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Frases Después de una Noche de Pasión

8425 palabras

Frases Después de una Noche de Pasión

La noche en Polanco bullía con ese calor pegajoso de mayo, el tipo de humedad que te hace sudar solo con pensarlo. Ana caminaba por la avenida Presidente Masaryk, con un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas como si fuera hecho a medida. Llevaba tacones altos que resonaban contra el pavimento, un clic-clac que atraía miradas. Hacía meses que no salía así, sola, lista para lo que pintara. Su carnal le había insistido: ¡Vete a echar desmadre, nena! Ya estás grande pa' andar de ermitaña.

Entró a un bar chido, de luces tenues y música lounge con toques de mariachi electrónico. Pidió un margarita helado, el vaso empañado por el frío, y el limón fresco explotó en su lengua con ese piquete salado. Ahí lo vio: Marco, recargado en la barra, con camisa blanca desabotonada lo justo pa' mostrar un pecho moreno y tatuado. Ojos cafés intensos, sonrisa pícara. Neta, qué rico se ve el wey, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

Él se acercó, oliendo a colonia cara mezclada con sudor masculino. ¿Qué onda, preciosa? ¿Te puedo invitar otro? Su voz grave, con ese acento chilango puro. Ana sonrió, juguetona. Simón, pero nomás si me cuentas qué te trae por acá tan solo. Charlaron de tonterías: el tráfico infernal de la Ciudad, antojos de tacos al pastor, sueños locos. Cada roce accidental —su mano en su brazo, su rodilla contra la de ella— encendía chispas. El aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta. Ana sentía su pulso acelerado, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.

¿Y si esta noche no regreso sola? ¿Y si lo llevo a mi depa y lo dejo que me coma entera?
La idea la mojaba ya, un calor húmedo entre las piernas que la hacía cruzarlas con fuerza.

Salieron del bar caminando pegados, riendo de chistes verdes. Eres una chingona pa' platicar, ¿eh? dijo él, tomándola de la cintura. Sus dedos fuertes sobre su cadera enviaban ondas de placer. Llegaron al depa de ella en una colonia cercana, un loft moderno con vistas al skyline. La puerta apenas se cerró y ya se estaban comiendo los labios. Besos hambrientos, lenguas enredadas con sabor a tequila y deseo. Marco la empujó contra la pared, su cuerpo duro presionándola, el bulto en sus jeans rozando su monte de Venus.

El beso se volvió feroz. Ana le clavó las uñas en la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Su piel sabe a sal y aventura, pensó mientras le mordía el cuello. Él gruñó, bajando las manos a sus nalgas, amasándolas con fuerza. Te quiero ya, mamacita. Neta, me traes loco. Ella rio bajito, excitada por su urgencia. Lo jaló al cuarto, tirando ropa por el camino. Su vestido cayó al piso con un susurro sedoso, revelando lencería roja que él devoró con los ojos.

En la cama king size, cubiertas de sábanas de algodón egipcio frescas, Marco la tumbó boca arriba. Sus besos bajaron por su cuello, deteniéndose en los pechos. Chupó un pezón, lo succionó con hambre, mientras su mano se colaba entre sus muslos. Ana jadeó, arqueando la espalda. ¡Órale, carnal! Así, no pares. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado, lo masajearon en círculos lentos, lubricados por su excitación. El olor a sexo empezaba a llenar el aire, almizclado y embriagador. Ella gemía, las caderas moviéndose solas, persiguiendo más fricción.

Marco se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero. Qué chingona está, wey. Ven, déjame probarla. Se arrodilló, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el salado salobre. Él metió los dedos en su pelo, guiándola sin forzar. Ella lo chupaba profundo, la garganta acomodándose, saliva chorreando. Los gemidos de él eran música, roncos y desesperados.

Pero esto apenas empezaba. La tensión crecía como un volcán. Ana lo empujó a la cama, montándolo a horcajadas. Se frotó contra su polla, empapándola con sus jugos, antes de hundirse despacio. ¡Ay, cabrón! Llena hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, cada vena rozando sus paredes internas. Empezó a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada embestida. Sus tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando pezones. El sudor les perlaba la piel, mezclándose en resbalosas caricias.

