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Anticristo La Pasión de Cristo Carnal

6349 palabras

Anticristo La Pasión de Cristo Carnal

El calor de la noche en el corazón de la Ciudad de México te envuelve como un amante impaciente. Las luces neón parpadean sobre las calles empedradas de la Zona Rosa, mezclándose con el aroma dulzón de los tacos al pastor que chisporrotean en los puestos callejeros. Tú caminas con el corazón latiendo fuerte, vestida con ese vestido negro ajustado que resalta tus curvas, sintiendo la tela rozar tu piel como una promesa. Has oído rumores de un teatro clandestino, un lugar donde los tabúes se deshacen como chocolate en la lengua. Anticristo La Pasión de Cristo, se llama la obra que van a montar esta noche, una versión retorcida y sensual de la historia sagrada, prohibida para los débiles de fe.

Entras al antro disfrazado de capilla, con velas parpadeando y un olor a incienso que te hace cosquillas en la nariz. El público es una mezcla de curiosos y adictos al pecado: parejas que se tocan disimuladamente, solteros con ojos hambrientos. Te sientas en la tercera fila, el cuero del asiento crujiendo bajo tu peso, y sientes un escalofrío cuando las luces bajan. El telón se abre con un gemido grave, como un suspiro de placer contenido.

Allí está él. El Anticristo en carne y hueso, interpretado por un cabrón que parece salido de tus sueños más culeros. Alto, moreno, con músculos que se marcan bajo una túnica raída que deja ver su pecho velludo y sudoroso. Sus ojos negros te clavan en el sitio, como si supiera todos tus secretos.

"Yo soy la tentación que Cristo rechazó... pero tú, ¿me rechazarás?"
dice con voz ronca, mientras azota su propio cuerpo con una fusta, el chasquido resonando en el aire cargado de deseo. El sudor perla su piel, oliendo a hombre puro, a tierra mojada después de la lluvia.

No puedes apartar la vista. Tus pezones se endurecen contra la tela del vestido, un pulso caliente late entre tus piernas. La obra avanza: él tienta a una actriz que hace de virgen María, lamiendo sus dedos, frotando su entrepierna contra la suya en una danza pecaminosa. Tú aprietas los muslos, imaginando que eres ella. ¿Qué carajos me pasa? piensas, pero el fuego en tu vientre no miente.

Al final, aplausos estruendosos. La gente se dispersa, pero tú te quedas, hipnotizada. Él baja del escenario, aún con la túnica colgando floja, revelando el bulto impresionante en su calzón. Se acerca, su olor te golpea: mezcla de sudor, colonia barata y algo salvaje, como el mar en tormenta. "¿Te gustó el Anticristo?" te pregunta con una sonrisa pícara, su aliento cálido en tu oreja.

Chingado, qué güey tan chido, piensas mientras asientes, la boca seca.

"Mucho... me dejó mojadita."
Sueltas sin filtro, y él ríe, una carcajada profunda que vibra en tu pecho. Se llama Alex, dice, y te invita a los camerinos con un guiño. El pasillo es estrecho, las paredes rezumando humedad, el eco de gemidos lejanos de otros actores que ya se están echando un revolcón.

En su camerino, el aire es espeso, cargado de loción y testosterona. Se quita la túnica, quedando en boxers que apenas contienen su verga gruesa. Tú sientes el corazón martillando, el vestido pegándose a tu piel húmeda. "¿Quieres ser parte de la pasión?" murmura, acercándose hasta que sus labios rozan los tuyos. No es pregunta, es invitación, y tú la aceptas con un beso feroz, lenguas enredándose como serpientes en el Edén.

Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando a apretar tus nalgas con fuerza juguetona. Qué rico se siente esto, pendeja, déjate llevar. Lo empujas contra la mesa de maquillaje, botellas cayendo con estruendo. Le bajas los boxers, y su pito salta libre, venoso y palpitante, oliendo a macho listo. Lo agarras, sientes su calor en la palma, el pulso acelerado como tambores aztecas.

La tensión crece como tormenta en el Popo. Él te sube el vestido, rasgando la tanga con un dedo experto.

"Estás chorreando, mi reina del pecado."
Sus dedos exploran tu concha empapada, rozando el clítoris hinchado, haciendo que gimas alto. El sonido rebota en las paredes, crudo y animal. Te lame el cuello, mordisqueando, mientras mete dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que te hace arquear la espalda. No pares, cabrón, no pares.

Te voltea, te pone a cuatro patas sobre la mesa, el espejo reflejando tu cara de puta en éxtasis. Sientes su verga cabezona presionando tu entrada, resbalosa de tus jugos. "Dime que la quieres, como Cristo rechazó la mía." gruñe, y tú respondes:

"Métemela toda, Anticristo, hazme tuya."
Empuja lento al principio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El dolor placer se mezcla, su pelvis chocando contra tus nalgas con palmadas húmedas.

El ritmo acelera, sus bolas golpeando tu clítoris, el slap-slap-slap llenando el cuarto. Sudas, el olor de sexo impregna todo, salado y dulce. Él te jala el pelo suave, no violento, solo para arquearte más. Tus tetas rebotan, pezones rozando la madera fría. Esto es el paraíso prohibido, chingado. Gimes su nombre, Alex, Anticristo, dios mío, todo revuelto.

Sientes el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el Pacífico. Él lo nota, acelera, su respiración jadeante en tu oído. "Vente conmigo, mi virgen tentada." Explota primero él, chorros calientes llenándote, el calor propagándose. Tú sigues, el coño contrayéndose en espasmos, gritando como loca, piernas temblando. El mundo se disuelve en blanco, pulsos retumbando en oídos, piel erizada.

Caen los dos sobre el piso, enredados, risas ahogadas entre besos suaves. Su semen gotea de ti, pegajoso y satisfactorio, mezclándose con tu sudor. El cuarto huele a clímax compartido, a victoria carnal. Él te acaricia el pelo,

"Eres mi pasión favorita, más que cualquier Cristo."
Tú sonríes, el cuerpo lánguido, el alma en paz con su pecado.

Afuera, la ciudad bulle indiferente, pero tú sales renovada, con el eco de Anticristo La Pasión de Cristo tatuado en la piel. Sabes que volverás, que esta tentación es adictiva como el mezcal. El deseo no se acaba; solo espera la próxima noche para desatarse de nuevo.

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