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Pasión de Cristo Dibujo Carnal

5789 palabras

Pasión de Cristo Dibujo Carnal

Yo era Ana, una pintora de Coyoacán que pasaba las tardes en mi taller rodeada de óleos y lienzos. Ese día de abril, con el calor pegajoso del DF colándose por las ventanas entreabiertas, rebuscaba en un cajón viejo de mi abuelo. Entre pinceles polvorientos encontré un cuaderno amarillento. Al abrirlo, la pasión de Cristo dibujo me golpeó como un rayo. No era el Cristo flaco y sufriente de las procesiones de Semana Santa. Este era un hombre robusto, músculos tensos bajo la piel bronceada, espinas clavadas en la frente pero con una mirada que ardía de deseo prohibido. Una mujer, María Magdalena supongo, arrodillada ante él, sus labios entreabiertos rozando la cruz, pero el trazo sugería algo más carnal, más húmedo.

Mi piel se erizó. El aire olía a trementina y a algo más, un aroma almizclado que subía de mis propias entrañas.

¿Qué chingados es esto? Neta, abuelo, ¿tú dibujabas así?
pensé, mientras mis dedos trazaban las líneas curvas del torso de Cristo. Sentí un cosquilleo entre las piernas, como si el papel vibrara con vida. Me recargué en la mesa, el sol filtrándose en rayos dorados que lamían el dibujo. Mi blusa se pegaba a mis pechos por el sudor, los pezones endureciéndose contra la tela fina. Javier, mi carnal, llegaría en cualquier momento del mercado con tacos de suadero. ¿Le mostraría esto? El corazón me latía fuerte, un tambor de deseo reprimido desde niña, cuando las monjas nos hablaban de pecados de la carne.

La puerta crujió y entró Javier, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que me deshacía. Órale, jefa, ¿qué traes ahí? Te ves como si hubieras visto un fantasma. Dejó la bolsa de provisiones y se acercó, su olor a chile y limón fresco invadiéndome. Le pasé el cuaderno sin decir nada. Sus ojos se abrieron grandes al ver la pasión de Cristo dibujo. Neta, Ana, esto está cañón. Mira cómo está el güey, todo marcado, y ella... uf, parece que lo quiere morder. Su voz ronca me erizó la nuca. Se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, calor irradiando a través de sus jeans gastados.

Empecé a contarle cómo lo encontré, mi voz temblorosa. Es como si mi abuelo hubiera escondido su lado salvaje. Imagínate, en plena época de los curas y las misas. Javier rio bajito, su mano posándose en mi rodilla. La pasión no es solo clavos y sangre, mi amor. Es esto, dijo, trazando con el dedo el pecho de Cristo en el papel. Mi aliento se aceleró. El roce de su piel callosa contra la mía era eléctrico, como si el dibujo nos transmitiese su fuego.

Quiero que me mires así, como si yo fuera tu Cristo y tú mi Magdalena
murmuré, sorprendida de mi propia osadía.

El taller se llenó de tensión espesa, como el humo de copal en una iglesia. Javier me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso salado, sabor a salsa verde de los tacos que había probado. Sus manos subieron por mis muslos, abriendo mis piernas con gentileza. Estás mojada ya, ¿verdad? Por este pinche dibujo. Asentí, gimiendo cuando sus dedos rozaron mi panocha a través de las panties. El sonido de mi humedad era obsceno, un chapoteo suave contra su palma. Olía a sexo incipiente, a sudor dulce y a mi excitación floreciendo.

Me levantó en brazos, llevándome al catre viejo del fondo del taller, donde dormía las siestas inspiradas. Me quitó la blusa con urgencia, lamiendo mis tetas, el pezón endurecido entre sus dientes. Sabe a gloria, Ana, como tamarindo maduro. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Recordé el dibujo: la Magdalena besando la cruz. Bajé, desabrochando su cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, gimiendo alrededor de ella mientras él gruñía ¡Chin... qué rico, carnala!

La escalada fue lenta, tortuosa. Javier me volteó boca abajo, besando mi espinazo como si fueran latigazos de placer. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas para lamer mi ano, un toque prohibido que me hizo jadear. Te voy a follar como en ese dibujo, despacio al principio. Entró en mí de rodillas, su verga estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el golpe rítmico de sus bolas contra mi clítoris. El aire se llenó de nuestros jadeos, del slap-slap de piel contra piel, del olor almizclado de nuestros jugos mezclados.

Es como si el Cristo nos bendijera, Javier. Siente cómo me aprietas, cómo me llenas.
Él aceleró, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mi botón hinchado. Mi mente era un torbellino: flashes del dibujo, la sangre y el semen confundidos, el dolor y el éxtasis unidos. Grité cuando el orgasmo me partió en dos, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. ¡Ya, Ana, me vengo! rugió, su corrida caliente inundándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, sudorosos, pegajosos, el corazón tronando al unísono.

Después, en el afterglow, nos recargamos contra la pared, el cuaderno abierto entre nosotros. Javier me acariciaba el pelo, besando mi sien. Este pasión de Cristo dibujo es un tesoro, mi reina. Nos abrió los ojos a lo que ya sabíamos: la pasión es sagrada, neta. Sonreí, saboreando el regusto salado en mis labios. Afuera, el bullicio de Coyoacán continuaba: vendedores gritando, mariachis lejanos. Pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio vía crucis de placer, uno que no dolía sino que elevaba. Guardamos el dibujo, prometiendo más noches inspiradas en él, donde el arte y el cuerpo se fundían en éxtasis eterno.

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