Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Mucho Calor Solos Tú y Yo Pasión Mucho Calor Solos Tú y Yo

Pasión Mucho Calor Solos Tú y Yo

7292 palabras

Pasión Mucho Calor Solos Tú y Yo

El sol de Puerto Vallarta caía como plomo derretido sobre la playa desierta, y el aire cargado de sal y yodo te envolvía como un amante posesivo. Habías llegado conmigo a esta cabaña apartada, lejos del bullicio de los turistas, solo nosotros dos en este paraíso de arena blanca y palmeras susurrantes. Solos tú y yo, pensé mientras te veía quitándote la blusa ligera, revelando la curva de tus pechos bronceados por el sol mexicano. El calor era asfixiante, pero no tanto como el fuego que ya ardía en mi pecho al mirarte.

"Ven acá, wey", me dijiste con esa voz ronca que siempre me ponía la piel de gallina, extendiendo la mano desde la hamaca. Tus ojos cafés, profundos como el Pacífico, me atrapaban. Caminé hacia ti, sintiendo la arena caliente quemándome las plantas de los pies, cada paso acelerando mi pulso. El olor a coco de tu loción se mezclaba con el sudor fresco que perlaba tu cuello, y no pude resistir inclinarme para olerte de cerca. Pasión mucho calor, murmuraste riendo bajito, tus labios rozando mi oreja, enviando chispas por mi espina dorsal.

Te jalé hacia mí, nuestros cuerpos chocando con un plaf suave de piel contra piel. Tus tetas se apretaron contra mi pecho desnudo, y el roce de tus pezones endurecidos me hizo gemir. "Neta, estás cañona", le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo mientras mis manos bajaban por tu espalda, deteniéndose en tus nalgas firmes cubiertas solo por un tanga diminuto. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos era como un ritmo tribal, marcando el latido de nuestros corazones acelerados. Sentí tu aliento caliente en mi cuello, tu lengua lamiendo una gota de sudor que rodaba por mi clavícula, salada y dulce a la vez.

¿Por qué cada vez que estamos así me siento como si el mundo se redujera a ti? Solo tú y yo, en este infierno delicioso de calor y deseo.

Nos besamos con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y feroz. Tus manos se colaron bajo mi short, agarrándome las bolas con esa delicadeza juguetona que me volvía loco. "Estás bien puesto, cabrón", reíste contra mi boca, y yo respondí apretándote más, mi verga endureciéndose contra tu muslo suave. El sol nos tostaba, pero el verdadero ardor venía de adentro, una pasión mucho calor que nos consumía. Te cargué en brazos, tus piernas envolviéndome la cintura, y entramos a la cabaña tambaleándonos, riendo como pendejos enamorados.

Adentro, el aire era aún más denso, perfumado con el aroma de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Te dejé en la cama king size, con sábanas de algodón crudo que olían a limpio y a mar. Te quedaste ahí, recostada como una diosa azteca, con el pelo negro desparramado y las piernas entreabiertas invitándome. Me quité el short de un tirón, mi polla saltando libre, palpitante y lista. Tus ojos se clavaron en ella, lamiéndote los labios con esa mirada pícara. "Ven, chingame ya", suplicaste, pero yo no iba a apresurarme. Quería saborear cada segundo de esta tensión que nos tenía al borde.

Me arrodillé entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, sintiendo el temblor de tu piel bajo mi lengua. El sabor de tu sudor mezclado con tu esencia femenina era embriagador, como tequila añejo con un toque de miel. Lamí despacio, subiendo hasta tu clítoris hinchado, chupándolo suave al principio, luego con más fuerza mientras tus caderas se arqueaban. "¡Ay, wey! ¡No pares!", gritaste, tus uñas clavándose en mis hombros. El sonido de tus gemidos era música, ronco y gutural, mezclándose con el zumbido de los ventiladores de techo que apenas movían el aire caliente.

Esto es lo que necesitaba: tu sabor en mi boca, tu cuerpo retorciéndose bajo mis manos. Pasión mucho calor, solos tú y yo, sin nadie que nos interrumpa.

Tus jugos corrían por mi barbilla, calientes y viscosos, y yo los bebía como si fueran el néctar de los dioses. Introduje dos dedos en tu coño empapado, curvándolos para tocar ese punto que te hace ver estrellas. "¡Sí, ahí, pendejo! ¡Más duro!", exigías, y yo obedecía, follándote con la mano mientras mi lengua danzaba en tu clítoris. Tu cuerpo se tensaba, los músculos de tus piernas apretándome, y de pronto explotaste en un orgasmo que te hizo gritar mi nombre, tus paredes contrayéndose alrededor de mis dedos en espasmos deliciosos. El olor a sexo llenaba la habitación, almizclado y primal, haciendo que mi verga goteara pre-semen sobre las sábanas.

Pero no habíamos terminado. Te volteé boca abajo, admirando tu culo perfecto, redondo y moreno. Le di una nalgada juguetona que resonó como un latigazo, y tú ahhhaste de placer. "Eres una mamacita traviesa", te dije, posicionándome detrás. Sentí la cabeza de mi polla rozando tu entrada resbaladiza, y empujé despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarte por completo. El calor de tu interior me envolvió como un guante de terciopelo ardiente, y ambos gemimos al unísono. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción de tus paredes alrededor de mi tronco grueso.

El ritmo aumentó, mis caderas chocando contra tus nalgas con plaf plaf plaf, el sonido obsceno llenando el aire. Sudábamos a raudales, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en una fricción perfecta. Tus tetas se mecían con cada embestida, y alcancé a pellizcar un pezón, tirando suave hasta que arqueaste la espalda. "Fóllame más fuerte, amor", jadeaste, y yo lo hice, clavándome profundo, golpeando tu cervix con cada thrust. El olor de nuestro sudor, mezclado con el almizcle de la excitación, era afrodisíaco puro. Sentía tus paredes apretándome más, anunciando tu segundo clímax.

En este momento, nada existe más que esto: tú gimiendo bajo mí, mi polla enterrada en tu calor, solos tú y yo en esta pasión mucho calor que nos quema vivos.

Me volteaste, queriendo verme a los ojos, y te montaste encima como una amazona. Tus manos en mi pecho, uñas arañando, mientras rebotabas sobre mi verga, tu clítoris frotándose contra mi pubis. "¡Mírame, cabrón! ¡Córrete conmigo!", ordenaste, y yo no pude más. El orgasmo me golpeó como una ola gigante, mi leche caliente saliendo a chorros dentro de ti, mientras tú te convulsionabas, gritando de éxtasis, tus jugos mezclándose con los míos en una inundación pegajosa.

Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo sudoroso. El sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de naranja y púrpura, y el sonido de las cigarras empezaba a reemplazar el de las olas. Te besé la frente, saboreando la sal de tu piel, mientras mi mano acariciaba tu espalda en círculos perezosos. "Qué chido estuvo, ¿verdad?", murmuré, y tú asentiste, acurrucándote contra mí con una sonrisa satisfecha.

Pasión mucho calor, solos tú y yo. Esto es lo que hace que la vida valga la pena: estos momentos robados al tiempo, donde solo existimos nosotros.

Nos quedamos así hasta que el fresco de la noche entró por la ventana abierta, refrescando nuestra piel febril. Mañana seguiríamos explorando, pero esta noche era nuestra, pura y eternamente nuestra.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.