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Platinum Pasión por la Belleza

7596 palabras

Platinum Pasión por la Belleza

La vi por primera vez en la terraza de ese rooftop en Polanco, con el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en su cabello platinum. Esa rubia platino que parecía salida de un sueño gringo pero con el alma mexicana, moviéndose al ritmo de un mariachi fusion que sonaba de fondo. Yo estaba ahí con unos cuates, bebiendo chelas frías, pero de repente todo se detuvo. Su piel morena contrastaba perfecto con ese pelo que brillaba como metal precioso bajo las luces LED. Platinum pasión por la belleza, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como si hubiera corrido una carrera.

Me acerqué, neta, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella reía con unas amigas, su vestido negro ajustado marcando curvas que invitaban a pecar. Olía a vainilla y coco, un perfume que se colaba entre el humo de los cigarros electrónicos y el aroma salado de las botanas. "Órale, guapa, ¿vienes mucho por acá?", le solté, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Ella giró, sus ojos verdes clavándose en los míos como dagas calientes. "Sí, wey, pero no tanto como para conocer a galanes como tú", respondió con esa picardía mexicana que me derritió. Se llamaba Alexa, y en minutos ya estábamos platicando de todo: de tacos al pastor en la Condesa, de conciertos en el Vive Latino, de cómo odiaba el tráfico pero amaba la noche DF.

La tensión crecía con cada mirada. Sus dedos rozaban mi brazo al gesticular, enviando chispas por mi piel. Podía sentir el calor de su cuerpo acercándose, el roce sutil de su muslo contra el mío cuando se sentó a mi lado.

"¿Qué pasa si te digo que me traes loco con ese pelo platino tuyo? Es como una adicción, platinum pasión por la belleza pura."
Se lo susurré al oído, y ella se mordió el labio, sonriendo con malicia. "Pues ven y demuéstramelo, pendejo", contestó, su aliento cálido oliendo a tequila reposado.

La noche avanzó y terminamos en mi depa en Roma Norte, un loft chido con vista a los edificios iluminados. La llevé de la mano, subiendo las escaleras mientras nos besábamos como posesos. Sus labios eran suaves, jugosos, sabían a margarita con sal. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. La empujé contra la pared, mis manos explorando su cintura, subiendo por su espalda desnuda bajo el vestido. Ella gemía bajito, arqueando el cuerpo, sus uñas clavándose en mi nuca con esa mezcla de dolor y placer que enciende todo.

Acto primero: el fuego se enciende. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa. Su vestido cayó al piso como una cascada negra, revelando lencería roja que contrastaba con su piel canela y ese cabello platino cayendo en ondas salvajes. Yo la admiraba, hipnotizado. "Eres una diosa, neta", le dije, mientras mis labios recorrían su cuello, inhalando su esencia: sudor ligero, perfume y ese olor femenino que nubla la razón. Ella me jaló al sofá, sentándose a horcajadas sobre mí, frotándose contra mi dureza creciente. Podía sentir su calor húmedo a través de la tela, su respiración agitada mezclándose con la mía. "Tócame, cabrón, no seas menso", murmuró, guiando mi mano entre sus piernas. Estaba empapada, resbaladiza, y mis dedos se hundieron en su calor, haciendo que gritara mi nombre por primera vez: "¡Alejandro, sí!".

La llevé a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. La besé por todo el cuerpo: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos, vientre plano temblando, muslos fuertes que se abrían para mí. Su sabor era salado-dulce, como el mar de Puerto Vallarta mezclado con miel. Lamí su clítoris despacio, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba, sus caderas empujando contra mi boca. Platinum pasión por la belleza hecha carne, pensé, mientras ella se retorcía, jadeando en español crudo: "¡No pares, wey, me vas a matar de gusto!". El sonido de sus gemidos llenaba la habitación, eco suave contra las paredes blancas, mezclado con el zumbido lejano del tráfico nocturno.

Pero no quería acabar ahí. La volteé, poniéndola de rodillas, admirando su culo perfecto redondo y firme. Mis manos lo amasaron, sintiendo la suavidad de su piel contra mis palmas ásperas. Ella miró por encima del hombro, ojos brillantes de lujuria: "Métemela ya, no seas mamón". Entré en ella de un solo empujón, su interior apretado envolviéndome como terciopelo caliente. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando era hipnótico, sudor perlando nuestras pieles, el aroma de sexo impregnando el aire. Ella empujaba hacia atrás, sincronizándonos en un ritmo frenético, sus tetas balanceándose, cabello platino pegado a su espalda húmeda.

Acto segundo: la escalada. Cambiamos posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como amazona salvaje. Sus uñas arañaban mi pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Podía ver su rostro contorsionado en éxtasis, labios entreabiertos soltando obscenidades: "¡Qué chingón estás, pendejo! Más duro". Mi mente era un torbellino:

"Esta mujer es todo, su belleza platino me consume, no hay vuelta atrás."
Sentía su pulso acelerado bajo mis dedos en su cadera, el calor subiendo por mi espina, bolas tensas listas para explotar. La volteamos de lado, cucharita, mi mano en su clítoris frotando círculos rápidos mientras la penetraba profundo. Ella temblaba, gritando, su orgasmo llegando en olas: contracciones alrededor de mi verga que me ordeñaban, jugos calientes resbalando por mis muslos.

Yo resistía, queriendo prolongar el placer. La puse contra la cabecera, piernas abiertas, lamiéndola de nuevo mientras ella se mecía. Su sabor más intenso ahora, almizclado, adictivo. "Ven aquí", ordenó, jalándome arriba. Nos fusionamos en misionero, mirándonos a los ojos, besos profundos con lenguas enredadas. El clímax se acercaba, inevitable. "Córrete conmigo, amor", susurró, y eso fue todo. Explote dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras su cuerpo se convulsionaba en éxtasis compartido. Gemidos roncos, cuerpos pegajosos, el mundo reduciéndose a ese instante.

Acto tercero: el resplandor. Colapsamos, exhaustos, envueltos en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, cabello platino desparramado como rayos de luna. Acaricié su espalda, sintiendo su respiración calmarse, pulsos sincronizándose. "Neta, Alejandro, eso fue de otro mundo", dijo con voz perezosa, besando mi piel salada. Yo sonreí, besando su frente.

"Platinum pasión por la belleza, pero ahora es más: conexión real."

Platicamos en la penumbra, de sueños, de viajes a la playa en Tulum, de cómo su cabello platino era un capricho que la hacía sentir poderosa. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo con ternura. Jabón resbalando por sus curvas, risas compartidas cuando casi nos caemos. Salimos envueltos en toallas, pidiendo room service: chilaquiles y café de olla para el hangover incipiente.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, la abracé fuerte. No era solo sexo; había chispas de algo más profundo, esa química mexicana que une almas. "Vuelve cuando quieras, mi platino", le dije. Ella sonrió, vistiéndose con gracia felina. "Cuenta con eso, wey. Esto apenas empieza". La puerta se cerró, pero su aroma quedó, promesa de más noches de fuego.

Y así, en la Ciudad de México que nunca duerme, nació mi platinum pasión por la belleza, eterna y ardiente.

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