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Pasión Cap 58 Fuego en la Piel

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Pasión Cap 58 Fuego en la Piel

El sol se hundía en el horizonte de Cancún como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. Yo, Sofía, caminaba descalza por la arena tibia de la playa del resort, sintiendo cada grano suave rozando mis pies. El aire salado me llenaba los pulmones, mezclado con el aroma dulce de las flores tropicales del jardín cercano. Marco iba a mi lado, su mano fuerte entrelazada con la mía, su piel bronceada brillando bajo los últimos rayos. Habíamos llegado esa tarde desde la Ciudad de México, escapando del ajetreo para un fin de semana que prometía ser inolvidable.

Órale, wey, este lugar es chido de verdad, pensó Marco, pero lo dijo en voz alta con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevábamos tres años juntos, pero cada vez que lo veía así, en short de baño ajustado que marcaba sus músculos, sentía esa chispa inicial, como si fuera la primera vez. Nos sentamos en una hamaca doble, balanceándonos suavemente mientras el oleaje rompía con un rumor hipnótico. Saqué mi libro de la mochila, Pasión Cap 58, el capítulo más ardiente de esa novela erótica mexicana que me tenía enganchada. “Mira, carnal, aquí la protagonista se entrega por completo al deseo”, le dije, leyéndole un párrafo en voz baja. Sus ojos se oscurecieron, y su mano subió por mi muslo desnudo, bajo el pareo ligero que cubría mi bikini.

El toque fue eléctrico, su palma cálida contra mi piel sensible por el sol. Sentí un cosquilleo subir por mi espina, y mi respiración se aceleró.

¡Neta, Sofía, contrólate! Pero qué rico se siente su mano, tan segura, tan dueña de mí.
Marco se acercó, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a ron y coco del coctel que habíamos tomado. “¿Y qué pasa en esa Pasión Cap 58? ¿Se lo come vivo?”, murmuró, su voz ronca rozando mi oreja. Reí bajito, pero el calor entre mis piernas ya era innegable. El deseo inicial era como una ola creciendo, lenta pero imparable.

Regresamos a la suite al anochecer, el cielo ahora un manto de estrellas. La habitación era un paraíso: cama king size con sábanas de algodón egipcio, balcón abierto al mar, velas aromáticas de vainilla encendidas por el servicio de turndown. Cenamos mariscos frescos en la terraza privada –camarones al ajillo que explotaban en jugo picante en mi boca, el sabor ahumado del chile morita mezclándose con la sal del mar–. Marco me servía vino tinto mexicano, sus ojos fijos en mis labios mientras lamía una gota rebelde. “Estás preciosa, mamacita”, dijo, y su pie rozó el mío bajo la mesa, subiendo juguetón por mi pantorrilla.

La tensión crecía con cada bocado, cada mirada. Terminamos de comer y pusimos música ranchera suave, moderna, con toques electrónicos que nos hacía mover las caderas. Bailamos pegados, su pecho duro contra mis senos, que se endurecían bajo la blusa suelta. Sentía su verga semierecta presionando mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. ¡Pendejito, ya me tienes mojadita!, pensé, pero lo dejé salir en un gemido cuando sus labios capturaron los míos. El beso fue profundo, lenguas danzando con sabor a vino y marisco, sus manos amasando mis nalgas con posesión tierna.

Me llevó a la cama sin dejar de besarme, quitándome la blusa con urgencia contenida. Mis pezones rosados se irguieron al aire fresco, y él los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro.

¡Ay, Diosito, qué chingón eres con la boca! Cada tirón envía chispas directo a mi chochita.
Olía su aroma masculino, sudor limpio mezclado con loción de playa, y el mío propio, ese almizcle dulce de excitación que flotaba en el aire. Bajó mis shorts, besando mi ombligo, mi monte de Venus, hasta llegar a mis bragas empapadas. “Estás chorreando por mí, ¿verdad, mi reina?”, gruñó, y yo asentí, arqueando la espalda.

Me las quitó de un tirón, exponiéndome al aire. Su lengua trazó mi raja húmeda, saboreando mis jugos con un ronroneo gutural. El sonido de su lamida era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos contra mi punto G mientras chupaba mi clítoris hinchado. ¡No pares, cabrón, estoy a punto! La presión crecía, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, el olor a sexo impregnando la habitación. Pero él se detuvo justo antes, sonriendo malicioso. “Aún no, Sofía. Quiero sentirte apretándome la verga primero”.

Se desnudó rápido, su polla saltando libre, venosa y palpitante, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos de placer, su abdomen contraído.

Es mía esta pinga enorme, y la voy a cabalgar hasta el cansancio.
Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo, y él se posicionó detrás, frotando la cabeza contra mi entrada resbaladiza. “Dime que la quieres, mi amor”, pidió, y yo supliqué: “¡Sí, métemela toda, Marco! ¡Hazme tuya!”.

Empujó de una, llenándome hasta el fondo con un gruñido animal. El estiramiento era delicioso, su grosor rozando cada nervio interno. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a clavar profundo. El slap-slap de piel contra piel resonaba con el vaivén de las olas afuera. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más. Sudábamos, gotas resbalando por su pecho pegajoso contra mi espalda cuando se inclinó para morderme el hombro.

Cambié de posición, montándolo ahora, sus manos en mis tetas rebotando. Cabalgaba con furia, mi clítoris frotándose contra su pubis, el placer acumulándose como una tormenta. “¡Más rápido, Sofía, qué rico tu panocha me aprieta!”, jadeó él, sus caderas subiendo a mi ritmo. Sentía su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose. El clímax nos golpeó juntos: yo gritando su nombre, olas de éxtasis sacudiendo mi cuerpo, chorros calientes de su leche llenándome mientras él rugía, clavándome las uñas en las nalgas.

Colapsamos exhaustos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Besé su pecho, lamiendo la sal de su piel, mientras su mano acariciaba mi cabello revuelto.

Esto es mejor que cualquier Pasión Cap 58. Esto es nuestra pasión real, eterna.
Afuera, la luna plateaba el mar, y en la quietud, supe que este capítulo de nuestra vida acababa de escribirse con fuego eterno. Marco me abrazó fuerte, susurrando “Te amo, mi vida”, y yo sonreí, satisfecha, lista para el amanecer.

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