, donde nos perdemos sin remedio. Neta, no lo cambiaría por nada.

Me giró de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos mientras follábamos. Sus pupilas dilatadas, el sudor goteando de su frente a mi pecho, ese contacto visual que nos conectaba más allá de la carne. "Te amo, Elisa. Eres mi todo", susurró, y yo respondí con un beso salvaje, mis piernas envolviéndolo como tenazas. El clímax nos golpeó al unísono: yo convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando de mí, él eyaculando profundo dentro, caliente y abundante, marcándome como suya.

Colapsamos juntos, exhaustos, nuestros cuerpos pegajosos y temblorosos. El afterglow era puro éxtasis: su cabeza en mi regazo, mis dedos peinando su cabello húmedo, el sonido de las olas calmándose como nuestro respiración. Olía a sexo satisfecho, a pieles fundidas, a promesas renovadas. ¿Sobreviviremos al siguiente capítulo de esta locura? me pregunté, pero en ese momento, no importaba. Solo existíamos nosotros, en el borde de nuestro abismo personal.

Damián levantó la vista, sonriendo con picardía. "¿Lista para el capítulo 7, mi amor?" Yo reí, jalándolo para otro beso lento. La noche apenas empezaba, y el deseo, ese hijo de puta insaciable, ya picaba de nuevo en mi vientre.

La villa se llenó de risas y susurros, el crepúsculo dando paso a las estrellas. En ese paraíso mexicano, nuestro abismo de pasión capítulo 6 completo había sido legendario, un torbellino de sensaciones que nos dejó marcados para siempre. Y mientras su mano bajaba de nuevo por mi curva, supe que el fuego nunca se apagaría.

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