Hermanas Pasionistas Entrelazadas
En el calor bochornoso de esa tarde en la colonia Roma de la Ciudad de México, el sol se colaba por las cortinas de encaje de nuestra casa compartida. Yo, Valeria, acababa de llegar de la chamba, sudada y con el corazón latiéndome fuerte por el tráfico infernal. Mi hermana Daniela, dos años mayor que yo, andaba en la cocina preparando unos tacos de carnitas que olían a gloria, ese aroma grasiento y picante que me hacía agua la boca. Llevábamos meses viviendo solas desde que nuestros papás se mudaron a Guadalajara, y la casa se sentía más como nuestro nido secreto que como un hogar familiar.
Daniela era la chula de las dos, con su pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban como obsidiana y un cuerpo curvilíneo que volvía locos a los pendejos de la oficina. Yo no me quedaba atrás, flaca pero con tetas firmes y un culo que se marcaba en los jeans ajustados. Pero entre nosotras, siempre había habido algo más que sangre compartida. Miradas que duraban de más, roces accidentales en el baño que dejaban mi piel erizada. Neta, ¿por qué me pongo así con ella? me preguntaba en silencio mientras la veía menear las caderas al ritmo de la cumbia que sonaba bajito en la bocina.
—¡Órale, Val! Ven a ayudar a tu hermana, no seas floja —me gritó con esa voz ronca que me erizaba los vellos de la nuca.
Me acerqué por detrás, mi pecho rozando su espalda, y le pasé los brazos por la cintura para alcanzar la salsa. Su calor me invadió como una ola, el olor de su shampoo de coco mezclado con sudor fresco me mareó. Ella se quedó quieta un segundo, su respiración acelerándose.
«¿Sientes esto, Dani? Este fuego que no se apaga», pensé, pero no dije nada. Solo le di un apretón juguetón en la panza y me aparté, fingiendo normalidad.
La cena fue un tormento delicioso. Sentadas en la mesa de madera, con las piernas rozándonos bajo el mantel, platicamos de todo y nada: del jefe pendejo, de la vecina chismosa, de lo caro que está el mole en el mercado. Pero sus pies descalzos subían por mi pantorrilla, juguetones, y yo respondía presionando mi muslo contra el suyo. El aire se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en Xochimilco. Al final, lavamos los trastes juntas, salpicándonos agua, riendo como niñas, pero con miradas que gritaban quiero más.
Después, en el sillón del living, pusimos una peli de Netflix, algo romántico y cursi. Daniela se acurrucó contra mí, su cabeza en mi hombro, su mano descansando en mi muslo. El roce de sus uñas pintadas de rojo contra mi piel era fuego puro. Mi corazón tronaba como tamborazo zacatecano. Si no la beso ahora, me muero. Giré la cara, y ahí estaban sus labios entreabiertos, húmedos por la fresa de su gloss. Nuestras bocas se encontraron en un suspiro, suave al principio, explorando como si fuéramos extrañas. Su lengua se coló tímida, saboreando a mango y tequila de la cena. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo.
—Val... ¿estás segura? Somos hermanas pasionistas, ¿no? —murmuró contra mi boca, sus ojos brillando con picardía y miedo.
—Neta, Dani, te deseo desde siempre. No pares —le rogué, jalándola más cerca.
Nos besamos con hambre, las lenguas danzando furiosas, mordiéndonos los labios hasta que supimos a sangre dulce. Sus manos bajaron por mi espalda, metiéndose bajo mi blusa, arañando mi piel con uñas que dejaban surcos ardientes. Yo le quité la playera de un tirón, revelando sus tetas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana. Me lancé a mamarlas, chupando fuerte, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Ella arqueó la espalda, gimiendo ¡ay, cabrona!, sus caderas restregándose contra mi pierna.
La llevé a mi cuarto arrastrándola por el pasillo, tropezando con la alfombra, riendo entre besos. La cama nos recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro: el ombligo piercingado, las caderas anchas, el monte de Venus con un triángulo negro de vello recortado.
«Dios, qué chingona eres, hermana». Bésala ahí, le abrí las piernas con ternura, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer cachonda que me volvía loca. Mi lengua trazó caminos lentos por sus labios mayores, hinchados y húmedos, probando su jugo dulce como tepache fermentado.
Daniela se retorcía, sus manos en mi cabeza, empujándome más profundo. ¡Chúpame, Val, no pares! Lamiendo su clítoris hinchado, lo succioné como caramelo, metiendo dos dedos en su calor resbaloso. Se contraía alrededor mío, caliente y apretada, sus gemidos subiendo de tono hasta llenar la habitación. El sonido de mi boca chupando su coño era obsceno, chapoteante, mezclado con sus ¡órale, sí! y mis gruñidos hambrientos.
Pero ella no se quedaba atrás. Me volteó como luchadora de la Arena México, quitándome la ropa con urgencia. Soy su presa y su reina. Sus labios bajaron por mi cuello, mordiendo mi clavícula, lamiendo el valle entre mis tetas. Bajó más, besando mi vientre tembloroso, hasta llegar a mi entrepierna empapada. Me va a matar de placer. Su lengua era un torbellino, rápida y precisa, clavándose en mi clítoris mientras sus dedos me abrían como pétalos de cempasúchil. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, y el roce de su nariz contra mi piel me hacía ver estrellas.
Nos enredamos en un 69 perfecto, bocas devorándonos mutuamente. Sus muslos me aprisionaban la cabeza, su coño goteando en mi boca mientras yo la chupaba con furia. Gemíamos vibrando contra la carne de la otra, el sudor nos unía como pegamento, piel resbaladiza chocando. Somos hermanas pasionistas, unidas por este fuego prohibido pero tan nuestro. El clímax nos golpeó como tormenta en el Nevado de Toluca: ella primero, convulsionando, gritando mi nombre mientras su jugo me inundaba la cara. Yo la seguí segundos después, explotando en olas que me dejaban temblando, mordiendo su muslo para no aullar demasiado alto.
Nos quedamos jadeando, enredadas en las sábanas revueltas, el aire cargado de nuestro olor a sexo y sudor. Daniela me besó la frente, suave como pluma de colibrí.
—Te amo, Val. Esto es lo que siempre quise —susurró, su voz ronca de satisfacción.
—Y yo a ti, mi pasionista. No hay vuelta atrás —respondí, trazando círculos en su espalda con la yema del dedo.
Nos dormimos así, pegadas como siamesas, con el zumbido del ventilador y el lejano tráfico de Insurgentes como arrullo. Al día siguiente, el sol nos despertó con promesas de más. En la cocina, mientras preparábamos café, sus manos volvieron a mi cintura, un beso robado que sabía a futuro infinito. Somos libres, somos nosotras. Las hermanas pasionistas habían encontrado su ritmo, y nada en este pinche mundo nos iba a separar.