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Pasión Capítulo 83 Fuego en las Venas

7210 palabras

Pasión Capítulo 83 Fuego en las Venas

Sofía caminaba por la playa de Puerto Vallarta al atardecer, el sol tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Pacífico. La arena tibia se pegaba a sus pies descalzos, y el salitre del aire le llenaba los pulmones con ese olor fresco y salado que siempre le recordaba las vacaciones con su familia. Llevaba un pareo ligero sobre su bikini rojo, el cual ceñía sus curvas generosas, y su cabello negro ondulado bailaba con la brisa marina. Hacía meses que no veía a Diego, su amor de toda la vida, pero esta noche todo cambiaría. Habían planeado este reencuentro en la casa de playa de sus padres, un lugar apartado con vistas al horizonte infinito.

¿Y si ya no es lo mismo? pensó Sofía, mordiéndose el labio inferior mientras el corazón le latía con fuerza. Habían estado separados por su trabajo en la Ciudad de México, ella como diseñadora gráfica y él como ingeniero en Guadalajara. Las videollamadas no bastaban; necesitaba sentir su piel contra la suya, su aliento caliente en el cuello. El deseo la había estado consumiendo, haciendo que sus noches fueran un torbellino de sueños eróticos donde Diego la tomaba con esa pasión salvaje que solo ellos conocían.

De repente, lo vio. Diego salía de la casa, descalzo, con unos shorts de mezclilla que marcaban sus piernas musculosas y una camiseta ajustada que dejaba ver el contorno de su pecho trabajado en el gym. Su sonrisa pícara iluminó su rostro moreno, y corrió hacia ella como un niño emocionado. ¡Órale, mi reina! gritó, levantándola en brazos y girándola en el aire. Sofía rio, el sonido mezclándose con el romper de las olas. Sus labios se encontraron en un beso salado, urgente, con el sabor del mar y el tequila que él había probado antes.

—Te extrañé tanto, Sofi —murmuró Diego contra su boca, sus manos grandes deslizándose por su espalda desnuda bajo el pareo—. Esta noche va a ser épica, como Pasión Capítulo 83, ¿te acuerdas de esa novela que veíamos? Donde los amantes se devoran después de meses.

Sofía sintió un escalofrío delicioso.

¡Sí, justo como eso! Nuestra propia pasión, capítulo ochenta y tres, donde todo explota.
Lo besó más profundo, su lengua danzando con la de él, probando el dulzor de su saliva mezclada con el limón del cóctel que había tomado.

Entraron a la casa tomados de la mano, el aire acondicionado dándoles la bienvenida con un soplo fresco que contrastaba con el calor de sus cuerpos. La sala era amplia, con muebles de mimbre y cojines coloridos, y una terraza abierta al mar. Diego sirvió dos micheladas heladas, el hielo tintineando en los vasos altos. Se sentaron en el sofá, muy cerca, sus muslos rozándose. La conversación fluyó fácil, hablando de todo y nada: el tráfico pendejo de la CDMX, las carnitas chidas que comió en Jalisco, pero debajo de las palabras latía la tensión sexual, palpable como la humedad en el aire.

Sofía puso su vaso en la mesa y se subió a horcajadas sobre él, sintiendo su verga endureciéndose bajo los shorts. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras frotaba su panocha contra él a través de la tela del bikini. Diego gruñó, sus manos amasando sus nalgas firmes, el tacto áspero de sus palmas enviando chispas de placer por su espina dorsal. Olía a colonia masculina mezclada con sudor fresco, un aroma que la volvía loca.

—Mamacita, estás empapada ya —dijo él con voz ronca, deslizando una mano entre sus piernas para confirmar. Sus dedos rozaron el encaje húmedo, y Sofía jadeó, arqueando la espalda. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, compitiendo con el lejano rumor del mar.

La llevó en brazos a la recámara, la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio blancas como la arena. La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Se quitó la camiseta de un tirón, revelando su torso esculpido, pectorales duros y un vientre marcado por abdominales que Sofía trazó con las yemas de los dedos, sintiendo la piel caliente y suave. Mi rey, fóllame ya, suplicó ella en un susurro, tirando de su short para liberar su miembro erecto, grueso y venoso, palpitando en su mano.

Diego se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando su ombligo, bajando lento por el monte de Venus. El olor de su excitación lo invadió, almizclado y dulce, como miel tropical. Separó el bikini con los dientes, exponiendo su panocha rosada y reluciente. Su lengua la lamió de abajo arriba, saboreando el néctar salado, y Sofía gritó de placer, sus uñas clavándose en las sábanas. ¡Ay, cabrón, qué rico! El sonido húmedo de su boca chupando su clítoris era obsceno, delicioso, haciendo que sus caderas se elevaran solas.

Pero no quería correrse aún. Lo empujó hacia arriba, volteándose para quedar a cuatro patas.

En este capítulo de nuestra pasión, quiero sentirte hasta el fondo.
Diego no se hizo de rogar; se colocó detrás, frotando la punta de su verga contra sus labios vaginales, untándose de sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente haciendo que ambos gimieran. Su coño lo apretaba como un guante caliente, y él empezó a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación.

La tensión crecía con cada embestida. Sofía giró la cabeza para mirarlo, sus ojos conectándose en un lazo de pura lujuria. Sudor perlaba sus frentes, goteando entre sus pechos rebotantes. Diego le jaló el pelo con suavidad, arqueándola más, tocando ese punto dentro que la hacía ver estrellas. Estoy cerca, mi amor, no pares, pensó ella, mientras sus paredes internas se contraían rítmicamente.

Él aceleró, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust profundo. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del difusor en la mesita. Sofía sintió el orgasmo construyéndose como una ola gigante, sus muslos temblando, el pulso latiendo en sus oídos como tambores. ¡Córrete conmigo, Diego! gritó, y él rugió, su verga hinchándose antes de eyacular chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta rebosar.

Sofía explotó segundos después, su coño convulsionando en espasmos que ordeñaban cada gota de él. El placer la cegó, un éxtasis blanco que la dejó temblando, jadeante, con lágrimas de gozo en los ojos. Se derrumbaron juntos, él aún dentro, abrazados en un enredo sudoroso de extremidades.

Minutos después, en el afterglow, Diego la besó en la frente, su pecho subiendo y bajando contra el de ella. El mar susurraba afuera, como aplaudiendo su unión. Sofía trazó círculos en su espalda con la uña, sintiendo la paz profunda que solo él le daba.

—Esto fue mejor que cualquier capítulo de telenovela —dijo él riendo bajito.

Pasión Capítulo 83, el mejor de todos —respondió ella, acurrucándose más—. Y hay más capítulos por venir, mi vida.

Se quedaron así hasta que la luna iluminó la habitación, sus cuerpos entrelazados en una promesa de pasiones futuras, el corazón latiendo al unísono con el ritmo eterno del océano.

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