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La Pasion Ardiente de la Pelicula Antigua de Cristo

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La Pasion Ardiente de la Pelicula Antigua de Cristo

Estás sentada en el sillón viejo de la sala, con las luces bajas y el aire cargado de ese olor a madera y canela de las velas que prendiste hace rato. Afuera, la noche mexicana envuelve la casa en Toluca, con el fresco de la sierra colándose por la ventana entreabierta. Tu nombre es Carla, pero en este momento solo sientes el calor de tu piel bajo la blusa ligera de algodón, que se pega un poco por el sudor del día caluroso. Frente a ti, Marco, tu hombre de toda la vida, con su camiseta ajustada que marca esos músculos que tanto te gustan, revuelve en el cajón de los tesoros olvidados.

Órale, carnala, mira lo que encontré, dice con esa voz ronca que te eriza la piel, sacando un casete polvoriento. La Pasion de Cristo pelicula antigua. Es una cinta VHS de esas que ya nadie usa, grabada quién sabe cuándo, de una versión clásica de los ochenta, con actores que parecen salidos de un sueño febril. Tú sonríes, recordando cómo tu abuelita la guardaba como reliquia. ¿La ponemos? Para variar del Netflix, güey, propones, y él asiente con picardía en los ojos.

El VCR zumba como un insecto viejo al encajar el casete, y la pantalla del tele parpadea con estática antes de mostrar las primeras imágenes granuladas. Jesús camina por el desierto, el sol implacable quemando su piel morena, el sudor brillando como perlas en su torso desnudo. Tú sientes un cosquilleo en el estómago, no por lo religioso, sino por esa intensidad cruda, ese sufrimiento que huele a tierra seca y sal. Marco se acomoda a tu lado, su muslo rozando el tuyo, cálido y firme. El roce es eléctrico, casual al principio, pero ya sabes que algo se está armando.

La película avanza. Las escenas de flagelación te hacen apretar los dientes; el sonido de los látigos cortando el aire te llega al hueso, un chasquido seco que reverbera en tu pecho. Ves la sangre resbalar por la espalda de Cristo, roja y brillante bajo la luz polvorienta.

Pinche sufrimiento, pero qué chingón se ve el wey
, murmura Marco, y tú ríes bajito, pero tu cuerpo responde de otra forma. Tus pezones se endurecen contra la tela, un pinchazo dulce que te hace cruzar las piernas. El aire huele ahora a tu excitación sutil, mezclado con el popcorn rancio que quedó en la mesa.

Marco desliza su mano por tu muslo, despacio, como si no pasara nada. Tú no lo detienes; al contrario, abres un poco las piernas, invitándolo. En la pantalla, María lava los pies de Jesús, sus manos temblorosas tocando esa piel castigada. El agua gotea, fresca y pura, y tú imaginas el tacto, la humedad resbalando. ¿Te prende esto, mi reina? susurra él al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta. Asientes, mordiéndote el labio, mientras su dedo traza círculos en tu piel interior, subiendo con tortuga lentitud.

El conflicto interno te invade: esto es raro, ver La Pasion de Cristo pelicula antigua y sentir este fuego en las entrañas. Pero es tan humano, tan carnal. El dolor se transforma en éxtasis en tus pensamientos. Marco te besa el cuello, succionando suave, dejando un rastro húmedo que sabe a sal cuando pasas la lengua. Tus manos van a su bragueta, sintiendo la verga ya dura, palpitante bajo la tela del jean. Qué rica estás, Carla, ya te siento mojada de aquí, dice, metiendo la mano por tu short, rozando tu clítoris hinchado.

Apagan el tele a medias; la voz de Cristo clamando en el desierto se funde con tus gemidos ahogados. Se levantan, tropezando con el sillón, riendo como pendejos enamorados. En el pasillo, él te empuja contra la pared, fresco y áspero contra tu espalda. Sus labios devoran los tuyos, lengua invasora probando tu boca como si fuera néctar. Sabes a deseo puro, a esa mezcla de lipstick vainilla y saliva caliente. Tus uñas se clavan en sus hombros, arañando lo justo para que gruñe, un sonido animal que vibra en tu pecho.

En la recámara, la cama king size los recibe con sábanas revueltas de la mañana. El olor a lavanda de la ropa te envuelve, pero pronto se pierde bajo el aroma almizclado de sus cuerpos sudados. Marco te quita la blusa con urgencia, exponiendo tus tetas llenas, pezones oscuros erguidos como picos. Los chupa uno a uno, tirando suave con los dientes, enviando descargas directas a tu panocha empapada. ¡Ay, cabrón, no pares! jadeas, arqueando la espalda. Tus manos bajan a su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que salta libre, goteando ya de precum transparente.

Él se arrodilla, como en la película, lavando tus "pecados" con la lengua. Separa tus labios mayores, hinchados y rosados, y lame desde el ano hasta el clítoris, un trazo largo y húmedo que te hace gritar. Sabe a ti, salado y dulce, con ese toque de sudor del día. Tus muslos tiemblan, apretando su cabeza, el pelo revuelto entre tus dedos.

Es como si Cristo me redimiera con fuego líquido
, piensas, mientras las olas de placer suben, contrayendo tu vientre.

Pero no lo dejas acabar ahí. Lo empujas a la cama, montándote encima con autoridad. Tus caderas se mecen, frotando tu raja mojada contra su verga dura como hierro. El glande roza tu entrada, lubricándola más, hasta que desciendes despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, llena hasta el fondo. ¡Chingada madre, qué prieta estás! gime él, manos en tus nalgas, amasándolas fuerte. El slap de piel contra piel empieza lento, luego acelera, un ritmo tribal que hace crujir la cama.

El sudor perla en tu frente, gotea a su pecho, mezclándose con el suyo. Hueles su macho, ese musk intenso que te embriaga. Tus tetas rebotan con cada embestida, y él las atrapa, pellizcando. Dentro, sientes cada vena pulsando, rozando ese punto que te hace ver estrellas. Tus pensamientos son un torbellino: Esto es la pasión verdadera, no la de la película, sino la nuestra, cruda y viva. Aceleras, cabalgándolo como yegua salvaje, el clítoris frotando su pubis peludo.

Él voltea las posiciones, poniéndote a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo tus rodillas. Entra de nuevo, profundo, sus bolas golpeando tu clítoris con cada thrust. El sonido es obsceno, chapoteante, mezclado con vuestros ayes. ¡Dame más, mi rey, rómpeme! suplicas, y él obedece, jalándote el pelo suave, arqueando tu espalda. El orgasmo te golpea como latigazo divino: contracciones violentas, jugos chorreando por tus muslos, un grito que sale del alma.

Marco sigue, gruñendo como bestia, hasta que se hincha más y explota dentro, chorros calientes inundándote, semen espeso mezclándose con tu crema. Colapsan juntos, jadeantes, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono. El aire huele a sexo puro, a clímax compartido. Él te besa la nuca, suave ahora, Te amo, mi pasionaria.

Después, en la quietud, con la película olvidada en pause mental, yacen enredados. Tú trazas círculos en su pecho, sintiendo la paz post-orgásmica, esa calidez que dura. Quién iba a decir que La Pasion de Cristo pelicula antigua nos prendería tanto, bromeas, y ríen bajito. El deseo inicial se ha transformado en conexión profunda, un fuego que no se apaga fácil. Afuera, la sierra susurra promesas de más noches así, eternas y ardientes.

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