El ritmo aceleró. Ana clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas. ¡Chíngame más duro, pendejo! ¡Dame todo! Marco obedeció, volteándola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus caderas chocando contra sus nalgas con plafs húmedos. El sonido de carne contra carne llenaba el cuarto, junto a sus jadeos y el crujir de la cama. Él le jalaba el pelo suave, ella empujaba hacia atrás, queriendo más. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando descargas eléctricas.

Internamente, Ana luchaba con el placer abrumador.

Esto es demasiado bueno. No quiero que acabe nunca. ¿Y si me enamoro de este desconocido?
Pero el orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en su vientre. Marco la penetraba sin piedad, su aliento caliente en su oreja. Me vengo, nena. ¡Júntate conmigo! Ella explotó primero, un grito ahogado mientras su coño se contraía en espasmos, ordeñándolo. Él rugió, llenándola de semen caliente, pulso tras pulso.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo crudo, a pasión desatada. Respiraban agitados, corazones latiendo al unísono. Marco la besó en la sien, suave ahora. Eso estuvo de puta madre, ¿verdad?

La mañana llegó con sol filtrándose por las cortinas, pintando rayas doradas en sus cuerpos desnudos. Ana abrió los ojos, sintiendo el peso de su brazo sobre su cintura. Marco aún dormía, ronquidos suaves, el pecho subiendo y bajando. Ella sonrió, recordando la noche. Se levantó despacio, desnuda, yendo a la cocina por café. El aroma tostado llenó el aire, mezclado con el leve olor a sexo residual en su piel.

Él apareció en calzones, pelo revuelto, sonrisa boba. Buenos días, reina. ¿Qué tal la noche? Ana le pasó una taza humeante, rozando sus dedos. Se sentaron en la barra, piernas entrelazadas. Ahí vinieron las frases después de una noche de pasión, esas palabras tiernas que sellan la intimidad. Sabes, anoche fue como un sueño chido. No quiero que termine, murmuró él, mirándola fijo. Ella se sonrojó, el corazón latiéndole fuerte otra vez.

Yo tampoco, wey. Fue neta increíble. Me hiciste sentir viva, como si todo el pinche mundo se redujera a nosotros dos. Se besaron lento, sin prisa, saboreando el café amargo en la boca del otro. Marco la atrajo a su regazo, manos explorando de nuevo, pero suave, caricias perezosas. Eres una diosa, Ana. Tu cuerpo... tu forma de moverte... me tienes enganchado.

Ella rio, juguetona. ¿Y tú qué? Con esa verga que no para, pendejo. Me dejaste temblando horas. Hablaron así, entre risas y toques, compartiendo frases después de una noche de pasión que profundizaban el lazo. No eran promesas eternas, solo honestidad cruda, mexicana, sin filtros. Ojalá repitamos pronto. ¿Me das tu número? preguntó él, serio de pronto.

Ana dudó un segundo, el conflicto interno asomando: ¿solo una noche o más? Pero el calor de su piel contra la suya decidió. Simón, carnal. Pero nomás si prometes más noches así de locas. Intercambiaron números, besos finales cargados de promesas. Él se vistió, robándole un último apretón en el culo. Nos vemos, mi reina. No te olvides de mí.

Cuando la puerta cerró, Ana se recargó en ella, sonriendo sola. El eco de la noche resonaba en su cuerpo: músculos adoloridos dulcemente, piel marcada por besos, el sabor de él aún en sus labios. Miró por la ventana, la ciudad despertando, y pensó en esas frases después de una noche de pasión que cambian todo. No era amor de telenovela, pero era real, empoderador, suyo.

Se duchó, el agua caliente lavando el sudor pero no los recuerdos. Salió renovada, lista para el día. Quién sabe qué traiga la próxima noche, musitó al espejo, guiñándose un ojo. La pasión no acababa ahí; era solo el comienzo.

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