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La Persona Pasional Desatada

6050 palabras

La Persona Pasional Desatada

Imagina que estás en una noche de verano en Puerto Vallarta, el aire cargado de sal marina y el eco lejano de las olas rompiendo en la playa. Tú, con ese vestido ligero que se pega a tu piel por el bochorno, entras a la fiesta en la terraza de un hotel boutique. Luces de neón parpadean sobre las mesas llenas de tequilas y micheladas, y la banda toca cumbia rebajada que hace vibrar el piso de madera. Neta, qué chido, piensas, mientras el sudor perla en tu cuello y sientes esa cosquilla familiar en el estómago, como si tu persona pasional estuviera a punto de asomarse.

Te sirves un trago helado, el limón fresco explotando en tu lengua, y ahí lo ves: él, recargado en la baranda, con camisa blanca entreabierta mostrando un pecho moreno y tatuado con un águila estilizada. Se llama Marco, te dice cuando se acerca con esa sonrisa pícara, ojos cafés que te recorren como caricias.

"¿Qué onda, güeyita? ¿Vienes a bailar o nomás a verte chula?"
Su voz grave retumba en tu pecho, y respondes con una risa coqueta, sintiendo el pulso acelerarse. Bailan pegaditos, sus manos en tu cintura, el calor de su cuerpo mezclándose con el tuyo. Huele a colonia cítrica y a hombre sudado, un aroma que te enciende por dentro. Tus caderas se mueven al ritmo, rozando su dureza creciente, y piensas: Órale, este wey me va a volver loca.

La tensión crece con cada canción. Sus dedos trazan círculos en tu espalda baja, bajando apenas hasta el borde de tu vestido. Tú arqueas la espalda, presionando tu trasero contra él, oyendo su jadeo ronco en tu oído. Soy una persona pasional, te dices, mientras el mundo se reduce a ese roce eléctrico. Le susurras al oído:

"Vamos a algún lado más privado, carnal."
Él asiente, toma tu mano y te guía por las escaleras hasta su habitación en el piso de arriba. El pasillo huele a jazmín nocturno, y el clic de la puerta cerrándose es como una promesa.

Adentro, la luz tenue de una lámpara baña la cama king size con sábanas blancas arrugadas. Marco te empuja suavemente contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Su lengua sabe a tequila y menta, explorando tu boca con urgencia. Tus manos suben por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el latido fuerte de su corazón. Qué rico se siente esto, piensas, mientras él desliza el vestido por tus hombros, exponiendo tus senos al aire fresco. Sus pulgares rozan tus pezones endurecidos, enviando chispas directas a tu entrepierna.

Te arroja a la cama con ternura juguetona, quitándose la camisa de un tirón. Su piel brilla por el sudor, pectorales definidos y ese vientre plano que invita a lamerlo. Tú te incorporas sobre los codos, admirándolo, y él se arrodilla entre tus piernas abiertas.

"Eres una persona pasional, ¿verdad? Mírate, toda mojada por mí."
Sus palabras te erizan la piel, y asientes, mordiéndote el labio. Baja tu tanga despacio, oliendo tu excitación almizclada que llena la habitación. Su aliento caliente roza tu clítoris hinchado, y cuando su lengua lo lame por primera vez, gimes alto, arqueando las caderas. ¡Pinche paraíso! Cada lamida es un fuego lento, succionando, girando, mientras sus dedos se hunden en tus muslos suaves, dejando marcas rojas de pasión.

La intensidad sube como la marea. Tú lo jalas por el pelo, guiándolo más profundo, tus jugos cubriendo su barbilla. Él gruñe de placer, el sonido vibrando contra tu carne sensible. No aguanto más, piensas, pero él se detiene, subiendo para besarte, haciéndote probar tu propio sabor salado y dulce. Te voltea boca abajo, besando tu espalda desde las vértebras hasta las nalgas redondas. Sus manos amasan tu culo, separándolo, y sientes la punta de su verga dura presionando tu entrada húmeda.

"Dime que la quieres, nena."
"Sí, cabrón, métemela ya."
Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El placer duele un poquito al principio, pero pronto es puro éxtasis, su grosor llenándote por completo.

Empieza a bombear, lento al inicio, cada embestida haciendo que tus tetas reboten contra las sábanas. El slap-slap de piel contra piel se mezcla con tus gemidos y sus maldiciones roncas: "¡Qué chingón te sientes, tan apretadita!" Tú empujas hacia atrás, clavando las uñas en las sábanas, oliendo el sexo crudo en el aire, sudor y feromonas. Cambian de posición: tú encima, cabalgándolo como una diosa. Sus manos en tus caderas guían el ritmo, tus pechos balanceándose frente a su cara. Él chupa un pezón, mordisqueando suave, mientras tú mueles contra él, sintiendo su verga golpear ese punto perfecto adentro. Mi persona pasional está en control ahora, piensas, acelerando, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

El clímax llega en oleadas. Tus paredes se aprietan alrededor de él, pulsando, mientras gritas su nombre. Él te sigue segundos después, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el tuyo. Colapsan juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El ventilador del techo gira perezoso, enfriando sus cuerpos entrelazados. Marco te besa la frente, riendo bajito:

"Eres la persona pasional más increíble que he conocido, weyita."
Tú sonríes, trazando patrones en su pecho con el dedo, sintiendo la paz post-orgásmica invadiéndote como una manta suave.

Se quedan así un rato, hablando pendejadas sobre la playa al amanecer y tacos de mariscos. El olor a sexo persiste, mezclado con el suyo, y tú sabes que esta noche ha despertado algo profundo en ti. Cuando el sol tiñe el cielo de rosa, se despiden con otro beso largo, prometiendo más. Sales a la terraza, el viento salado revolviendo tu pelo desordenado, y piensas: Qué nochecita, carnal. Mi persona pasional por fin se soltó. El mar ruge abajo, testigo de tu nueva libertad sensual.

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