Pasión y Poder Capítulo 16
El aire en la sala de juntas de la torre en Polanco olía a café recién molido y a las esencias caras de los ejecutivos. Yo, Daniela, sentada en la cabecera de la mesa de caoba, sentía el peso de todas las miradas sobre mí. Mi blusa de seda blanca se adhería sutilmente a mi piel por el calor del mediodía que se colaba por las ventanas polarizadas. Frente a mí, Alejandro, con su traje impecable negro y esa sonrisa de tiburón que me ponía la piel de gallina. Este wey siempre sabe cómo joderme el día, pensé mientras tamborileaba los dedos en el expediente.
"Señores, el contrato con los inversionistas gringos está en riesgo si no cerramos esta fusión hoy", dije con voz firme, clavando mis ojos en los de él. Alejandro se recargó en su silla, cruzando las piernas, y su perfume amaderado invadió el espacio entre nosotros. "Daniela, mi reina, no seas tan dura. Podemos negociar... en privado". Su tono era juguetón, pero cargado de esa electricidad que siempre nos había unido desde la universidad. Los demás rieron nerviosamente, pero yo sentí un cosquilleo en el bajo vientre. Pasión y poder, eso era lo nuestro. Capítulo tras capítulo de esta novela que escribíamos con miradas y roces accidentales.
La reunión terminó con un acuerdo forzado, pero el verdadero clímax se armó después, cuando todos se fueron. Me quedé recogiendo papeles, y él no se movió. "Qué pasa, Alejandro, ¿vienes por más guerra?". Se paró despacio, alto y musculoso bajo esa camisa que marcaba sus pectorales. "No guerra, Dani. Pasión. Y poder. Capítulo 16, ¿recuerdas? Donde el jefe finalmente se rinde". Su voz grave me erizó la nuca. Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo a centímetros. "Yo no me rindo, pendejo. Tú eres el que siempre termina pidiendo más".
Sus manos grandes tomaron mis caderas, atrayéndome contra él. El roce de su erección contra mi falda me hizo jadear bajito. "Pruébalo", murmuró, y sus labios rozaron mi oreja, enviando ondas de placer por mi espina. Olía a él: sudor limpio, colonia y deseo puro. Lo empujé contra la mesa, invirtiendo posiciones. Mis uñas se clavaron en su corbata, jalándola para besarlo con furia. Nuestras lenguas bailaron, saboreando el café y la menta de su aliento.
"Dios, Dani, estás cañón hoy", gruñó contra mi boca, mientras sus dedos subían por mis muslos, arrugando la falda.
El sonido de la ciudad allá abajo —cláxones, murmullos de vendedores ambulantes— se filtraba como un fondo perfecto para nuestra sinfonía privada. Lo desabotoné con prisa, exponiendo su pecho bronceado, marcado por horas en el gym. Mi lengua trazó un camino desde su cuello hasta sus pezones, mordisqueando suave. Él jadeó, órale, y sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis senos. El aire fresco los endureció al instante, y él los tomó con avidez, chupando uno mientras pellizcaba el otro. "¡Ay, cabrón!", gemí, arqueándome. El placer era un fuego que subía desde mi centro, humedeciéndome ya.
Pero no era solo físico. En mi mente, revivía nuestras batallas: él robándome clientes, yo saboteando sus deals, siempre terminando en orgasmos explosivos. Esto es poder, pensé, mientras lo volteaba y lo hacía sentarse en la silla ejecutiva. Me subí a horcajadas, frotándome contra su bulto duro. "Dime quién manda aquí", exigí, mordiendo su labio inferior. "Tú, mi amor. Siempre tú", confesó con voz ronca, sus ojos oscuros brillando de sumisión fingida. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum que lamí despacio, saboreando su salmuera masculina. Qué rico.
Él no se quedó atrás. Sus dedos encontraron mi tanga empapada, deslizándose adentro con maestría. "Estás chorreando, reina. Por mí". Movía el pulgar en mi clítoris mientras dos dedos me follaban lento, curvándose justo en ese punto que me volvía loca. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de vidrio. Mi cuerpo temblaba, el sudor perlando mi frente, mezclándose con su aroma embriagador. "Más, Alejandro, no pares". Aceleró, y yo cabalgaba su mano, mis senos botando libres, hasta que el primer orgasmo me golpeó como un rayo. Neta, este wey sabe cómo hacerme volar.
Pero el capítulo 16 merecía más. Lo puse de pie, quitándole pantalones y bóxers de un tirón. Su polla erecta, venosa, me hipnotizaba. Me arrodillé, solo por un momento de poder compartido, y la tragué profunda, sintiendo cómo latía en mi garganta. Él enredó dedos en mi cabello, gimiendo "¡Dani, qué chingón!". El sabor, el olor a sexo inminente, me volvía salvaje. Pero quise más control. Me levanté, lo empujé a la mesa y me quité la falda y tanga, quedando desnuda ante él. Mi piel morena brillaba bajo la luz del sol poniente, mis curvas listas para devorarlo.
"Cógeme ya", ordené, abriéndome de piernas sobre la mesa fría que contrastaba con mi calor. Él se posicionó, frotando su punta en mi entrada resbaladiza. "Con gusto, jefa". Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. "¡Sí, así!", grité, clavando uñas en su espalda. Empezó a bombear, fuerte y profundo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sus bolas chocaban contra mi culo, y yo levantaba caderas para más fricción.
El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a nosotros: almizcle, perfume roto, esencia de pasión desatada. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, consensual, enviando chispas extra. "Te amo, Dani. Eres mi poder", murmuró, besando mi cuello mientras aceleraba. Yo lo rodeé con piernas, clavándome más. Esto es pasión y poder, capítulo 16 de nuestra saga, donde el clímax nos igualaba. El orgasmo crecía, tenso, inevitable. "Me vengo, amor", avisó él, y yo apreté alrededor, ordeñándolo. Explosamos juntos: yo convulsionando, chorros de placer mojando la mesa; él gruñendo, llenándome con su leche caliente, palpitante.
Jadeantes, colapsamos en el suelo alfombrado, cuerpos entrelazados. Su corazón tronaba contra mi pecho, sincronizándose con el mío. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas en mi cabello. "Neta, Dani, cada vez mejor", dijo riendo bajito. Yo tracé círculos en su pecho. "Capítulo 16 completado. ¿Listo para el 17?". Él me miró, ojos llenos de promesas. "Siempre, mi reina". Afuera, el sol se hundía en el horizonte de la CDMX, tiñendo el cielo de rojo pasión. En ese momento, el poder no importaba; solo nosotros, empoderados en nuestra entrega mutua.
Nos vestimos despacio, robándonos besos robados. Salimos del edificio tomados de la mano, el aire nocturno fresco besando nuestra piel aún sensible. Mañana volvería la guerra de juntas, pero esta noche, pasión y poder reinaban supremos. Capítulo 16: el que nos unió más, en carne, alma y ambición.