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Locura de Amor y Pasión

5623 palabras

Locura de Amor y Pasión

La noche en la colonia Roma estaba viva, con ese bullicio que solo México sabe armar. Luces de neón parpadeando en las cantinas, risas de borrachos y el olor a tacos al pastor flotando en el aire húmedo. Yo, Ana, acababa de entrar al bar El Chido, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa pinche poderosa. Hacía meses que no salía así, pero esa noche algo me jalaba, como un imán en el pecho.

Ahí lo vi, sentado en la barra con una cerveza en la mano. Javier, mi ex, el carnal que me había volteado el mundo patas pa'rriba. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me volvía loca. Sus ojos cafés me clavaron en el sitio cuando nuestras miradas se cruzaron. ¿Qué chingados haces aquí? pensé, pero mi cuerpo ya traía su propia agenda. El corazón me latió como tamborazo zacatecano.

Me acerqué, fingiendo casualidad. "Órale, Javier, ¿qué onda, carnal?" le dije, con voz juguetona. Él sonrió, esa sonrisa pícara que prometía problemas. "Ana, mi reina, ¿vienes a joderme la noche o a mejorarla?" Su voz grave me erizó la piel, y el roce accidental de su brazo contra el mío fue como chispa en gasolina.

Platicamos de pendejadas, de la vida, de cómo el tiempo no borra nada. Pero entre tragos de tequila reposado, el aire se cargó. Olía a su colonia mezclada con sudor fresco, y cada vez que reía, su aliento cálido me rozaba el cuello.

Esta locura de amor y pasión que sentimos no se apaga, ¿verdad?
me dijo en voz baja, citando esa frase que siempre nos definía. Asentí, sintiendo el calor subir por mis muslos.

Salimos del bar, caminando por las calles empedradas. La luna llena iluminaba todo con un glow plateado, y el viento traía ecos de mariachi lejano. Su mano rozó la mía, y no la quité. "Ven a mi depa, Ana, nomás un rato", murmuró. No pude decir que no. El deseo era un nudo apretado en mi vientre, latiendo con cada paso.

En su departamento en la Condesa, todo era minimalista chido: muebles de madera, plantas colgando y una cama king size que gritaba promesas. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, suave pero firme. Sus labios encontraron los míos, saboreando a tequila y menta. Pinche beso que me derrite, pensé mientras mi lengua jugaba con la suya, húmeda y ansiosa.

Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos expertos. La tela cayó al suelo con un susurro, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento hasta mis bragas de encaje. "Eres tan chingona, Ana", gruñó, inhalando mi aroma, ese olor almizclado de excitación que lo volvía loco. Sus dedos trazaron mis labios mayores por encima de la tela, y gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes.

Lo jalé del pelo, levantándolo para devorarlo. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, sintiendo los músculos tensos bajo mi lengua. Sus pezones duros como piedritas, y él jadeó cuando los mordí suave. "Mamacita, me vas a matar", dijo con risa ronca. Bajé sus jeans, liberando su verga gruesa, palpitante, con esa vena marcada que recordaba tan bien. La tomé en mi mano, cálida y pesada, masturbándolo lento mientras lo besaba en el cuello, probando su sudor salado.

Nos movimos a la cama, un torbellino de piel contra piel. Él me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas con ternura. Su boca en mi clítoris fue fuego puro: chupadas suaves, lengua girando, dedos hundiéndose en mi humedad resbalosa. Olía a sexo, a nosotros, ese perfume crudo y adictivo. Mis caderas se arquearon, gimiendo su nombre, Javier, sí, cabrón, así. El placer subía como ola, tenso, apretado en mi núcleo.

Pero no quería acabar sola. Lo empujé, montándome encima. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. Qué chido se siente, como si fuéramos uno. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada centímetro rozar mis paredes internas, el roce eléctrico. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviando chispas directas a mi coño. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, gemidos entrecortados llenaban la habitación.

La tensión crecía, un nudo apretándose más y más. Sudábamos, pieles brillantes bajo la luz tenue de la lámpara. Él se incorporó, abrazándome fuerte, besándome mientras embestía desde abajo, profundo, rítmico. "Te amo, Ana, esta locura de amor y pasión es nuestra", jadeó en mi oído. Sus palabras me catapultaron. El orgasmo llegó como terremoto: espasmos violentos, mi coño apretándolo como puño, olas de placer que me nublaron la vista. Grit é su nombre, arañando su espalda.

Él no tardó. Con un rugido gutural, se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, enredados, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. El olor a semen y sudor impregnaba las sábanas, y el silencio solo roto por nuestros suspiros.

Después, en la afterglow, yacimos abrazados. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, suave como pluma. "No sé qué va a pasar mañana, pero esta noche fue perfecta", murmuré, besando su hombro. Él sonrió, besando mi frente. "La locura del amor y la pasión no pregunta por mañanas, mi reina. Solo vive."

Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos jaló. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese cuarto, habíamos encontrado nuestro propio mundo. Un mundo de fuego, deseo y esa conexión que no se explica, solo se siente en cada poro, en cada latido.

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