Pasión Cap 50 Noche de Fuego Incontrolable
Entré al lobby del hotel en Playa del Carmen con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire olía a sal marina mezclada con el dulce aroma de las flores tropicales que adornaban cada rincón. Hacía semanas que no veía a Diego, mi amor de toda la vida, ese chavo que me ponía la piel chinita con solo una mirada. Éramos adultos, independientes, y esta escapada era puro premio por aguantar el pinche estrés de la chamba en la Ciudad de México.
Lo vi de pie junto a la fuente, con su camisa blanca ajustada marcando esos pectorales que tanto me gustaban. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortitos y la blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario. Órale, pensé, este wey me va a matar de la calentura.
¿Cuántas noches he soñado con esto? Como si fuera la Pasión Cap 50 de nuestra propia novela, donde cada capítulo sube la temperatura un poquito más.
—Neta que luces más rica, Carla —me dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca, acercándose para darme un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su aliento cálido rozando mi oreja.
—Tú tampoco te quedas atrás, pendejo —le respondí juguetona, apretándole el brazo firme—. Vamos a la playa antes de que me dé hueva y prefiera quedarme en la cama contigo.
Salimos tomados de la mano, el sol del atardecer tiñendo el cielo de naranjas y rosas. La arena tibia se colaba entre mis sandalias, y el sonido de las olas rompiendo era como una promesa de lo que vendría. Caminamos hasta una palmera apartada, extendimos una cobija y nos sentamos con unas chelas frías que trajimos del minisúper del hotel. Hablamos de todo y nada: de la familia, de lo chido que era desconectarnos, de cómo el tiempo volaba desde nuestra última vez. Pero debajo de las risas, la tensión crecía. Sus dedos rozaban los míos accidentalmente, enviando chispas por mi espina dorsal.
El sol se hundió en el mar, dejando un cielo estrellado. Diego se acercó más, su muslo presionando contra el mío. Olía a loción de coco y hombre, ese perfume que me volvía loca.
—¿Sabes qué? —murmuró, su mano subiendo por mi muslo despacio—. Esta noche quiero que sea inolvidable. Como la Pasión Cap 50 que tanto nos gusta leer en ese blog erótico.
Me reí bajito, sintiendo el calor subir por mi entrepierna.
—Ponte serio, wey. Pero sí, neta que sí. Llévame a la habitación ya.
Regresamos al hotel casi corriendo, riéndonos como chamacos. El elevador era un horno de anticipación; apenas se cerraron las puertas, sus labios cayeron sobre los míos. Fue un beso hambriento, sus lenguas enredándose con sabor a cerveza y sal. Mis manos se metieron bajo su camisa, sintiendo la piel caliente, los músculos tensos. Él gimió bajito contra mi boca, y yo sentí mi calentura mojando mis panties.
Entramos a la suite tambaleándonos, la puerta azotándose detrás. La habitación era amplia, con balcón al mar, luces tenues y una cama king size que gritaba pecado. Diego me empujó suave contra la pared, besando mi cuello mientras sus manos desabotonaban mi blusa. El roce de sus dedos callosos en mi piel suave era eléctrico, como corrientes que bajaban directo a mi clítoris palpitante.
Qué rico se siente esto, pensé, su boca chupando mi lóbulo, su aliento acelerado. Quiero más, mucho más.
—Quítate todo, Carla —ordenó con voz grave, pero juguetona, sabiendo que yo mandaba tanto como él.
Me desvestí despacio, provocándolo. Primero la blusa, dejando ver mis tetas firmes en el bra negro de encaje. Luego los shorts, revelando mis caderas anchas y las piernas tonificadas de tanto gym. Él se lamió los labios, ojos oscuros de puro deseo. Se quitó la camisa de un jalón, mostrando ese torso moreno, velludo justo donde me gustaba. Sus jeans cayeron, y su verga erecta saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada.
Caímos en la cama, un enredo de piernas y brazos. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. Gemí fuerte, arqueándome contra él. Bajó la boca, lamiendo un pezón mientras chupaba el otro, el sonido húmedo de su succión llenando la habitación junto al rumor del mar lejano. Olía a sudor fresco, a sexo inminente.
—Estás cañón, Diego —jadeé, mi mano bajando a acariciar su verga. La piel sedosa sobre el acero duro me hizo salivar. La apreté, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma.
Él gruñó, bajando más. Sus dedos separaron mis labios vaginales, resbaladizos de jugos. Qué húmeda estoy, pensé, por él, solo por él. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de mi coño mojado era obsceno, delicioso. Chupé su cuello, probando la sal de su piel, mientras él aceleraba el ritmo.
—Ven, métemela ya —supliqué, piernas abiertas invitándolo.
Pero él sonrió pícaro, bajando la cabeza. Su lengua caliente lamió mi clítoris, círculos lentos que me hicieron gritar. ¡Ay, cabrón! El placer era intenso, como olas rompiendo dentro de mí. Lamía, chupaba, metía la lengua profundo, bebiendo mis fluidos con gemidos de aprobación. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, manos enredadas en su pelo negro.
No aguanto más, me voy a venir. La presión crecía, un nudo apretándose en mi vientre.
Exploto en un orgasmo brutal, gritando su nombre, piernas temblando. Él no paró hasta que me calmé, lamiendo suave los restos.
Ahora era mi turno. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Besé su pecho, lamiendo los pezones oscuros, bajando por el abdomen definido hasta su verga. La tomé en la boca, saboreando el precum salado. Chupé la cabeza, lengua girando, luego la tragué profunda, garganta relajada por práctica. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome sin forzar.
—Qué chido, Carla, no pares.
Lo mamé con ganas, bolas en mi mano masajeándolas, hasta que lo sentí tensarse.
—Adentro, quiero sentirte adentro.
Me subí encima, guiando su verga a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. Llena, tan llena. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos en mis caderas. El sonido de piel contra piel, slap slap, se mezclaba con nuestros gemidos. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz. Olía a sexo puro, almizcle y mar.
Cambié de posición; él encima, misionero profundo. Me follaba fuerte, verga golpeando mi cervix con placer dulce. Besos desordenados, lenguas batallando. Mi clítoris rozaba su pubis, acumulando otro orgasmo.
—Me vengo, córrete conmigo —gruñí.
Él aceleró, gruñendo como animal. Exploto primero yo, coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se vino segundos después, chorros calientes llenándome, gritando mi nombre.
Colapsamos, jadeantes, abrazados. Su peso sobre mí era reconfortante, verga ablandándose aún dentro. Besos suaves, caricias perezosas. El aire acondicionado zumbaba, olas cantaban afuera.
Esto es perfecto, nuestra Pasión Cap 50, y habrá más capítulos, pensé, sonriendo contra su pecho.
Nos quedamos así horas, platicando susurros, riendo de tonterías. México nos regalaba esta noche eterna, piel con piel, almas enredadas. Mañana volvería la rutina, pero esta pasión nos sostendría hasta el próximo encuentro.