Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión en Alemán Pasión en Alemán

Pasión en Alemán

6993 palabras

Pasión en Alemán

Estaba en un bar chido de la Condesa, con luces tenues y música electrónica que te hacía vibrar hasta los huesos. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche día eterno en la oficina, con el estrés acumulado queriéndome explotar. Pedí un mezcal con limón y sal, y ahí lo vi: alto, rubio, con ojos azules que parecían salidas de una película gringa. Se llamaba Klaus, alemán de pura cepa, en México por negocios. Neta, desde que me clavó la mirada, sentí un cosquilleo en la panza, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.

Órale, este wey está cañón, pensé mientras me acomodaba el escote del vestido negro ajustado. Él se acercó con una sonrisa pícara, su acento alemán rompiendo el español como un ronroneo. "Hola, guapa. ¿Puedo invitarte una copa?" Su voz grave me erizó la piel, y el olor a su colonia, fresco como pino y cuero, me invadió las fosas nasales. Acepté, claro, y empezamos a platicar. Hablaba de Berlín, de sus viajes, pero sus ojos no se despegaban de mis labios, de mis tetas que se marcaban con cada risa.

La tensión crecía con cada trago. Sus manos grandes rozaban las mías al pasar el vaso, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.

¿Y si me lo llevo? Neta, hace rato que no me como a un extranjero así de rico.
Me contó que "pasión" en alemán se dice Leidenschaft, y lo pronunció despacio, lei-dens-chaf, como si me estuviera follando con las palabras. "Es fuego puro, Ana. Como lo que siento ahora." Mi clítoris latió al oírlo, y apreté las piernas bajo la mesa. La noche avanzaba, el bar se llenaba de cuerpos sudados, y el aire cargado de feromonas nos envolvía.

Salimos a la calle, el viento fresco de la noche mexicana contrastando con el calor que nos quemaba por dentro. Caminamos hasta su hotel en Insurgentes, riendo como pendejos, sus dedos entrelazados con los míos. En el elevador, no aguanté más: lo jalé de la camisa y lo besé. Sus labios eran firmes, ásperos por la barba incipiente, sabían a whisky y a promesas sucias. Su lengua invadió mi boca, explorando con hambre, mientras sus manos me apretaban el culo, levantándome contra la pared. Pum-pum, mi corazón retumbaba como tamborazo zacatecano.

Entramos a la habitación, una suite minimalista con vista a la ciudad iluminada. Klaus me quitó el vestido de un tirón, sus ojos devorándome. "Eres preciosa, meine kleine Mexikanerin." No entendí todo, pero su tono ronco me mojó entera. Me tumbó en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda desnuda. El olor a su sudor limpio se mezclaba con mi aroma a jazmín del perfume. Besó mi cuello, mordisqueando suave, bajando por mis pechos. Sus labios chuparon mis pezones duros como piedras, tirando con los dientes hasta que gemí alto, "¡Ay, cabrón, sí!"

Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga tiesa como fierro bajo la tela. La saqué, gruesa, venosa, con la cabeza rosada brillando de precum. ¡Qué chingona! La apreté, masturbándolo lento mientras él metía dedos en mi panocha empapada. Dos dedos gruesos, curvados, frotando mi punto G con maestría alemana. El sonido chido de mi jugo salpicando llenaba la habitación, junto con mis jadeos y su respiración agitada. " Du bist so nass, tan mojada por mí", gruñó, y esa pasión en alemán me prendió más. Lamí su verga de abajo arriba, saboreando la sal de su piel, metiéndomela hasta la garganta mientras él me jalaba el pelo suave, guiándome.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como reina. Su pecho ancho, peludo justo lo necesario, subía y bajaba con cada embestida. Me hundí en él, mi chochito apretándolo como guante, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El slap-slap de piel contra piel era música obscena, mezclada con mis gritos: "¡Más duro, wey! ¡Dame Leidenschaft!" Él respondía en alemán, palabras fieras que no entendía pero que me hacían cabalgar más rápido, mis tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. El olor a sexo crudo, almizcle y deseo, nos ahogaba deliciosamente.

Esto es lo que necesitaba, neta. Este pendejo alemán me está rompiendo en dos, y lo amo.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él de rodillas detrás, doggy style, sus caderas chocando contra mi culo redondo. Cada estocada profunda me hacía ver estrellas, su verga golpeando mi cervix con placer punzante. Agarraba mis caderas con fuerza, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido. " Ja, nimm es! ", ladraba, y yo respondía arqueándome, pidiendo más. Mis dedos bajaron a mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos mientras él me taladraba. El orgasmo me pegó como rayo: piernas temblando, panocha contrayéndose alrededor de su polla, chorros de jugo caliente salpicando las sábanas. Grité su nombre, "¡Klaus, chingame!", el mundo explotando en colores.

Él no paró, prolongando mi clímax con embestidas lentas, profundas. Luego se tensó, gruñendo como bestia, llenándome de su leche espesa, caliente, que goteaba por mis muslos. Colapsamos juntos, su cuerpo pesado sobre el mío, corazones latiendo al unísono. El silencio post-sexo era roto solo por nuestras respiraciones jadeantes y el zumbido lejano de la ciudad.

Nos quedamos así un rato, piel pegajosa contra piel, su mano acariciando mi cabello revuelto. "Eso fue Leidenschaft pura, Ana", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, exhausta pero plena. Pasión en alemán, qué chingonería. Pedí agua del minibar, el frío del vidrio calmando mi garganta reseca, y platicamos bajito de todo y nada. Él de su vida en Múnich, yo de mis sueños locos en esta jungla de concreto llamada México.

Al amanecer, la luz filtrándose por las cortinas nos despertó. Nos dimos una ducha juntos, jabón resbalando por sus músculos definidos, mis manos explorando de nuevo. Pero fue tierno esta vez, besos suaves bajo el chorro caliente, vapor empañando el espejo. Salimos del hotel tomados de la mano, el sol calentando las banquetas. No prometimos nada eterno, pero esa noche había cambiado algo en mí. Una chispa de pasión en alemán que recordaría cada vez que oliera colonia de pino o escuchara un acento gutural.

Caminamos por la Condesa, desayunando chilaquiles con huevo en un puesto callejero, el picor del chile despertando mis sentidos de nuevo. Klaus me miró con ojos brillantes: "Vuelve a Berlín conmigo algún día." Reí, juguetona: "Si me das más Leidenschaft, wey." Nos despedimos con un beso largo, sabroso, prometiendo mails y quizás un reencuentro. Volví a casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por su pasión, y una sonrisa pendeja que no se borraba.

Desde entonces, cada vez que escucho música electrónica o pruebo mezcal, revivo esa noche. Fue más que sexo: fue conexión, fuego crudo, pasión en alemán que me enseñó a soltarme sin miedos. Y neta, lo recomiendo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.