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La Pasion Por El Cafe Que Nos Enciende

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La Pasion Por El Cafe Que Nos Enciende

Entré al café de la esquina en Coyoacán esa mañana soleada, con el aroma del café recién molido golpeándome como un abrazo cálido. Neta, mi pasión por el café es algo que me corre por las venas, más que la sangre misma. Ese olor intenso, terroso, con toques de chocolate y vainilla, me hacía salivar antes de siquiera pedir mi taza. El lugar era chido, con mesas de madera oscura, plantas colgantes y un bullicio suave de pláticas y tazas chocando.

Me senté en la barra, cruzando las piernas bajo mi falda ligera de algodón. El barista, un morro alto y guapo con ojos cafés como el grano que tostaba, me miró de reojo mientras limpiaba la máquina. Se llamaba Diego, lo vi en su gafete. Tenía esa sonrisa pícara, de esas que te hacen pensar en travesuras. Pedí mi café negro, bien cargado, y él asintió con un órale que sonó como una invitación.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Solo es un café, Ana, no seas pendeja.

Me lo trajo en una taza humeante, el vapor subiendo en espirales que olían a paraíso. Nuestros dedos se rozaron al pasarla, y sentí un chispazo, como electricidad estática. Él se quedó ahí, apoyado en la barra, preguntándome qué me gustaba del café. Le conté de mi pasión por el café, cómo desde morra me despertaba con el olor de la cafetera de mi abuelita en la casa de la colonia Roma. Él sonrió, contando que él mismo tuesta los granos en un ranchito de Veracruz.

La plática fluyó como el agua caliente por el filtro. Hablamos de sabores, de cómo el café amargo te despierta el alma, de catas en fincas chiapanecas. Sus manos, fuertes y callosas de tanto trabajo, gesticulaban animadas. Yo sentía el calor subiendo por mi cuello, no solo del vapor. Cada vez que se inclinaba, su colonia mezclada con el café me envolvía, un olor masculino, terroso, que me ponía la piel de gallina.

De pronto, al servirnos otra ronda, tropezó un poco y un chorrito de café caliente salpicó mi muslo. ¡Ay, cabrón! exclamé, pero no dolió, solo quemó lo justo para encender algo más profundo. Diego se disculpó mil veces, agarrando una servilleta y secándome con cuidado. Su toque era suave, casi reverente, subiendo por mi piel expuesta. Sentí mi respiración acelerarse, el pulso latiendo en mis venas como un tamborazo en una fiesta.

No pares, pensé, mordiéndome el labio. Él levantó la vista, y en sus ojos vi el mismo fuego. "¿Todo bien?", murmuró, su voz ronca. Asentí, y en lugar de apartarse, dejé que su mano se quedara ahí, el calor del café secándose contra mi piel, mezclado con el de su palma.

El café se enfrió en las tazas mientras la tensión crecía. Hablamos de todo y nada: de la vida en la ciudad, de cómo el café une a la gente. "Mi pasión por el café es como un vicio", le dije, y él contestó: "El mío también, pero hoy descubrí uno nuevo". Su mirada bajaba a mis labios, a mi escote, y yo no podía evitar imaginar esas manos explorando más.

Al rato, el café estaba casi vacío. "¿Quieres venir a mi taller atrás? Tengo un blend especial que no sirvo aquí", propuso. Mi corazón dio un brinco.

¿Estás loca, Ana? ¿Irte con un desconocido? Pero qué ojos, qué manos... y esa pasión compartida.
Le dije que sí, con una sonrisa coqueta. Caminamos por el pasillo angosto, oliendo a granos frescos y madera húmeda. El taller era un cuartito íntimo, con sacos de café apilados, una mesa baja y luz tenue de focos colgantes.

Me sentó en un taburete, moliendo granos frente a mí. El sonido del molino era hipnótico, crujiente, como huesos rompiéndose de placer anticipado. Preparó el café en una prensa francesa, lento, vertiendo el agua caliente gota a gota. "Prueba", dijo, acercando la taza a mis labios. El primer sorbo fue explosión: amargo, intenso, con notas de caramelo tostado que me recorrieron la lengua.

Nos acercamos más. Su aliento olía a café también, y cuando sus labios rozaron los míos, fue como beberlo directamente de la fuente. El beso empezó suave, saboreándonos mutuamente, pero pronto se volvió voraz. Sus manos en mi cintura, tirando de mí hacia él. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, y un gemido se me escapó.

"Qué rico sabes", murmuró contra mi boca, mientras sus dedos subían por mi falda, encontrando la humedad entre mis piernas. Yo le desabotoné la camisa, sintiendo el calor de su pecho, el vello áspero bajo mis yemas. Olía a sudor limpio, café y hombre. Lo empujé contra los sacos, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel.

El aire estaba cargado de nuestro jadeo y el aroma embriagador del café. Vertí un poco de la taza tibia sobre su torso, viendo cómo corría por sus abdominales. Bajé la cabeza, lamiéndolo, el sabor amargo mezclándose con su piel salada. Delicioso. Él gruñó, un sonido gutural que me vibró en el cuerpo. "Eres una diosa", dijo, volteándome y bajándome las panties con urgencia.

Sus dedos exploraron mi centro, resbaladizos, encontrando ese punto que me hacía arquear la espalda. Gemí fuerte, agarrando sus hombros. "Más, Diego, no pares". Él obedeció, su boca uniéndose, lamiendo con la misma dedicación que ponía en preparar un buen café. Sentí mi cuerpo tensarse, el placer building como presión en una cafetera exprés.

Lo quería dentro. Lo jalé arriba, guiándolo. Entró lento, llenándome por completo, el roce ardiente y perfecto. Nuestros cuerpos chocaban en ritmo, piel contra piel sudorosa, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con nuestros ay cabrón y qué chingón. El taller olía a sexo y café, un perfume afrodisíaco único.

Cada embestida era más profunda, sus manos en mis caderas, mis uñas en su espalda. Sentía cada vena, cada pulso, el calor subiendo desde mi vientre. "Ven conmigo", jadeó él, y explotamos juntos. El orgasmo me recorrió como un espresso directo al corazón, olas y olas de placer que me dejaron temblando, gritando su nombre.

Nos quedamos ahí, enredados sobre los sacos suaves, respirando agitados. El café olvidado se enfriaba en la mesa, pero su aroma persistía, envolviéndonos. Diego me besó la frente, suave. "Esa fue la mejor cata de mi vida". Reí, sintiéndome plena, conectada.

Salimos del taller ya entrada la tarde, con promesas de más cafés, más pasiones. Mi pasión por el café nunca había sido tan literal, tan carnal. Caminé por las calles empedradas de Coyoacán, con el cuerpo aún zumbando, saboreando el afterglow. Neta, el café une almas, y la nuestra acababa de encenderse para siempre.

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