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Novela Abismo de Pasion Final

7730 palabras

Novela Abismo de Pasion Final

El atardecer en la playa de Puerto Vallarta me envolvía como un abrazo ardiente. La arena aún guardaba el calor del día, suave bajo mis pies descalzos, y el rumor de las olas chocando contra la orilla era como un susurro constante, prometiendo secretos. Yo, Ana, con mi vestido ligero de algodón pegándose a la piel por la brisa salada, caminaba hacia la cabaña de madera que Diego había alquilado para nosotros. Habíamos jugado a este juego por meses: miradas robadas en la oficina, roces accidentales que no lo eran tanto, mensajes de medianoche cargados de promesas. Pero esta noche, todo cambiaría. Era el final de nuestra propia novela abismo de pasion final, el clímax que había estado construyéndose como en esas telenovelas que tanto nos gustaban ver juntos, riéndonos de los dramas exagerados mientras sentíamos los nuestros bullir por dentro.

Entré a la cabaña y el aroma a coco y jazmín fresco me golpeó de inmediato, mezclado con el leve olor a tequila reposado que salía de la botella abierta sobre la mesa de caoba. Diego estaba ahí, de pie junto a la ventana abierta, su camisa blanca desabotonada hasta la mitad, revelando el vello oscuro en su pecho bronceado. Era alto, con esos ojos cafés profundos que me miraban como si yo fuera el único mar en su horizonte.

"Wey, por fin llegaste",
dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, cargada de ese acento norteño que me ponía la piel de gallina. Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas queriendo salir.

Me acerqué despacio, el corazón latiéndome fuerte en los oídos, más alto que el oleaje afuera. Nuestras manos se rozaron primero, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. Esto es real, no como esas novelas donde todo es fingido, pensé, mientras él me jalaba suave hacia su pecho. Su piel olía a sal y a hombre, a sudor limpio del día en la playa. Sentí sus músculos tensos bajo mis palmas, duros como la madera que nos rodeaba.

"Ana, mi reina, no aguanto más este juego",
murmuró contra mi cuello, su aliento caliente enviando ondas de calor directo a mi entrepierna.

Acto uno de nuestra historia: la tensión acumulada. Nos besamos por primera vez esa noche, no como los piquitos tímidos de antes, sino con hambre de lobos. Sus labios carnosos devoraron los míos, su lengua explorando mi boca con urgencia, saboreando el dulce de mi gloss de mango. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda, sintiendo cómo su verga se endurecía contra mi vientre. Chingado, qué rico se siente esto, pensé, mientras el mundo se reducía a su sabor, a su olor, al roce áspero de su barba incipiente en mi mejilla. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó al balcón, donde la brisa marina nos azotaba, enfriando el fuego que ya ardía entre mis piernas.

Ahí, bajo las primeras estrellas, me sentó en la hamaca tejida, el balanceo suave meciéndonos como en un sueño. Sus manos expertas subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta mi cintura, exponiendo mis bragas de encaje negro.

"Estás empapada, mamacita",
ronroneó, su dedo índice trazando la tela húmeda, haciendo que mi clítoris palpitara de anticipación. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el salitre del mar. Le respondí con un ahogado, arqueando la espalda para que me tocara más. Pero él jugaba sucio, como buen mexicano pícaro: besos en el interior de mis rodillas, lamidas lentas subiendo por mis piernas, hasta que su boca cubrió mi panocha a través de la tela. Gruñí, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado, tirando suave para guiarlo.

El medio tiempo llegó con tormentas internas. Me quité el vestido yo misma, quedando en tetas y bragas, mis pezones duros como piedritas bajo su mirada hambrienta. ¿Por qué esperé tanto? Esto es el abismo, el fondo del pozo de pasión que tanto anhelaba, reflexioné mientras él se desnudaba. Su cuerpo era una obra de arte: abdomen marcado por horas en el gym, verga gruesa y venosa apuntando hacia mí, goteando precúm que brillaba a la luz de la luna. Lo jalé hacia mí, besando su pecho, lamiendo el sudor salado de su piel, bajando hasta arrodillarme en la madera cálida del balcón. Su gemido fue música, grave y gutural, cuando lo tomé en mi boca. Sabía a él, a mar y a deseo puro. Lo chupé despacio al principio, mi lengua rodeando la cabeza hinchada, luego más rápido, tragándomela hasta la garganta mientras él jadeaba

"¡Órale, Ana, qué chingona eres!"

La intensidad subía como la marea. Me levantó de nuevo, esta vez para entrar a la cama king size cubierta de sábanas de lino fresco. El colchón se hundió bajo nuestro peso, y nos revolcamos como animales en celo. Sus dedos encontraron mi entrada, dos de ellos deslizándose adentro con facilidad por lo mojada que estaba, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Siento cada vena de sus dedos, el roce húmedo, el sonido chapoteante de mi coño rogando por más. Le mordí el hombro para no gritar, dejando una marca roja que él besó después.

"Te quiero dentro, Diego, ya no más juegos",
le supliqué, mi voz ronca de necesidad.

Él se posicionó entre mis piernas abiertas, su verga rozando mis labios hinchados, untándose de mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada, el calor abrasador, las venas pulsando contra mis paredes. Es como caer al abismo, sin fondo, pura pasión. Cuando estuvo todo adentro, nos quedamos quietos un segundo, jadeando, mirándonos a los ojos. Luego empezó el vaivén: lento al principio, sus caderas chocando contra las mías con un slap húmedo que resonaba en la habitación. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y embriagador, mezclado con el tequila que habíamos bebido antes.

Escalamos juntos, el clímax construyéndose como una ola gigante. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras él las amasaba, pellizcando los pezones hasta doler rico.

"¡Sí, cabrón, así, dame duro!"
grité, usando ese slang que nos volvía locos en la cama. Sudor corría por su frente, goteando en mi pecho, salado al lamerlo. Él se sentó, envolviéndome en sus brazos, besándonos mientras follábamos, lenguas enredadas como cuerpos. El sonido de piel contra piel, nuestros gemidos mezclados con el viento y las olas, era sinfonía perfecta.

El final llegó como un terremoto. Sentí el orgasmo subir desde mis ovarios, un nudo apretándose hasta explotar. Mis paredes se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras gritaba su nombre al cielo estrellado. Él me siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que sentí derramarse dentro. Esto es el final de la novela, el abismo de pasion final que tanto soñé, pensé en el pico del éxtasis, el mundo disolviéndose en placer puro.

Nos derrumbamos juntos, exhaustos y satisfechos, su peso sobre mí un cobija perfecta. El afterglow fue dulce: besos perezosos, caricias en la espalda empapada, risas bajitas recordando cómo habíamos llegado aquí.

"Eres mi pasión eterna, Ana, no hay abismo sin ti",
susurró, y yo sonreí, oliendo su piel ahora mezclada con la mía. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, testigos mudos de nuestro amor consumado. En ese momento, supe que nuestra historia no acababa; era solo el comienzo de algo más profundo, más real que cualquier novela abismo de pasion final.

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