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Ruth Pasión de Gavilanes

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Ruth Pasión de Gavilanes

El sol ardiente del Valle de México besaba la piel morena de Ruth mientras cabalgaba por los llanos del Rancho Pasión de Gavilanes. El viento caliente le revolvía el cabello negro azabache, y el olor a zacate fresco mezclado con el sudor de su yegua la hacía sentir viva, como si cada galope avivara un fuego interno que llevaba meses latiendo. Hacía un año que heredó este pedazo de paraíso de su tío, un viejo ranchero que siempre la llamaba Ruth, pasión de gavilanes, por su temperamento fogoso y su manera de mirar al mundo con ojos que prometían tormenta.

Ruth tenía veintiocho años, curvas generosas que el jeans ajustado y la blusa de manta blanca apenas contenían, y un corazón que anhelaba más que el trajín diario de arrear ganado y negociar con compradores. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta soledad, wey?, se preguntaba mientras desmontaba cerca del corral. El rancho bullía de vida: vaqueros gritando órdenes, el relincho de los caballos, el polvo levantándose en nubes doradas. Pero en sus noches, sola en la casa grande de adobe, el silencio la devoraba.

Ahí estaba él, Diego, el capataz que su tío contrató antes de morir. Alto, fornido, con piel curtida por el sol y unos ojos verdes que parecían esmeraldas bajo el sombrero. Llevaba la camisa arremangada, mostrando brazos musculosos veteados de sudor, y cuando la vio acercarse, su sonrisa pícara le aceleró el pulso. Órale, qué chulo se ve hoy el pendejo, pensó Ruth, mordiéndose el labio.

—Patrona, ¿ya listos los becerros pa'l mercado? —preguntó Diego con esa voz grave que vibraba en el pecho de ella como un tambor ranchero.

—Simón, pero ven, ayúdame a revisar el bebedero. Se ve que algo anda mal —respondió ella, su mirada clavándose en la de él un segundo de más.

La tensión flotaba en el aire caliente, espesa como la melaza. Mientras caminaban juntos, el roce accidental de sus hombros envió chispas por la espina de Ruth. Olía a hombre: cuero, tabaco y un toque de tierra mojada. Si supiera lo que me provoca, cabrón.

La tarde se estiró como chicle. Después de arreglar el bebedero, Ruth lo invitó a la casa por un trago de tequila para celebrar. El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de rojos y naranjas, y el rancho se aquietaba con el canto de los grillos. En la sala de la hacienda, con sus muebles de madera tallada y el aroma a jazmín del jardín filtrándose por las ventanas, sirvió dos vasos del reposado más fino.

—Salud por el Rancho Pasión de Gavilanes —brindó Diego, sus ojos devorándola sin disimulo.

—Y por Ruth, pasión de gavilanes —rió ella, chocando su vaso. El tequila quemaba dulce bajando por su garganta, calentándola por dentro.

¿Por qué no me lanzo? Es hombre hecho y derecho, y yo no soy ninguna santurrona. Neta, me lo merezco.

Hablaron de todo: del ganado que se vendía como pan caliente, de las fiestas en el pueblo con mariachis y mujeres bailando jarabe, de cómo Diego dejó la ciudad por esta vida libre. Cada risa compartida acortaba la distancia. Él se acercó para mostrarle una cicatriz en el antebrazo, y el calor de su cuerpo la envolvió. Ruth sintió su aliento en el cuello, oliendo a tequila y deseo puro.

—Siempre me has mirado como si quisieras comerme vivo —dijo ella, juguetona, girándose hasta quedar frente a frente.

—¿Y si es así, Ruth? Eres fuego, pasión de gavilanes. Me traes loco desde el primer día —confesó él, su mano rozando la curva de su cintura.

