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Duelo de Pasiones Novela Completa

6898 palabras

Duelo de Pasiones Novela Completa

En el corazón de Guadalajara, donde las luces de la Feria de Octubre parpadean como estrellas coquetas, Ana se movía entre la multitud con el vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas. El aire olía a elotes asados, tequila reposado y ese perfume dulzón de jazmín que flotaba desde los puestos de flores. La música de mariachi retumbaba en sus pechos, haciendo vibrar su piel morena. Hacía años que no pisaba este lugar, pero neta, algo la había jalado de vuelta. Quizás era el recuerdo de él, de Marco, ese pendejo guapo que la había dejado con el corazón hecho trizas en una pelea tonta por celos.

Ana sorbió su michelada, el limón picante en su lengua contrastando con la sal que le rozaba los labios. Sus ojos negros escaneaban la plaza, y de pronto, lo vio. Marco, alto, con esa camisa negra abierta que dejaba ver el vello oscuro en su pecho, bailando con una morra flaca que no le llegaba ni a la cintura. ¿Qué chingados? pensó ella, un calor subiéndole por el cuello. No era rabia pura, era algo más profundo, un duelo de pasiones que ardía en su vientre como chile habanero.

Si esto fuera una novela completa como esas de duelo de pasiones que leía de morrilla, yo sería la protagonista que regresa para reclamar lo suyo. Y él, el galán que no puede resistirse.

Marco giró la cabeza y sus ojos color café se clavaron en los de ella. El mundo se ralentizó: el grito del mariachi se volvió un eco lejano, el sudor en su nuca brillaba bajo las luces de colores. Él soltó a la otra y caminó directo hacia Ana, con esa sonrisa lobuna que siempre la desarmaba.

Órale, mamacita, ¿tú por aquí? Pensé que me odiabas, carnalita.

Ana levantó la barbilla, su pulso acelerado latiéndole en las sienes. —No te odio, Marco. Solo te extrañaba lo suficiente para venir a verte hacer el ridículo con esa flaquita.

Él rio, un sonido grave que le erizó la piel de los brazos. Se acercó más, su aliento a tequila rozándole la oreja. —Ven, bailemos. Por los viejos tiempos.

El primer toque fue eléctrico. Su mano grande en la curva de su espalda baja, guiándola al ritmo del son jalisciense. Ana sentía el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina, el roce de sus muslos cuando giraban. Olía a él: jabón fresco mezclado con sudor masculino y un toque de colonia barata que la volvía loca. Pinche Marco, siempre supiste cómo hacerme sudar, pensó mientras su mano subía por su brazo, dedos ásperos de tanto trabajar en la construcción.

La tensión crecía con cada vuelta. Sus pechos rozaban su torso firme, y Ana notaba cómo él se ponía duro contra su cadera. No era accidental; era intencional, un desafío silencioso. —Sigues siendo la misma chula que me quitaba el sueño —murmuró él, su boca tan cerca que su aliento caliente le hacía cosquillas en el cuello.

—Y tú el mismo pendejo que no sabe lo que tiene —replicó ella, pero su voz salió ronca, traicionera.

La fiesta seguía rugiendo alrededor, pero para ellos era solo un telón de fondo. Marco la llevó a un rincón más oscuro, cerca de los puestos cerrados, donde el olor a tierra húmeda se mezclaba con el humo de las parrillas. Ahí, contra una pared de adobe fresco, sus bocas se encontraron en un beso feroz. Lenguas batallando como en un duelo verdadero, saboreando el tequila y la urgencia contenida. Ana mordió su labio inferior, tirando de él, y él gruñó, presionando su erección contra su monte de Venus.

Esto es lo que necesitaba, pensó Ana mientras sus manos exploraban bajo la camisa de él, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra sus palmas sudorosas. El corazón le martilleaba como tamborazo zacatecano, cada latido enviando ondas de calor a su centro húmedo.

Marco deslizó una mano por su muslo, subiendo el vestido rojo hasta encontrar sus bragas de encaje. —Estás chorreando, reina —susurró, su dedo índice rozando el clítoris hinchado a través de la tela. Ana jadeó, el sonido ahogado por la música, sus caderas moviéndose instintivamente contra él.

—No pares, güey. Hazme tuya otra vez.

Él no necesitó más. La giró de espaldas contra la pared, el adobe áspero raspando suavemente su piel. Bajó sus bragas con urgencia, el aire fresco de la noche besando su intimidad expuesta. Ana oyó el zipper de sus jeans, el sonido metálico prometiendo alivio. Su verga gruesa, caliente, se presionó contra sus nalgas redondas, deslizándose entre ellas hasta encontrar su entrada resbaladiza.

Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena pulsando dentro de ella, el grosor llenándola hasta el fondo. —Qué rico, Marco... más profundo, gimió, empujando hacia atrás. Él obedeció, embistiéndola con ritmo creciente, sus pelotas chocando contra su clítoris con cada golpe. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con sus jadeos, el olor almizclado de sus sexos unidos impregnando el aire.

Las manos de Marco amasaban sus tetas plenas, pellizcando los pezones duros como piedras. Ana arqueó la espalda, el placer subiendo en espiral desde su útero. Es como si nunca nos hubiéramos separado, este duelo de pasiones es nuestra novela completa, pensó en un arrebato febril mientras él aceleraba, su respiración entrecortada en su oreja.

—Me vengo, cariño —gruñó Marco, sus dedos hundiéndose en sus caderas. Ana sintió el chorro caliente inundándola, desencadenando su propio orgasmo. Ondas de éxtasis la recorrieron, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Gritó su nombre, el sonido perdido en el bullicio de la feria.

Se quedaron así un rato, pegados, sudorosos, respirando al unísono. Marco la besó en la nuca, suave ahora, mientras salía de ella con un pop húmedo. Semen tibio corría por sus muslos, un recordatorio pegajoso de su rendición mutua.

Se arreglaron la ropa entre risas ahogadas. —¿Y ahora qué, mi amor? preguntó él, limpiándole el muslo con su pañuelo.

Ana sonrió, girándose para mirarlo a los ojos. —Ahora seguimos bailando. Este duelo de pasiones no termina aquí.

Caminaron de vuelta a la pista, tomados de la mano. La noche tapizaba Guadalajara en luces y promesas, el sabor salado de sus besos aún en sus labios. Ana sentía una paz profunda, como si esa novela completa de deseo reprimido hubiera encontrado su final feliz. Pero en el fondo, sabía que con Marco, siempre habría más capítulos, más pasiones por duelo.

El mariachi tocaba una ranchera lenta, y ellos se mecían juntos, cuerpos entrelazados, corazones latiendo en sincronía. El aroma de la feria los envolvía, y por primera vez en años, Ana se sintió completa.

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