Pasión de Gavilanes Capítulo 98 Fuego en las Entrañas
Ana Laura se recostó en el amplio sillón de cuero de la hacienda, con el aire cargado del aroma a jazmín del jardín que entraba por las ventanas abiertas. Era una noche calurosa en las afueras de Guadalajara, de esas que pegan la ropa al cuerpo como una promesa de pecado. Miguel, su amante de ojos negros y brazos fuertes como troncos de encino, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano. La tele zumbaba con el sonido de Pasión de Gavilanes capítulo 98, esa novela que los tenía clavados todas las noches.
"Órale, mira nomás a esa pareja, wey", murmuró Miguel, su voz ronca rozando el oído de Ana como un beso. En la pantalla, los protagonistas se miraban con esa hambre que quema, sus cuerpos tensos bajo la luz de la luna falsa del set. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por sus muslos. Hacía meses que andaban en esto, un romance ardiente nacido de miradas robadas en la fiesta del pueblo. Él, el capataz guapo que domaba caballos como si fueran cachorros; ella, la hija del patrón, con curvas que volvían loco a cualquier pendejo.
La escena avanzaba: los amantes se acercaban, sus labios a punto de chocar. Ana Laura tragó saliva, su piel erizándose.
¿Por qué carajos me pongo así con una pinche novela? Es como si me estuvieran tocando a mí, pensó, cruzando las piernas para aplacar el pulso que latía entre ellas. Miguel la miró de reojo, su sonrisa pícara iluminada por el resplandor de la pantalla.
"¿Qué pasa, ricura? ¿Te calienta esa pasión de gavilanes?", le dijo, pasando un brazo por sus hombros. Su mano grande bajó despacio por su brazo, dejando un rastro de fuego. Ana giró la cara, sus labios entreabiertos, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco de hombre de campo.
"Neta, Miguel, este capítulo 98 me tiene toda mojadita. Esos dos se ven tan... intensos", confesó ella, su voz un susurro tembloroso. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho.
El beso en la tele explotó: lenguas enredadas, gemidos ahogados. Miguel no esperó más. Giró a Ana hacia él, capturando su boca en un beso salvaje, hambriento. Sus lenguas bailaron como en la novela, pero real, con sabor a cerveza y deseo puro. Ella gimió contra él, sus manos clavándose en su camisa, sintiendo los músculos duros debajo. El corazón le martilleaba, el aire espeso con el olor a su excitación mutua, ese almizcle dulce que llenaba la habitación.
Acto de escalada: se separaron jadeantes, mirándose con ojos en llamas. "Ven, mi amor, vamos a hacer nuestro propio capítulo", gruñó él, levantándola en brazos como si no pesara nada. Ana rio, nerviosa y ansiosa, sus pechos subiendo y bajando contra su torso. La llevó al dormitorio, donde la cama king size esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas al tacto.
La depositó con gentileza, pero sus manos ya tiraban de su blusa floreada, revelando los senos plenos envueltos en encaje rojo. "Qué chingona estás, Ana. Tus chichis me vuelven loco", dijo, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta mientras sus dedos desabrochaban el cinturón de él. La verga de Miguel saltó libre, dura como hierro, venosa y palpitante. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor abrasador, el pulso acelerado bajo su palma.
No puedo más, lo quiero dentro ya. Pero ay, güey, qué rico es este juego lento, pensó ella, mientras él bajaba por su vientre, besando cada centímetro. El olor de su panocha lo golpeó cuando separó sus muslos: húmeda, hinchada, lista. "Hueles a miel y pecado, preciosa", murmuró, hundiendo la cara. Su lengua encontró el clítoris, chupando suave al principio, luego con furia. Ana gritó, sus caderas buckeando contra su boca, el sonido húmedo de lamidas llenando el cuarto. Saboreaba su jugo dulce, salado, mientras ella se retorcía, uñas en su pelo.
"¡Chúpame más, pendejo! ¡Sí, ahí!", jadeaba ella, el placer trepando como una ola. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, follando lento mientras lamía. Ana vio estrellas, su cuerpo temblando, el sudor pegándoles la piel. En su mente, flashes de la novela: pasión prohibida, pero la suya era libre, consensual, ardiente como el sol de mayo.
La tensión crecía, interna y externa. Ana luchaba contra el clímax prematuro, queriendo más. "No pares, pero métemela ya, cabrón", suplicó. Miguel se incorporó, su verga reluciente de su saliva. Se posicionó, frotándola contra su entrada resbaladiza. "¿La quieres, mi reina?", preguntó, ojos fijos en los de ella.
"¡Sí, chíngame como en Pasión de Gavilanes!", rogó Ana, y él empujó, llenándola de un golpe. Ambos gritaron: él por lo apretado y caliente de su coño, ella por la plenitud deliciosa, estirándola al límite. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena deslizándose dentro. El slap de piel contra piel, gemidos roncos, olor a sexo crudo impregnando todo.
Aceleraron, Miguel embistiendo profundo, sus bolas golpeando su culo. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él mordía su hombro, suave pero posesivo. Es mío, todo mío, pensó él, viendo su cara de éxtasis: labios hinchados, ojos vidriosos. Ella lo montó luego, cabalgando como amazona, senos rebotando, su clítoris frotándose contra su pubis. "¡Qué rico, Miguel! ¡Más duro!", chillaba, el placer cojeando en espiral.
El clímax los alcanzó juntos: Ana convulsionó primero, su panocha apretando como vicio, chorros de jugo empapando las sábanas. "¡Me vengo, ay Dios!", aulló. Miguel rugió, descargando chorros calientes dentro, su semen mezclándose con ella, el calor inundándola.
Colapsaron, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El sudor los unía, piel resbaladiza, respiraciones entrecortadas. Miguel besó su frente, oliendo su cabello a coco y pasión gastada. "Fue mejor que cualquier capítulo 98, ¿verdad, mi vida?", susurró.
Ana sonrió, saciada, trazando círculos en su pecho.
Esta pasión no es de gavilanes, es nuestra, eterna como el tequila bueno. Afuera, el viento susurraba promesas de más noches así, en su hacienda de sueños cumplidos. Se durmieron así, envueltos en afterglow, el eco de sus gemidos lingering en el aire quieto.