El mundo se detuvo. Ella lo besó primero, un beso hambriento que sabía a tequila y promesas. Sus labios eran firmes, ásperos por el sol, y su lengua exploró la de ella con urgencia contenida. Ruth gimió bajito, el sonido perdido en la boca de él. Sus manos subieron por su espalda, arañando la camisa, mientras Diego la apretaba contra sí, su erección dura presionando su vientre.

No hay vuelta atrás, y qué chingón que sea así, pensó ella mientras lo arrastraba al cuarto.

La habitación principal era un santuario de sombras y luz de luna filtrada por las cortinas. Ruth lo empujó sobre la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, traídas de la ciudad. Se quitó la blusa despacio, dejando que él viera sus pechos plenos, coronados de pezones oscuros ya endurecidos. Diego gruñó, un sonido animal que la humedeció al instante.

—Ven pa'cá, mi amor. Quiero sentirte toda —la urgió, quitándose la ropa con prisa torpe.

Desnuda, Ruth se subió a horcajadas sobre él, su piel ardiente contra la de Diego. El olor a sexo ya impregnaba el aire: almizcle, sudor fresco, el leve dulzor de su excitación. Sus manos grandes amasaron sus senos, pellizcando los pezones hasta hacerla jadear. ¡Ay, wey, qué rico! Bajó la boca a uno, chupando con hambre, la lengua girando en círculos que enviaban descargas directas a su clítoris palpitante.

Ella se frotó contra su verga tiesa, gruesa y venosa, sintiendo la humedad de su punta untándose en su panocha depilada. El roce era eléctrico, piel contra piel resbaladiza. Diego la volteó con facilidad, colocándola de rodillas, y besó su espalda desde las nalgas redondas hasta la nuca, mordisqueando suave. Sus dedos encontraron su entrada, resbalando en jugos calientes, y metió dos de golpe, curvándolos para tocar ese punto que la hizo arquearse.

—¡Diego, cabrón, no pares! —suplicó ella, empujando contra su mano.

El sonido de sus dedos follando su coño era obsceno, chapoteante, mezclado con sus gemidos y el latido acelerado de su corazón. Él la lamió entonces, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreándola como si fuera el mejor tequila. Ruth tembló, el placer acumulándose en espiral, sus muslos apretándose alrededor de su cabeza.

Esto es lo que necesitaba, ser devorada por este hombre que me entiende sin palabras.

No aguantó más. Lo montó de nuevo, guiando su verga a su interior con un suspiro largo. Estaba tan llena, estirada al límite, que vio estrellas. Cabalgó lento al principio, sintiendo cada vena pulsando dentro, el roce en sus paredes sensibles. Diego embestía desde abajo, sus manos en sus caderas marcando el ritmo, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos.

Aceleraron, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo intenso ahora. Ruth clavó las uñas en su pecho peludo, cabalgando como una amazona salvaje, sus pechos rebotando. ¡Más fuerte, pendejo, dame todo! Él la volteó a misionero, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo, golpeando su cervix con cada estocada. El placer era cegador: el estiramiento, el roce en el G, sus bolas chocando contra su culo.

—Me vengo, Ruth, ¡dios! —gruñó él.

—¡Dentro, lléname! —exigió ella, su orgasmo explotando en olas, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

Se corrió con un rugido, chorros calientes inundándola, prolongando su clímax hasta que colapsó sobre ella, jadeantes, pegajosos.

La luna alta iluminaba sus cuerpos entrelazados. Ruth acariciaba el cabello húmedo de Diego, el corazón aún galopando. El aroma a semen y sudor se mezclaba con el jazmín del jardín, una fragancia embriagadora. Él la besó suave, labios hinchados rozando su frente.

—Eres increíble, Ruth, pasión de gavilanes. No quiero que esto sea de una sola vez —murmuró.

Ella sonrió, satisfecha, empoderada. Esto es solo el principio. Aquí en el rancho, mi rancho, vivo mi pasión sin frenos.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con el viento susurrando promesas de más noches ardientes. El Rancho Pasión de Gavilanes nunca había sentido tanto fuego.

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