Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Bíblica Pasión Bíblica

Pasión Bíblica

6536 palabras

Pasión Bíblica

En la iglesia de San Miguel en el corazón de Guadalajara, el aroma del incienso se mezclaba con el calor sofocante de la tarde. Yo, Ana, de treinta años, con mi falda larga y mi blusa blanca ajustada, me arrodillaba frente al altar, susurrando oraciones que ya no calmaban el fuego que ardía en mi pecho. Hacía meses que leía la Biblia a escondidas, no las partes de mandamientos fríos, sino el Cantar de los Cantares, donde se habla de pechos como torres, de besos que saben a vino. Esa pasión bíblica me había despertado algo salvaje, un deseo que la iglesia no podía contener.

Entonces lo vi a él. Luis, el nuevo sacristán, alto, moreno, con ojos que brillaban como carbones bajo la luz de las velas. Llevaba una camisa negra que se pegaba a sus músculos por el sudor, y cuando se acercó a encender las velas, su olor a jabón fresco y hombre me golpeó como un rayo.

¿Por qué este pendejo me pone así? Dios mío, perdóname, pero neta que quiero que me toque
, pensé mientras lo veía moverse con gracia felina.

—Ana, ¿vienes seguido? —me dijo con voz grave, mexicana pura, de esas que vibran en el pecho.

—Sí, carnal, buscando paz —mentí, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela.

Él sonrió, chueco, sabiendo. Hablamos de la Biblia esa tarde, de pasajes que nadie menciona en misa. "Tus labios destilan miel", le recité, y él contestó: "Órale, qué chido, como si Salomón escribiera para nosotros". La tensión creció como tormenta, miradas que se enredaban, roces accidentales de manos al pasar el libro sagrado.

Al día siguiente, me invitó a su casa en las afueras, un lugar chulo con jardín de bugambilias y vista al Cerro del Cuatro. "Para platicar de esa pasión bíblica", dijo guiñando. Mi corazón latía como tambor de mariachi.

Entré temblando, el aire cargado de jazmín y algo más, su esencia masculina. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, con cervezas frías que chorreaban gotas heladas por mis dedos ardientes. Hablamos horas, riendo de lo hipócrita de la iglesia, de cómo la Biblia esconde joyas eróticas. Sus manos grandes rozaron mi rodilla, y no me aparté.

Esto es pecado, Ana, pero qué rico pecado. Siente su calor, neta que tu cuerpo lo pide a gritos
.

—Luis, ¿tú crees en esa pasión? —le pregunté, voz ronca, acercándome hasta que nuestros alientos se mezclaron, su aliento a menta y cerveza.

—Más que en nada, mamacita —murmuró, y me besó. Sus labios gruesos, suaves como miel prometida, saboreaban los míos con hambre santa. Gemí bajito, "ay wey", mientras su lengua exploraba, danzando como serpiente en el Edén. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, y yo arqueé la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba en mi cuello. Olía a sudor limpio, a tierra mojada después de lluvia.

La escalada fue lenta, deliciosa. Me quitó la blusa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis tetas, libres, rebotaron ante él, pezones duros como piedras preciosas. Chúpamelas, supliqué en silencio, y él lo hizo, succionando con fuerza que me hizo jadear. "¡Qué ricas, Ana! Como frutas del paraíso", gruñó, su voz vibrando contra mi piel. Yo metí las manos en su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitante bajo la tela. La saqué, admirándola: venosa, cabeza roja como manzana prohibida, goteando ya.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel en el piso fresco de loseta. Su cuerpo era mapa de tentación: abdomen marcado, vello oscuro bajando al nido de su masculinidad. Yo, curvas generosas, caderas anchas de mujer mexicana hecha para amar. Nos frotamos, lubricándonos con saliva y jugos. Su olor a almizcle me mareaba, el sonido de nuestros jadeos llenaba la habitación como salmos paganos.

Esto es mi biblia viva, su carne es mi evangelio. Muévete, Luis, fóllame como David a Betsabé
.

Me puso de rodillas, no como sumisión, sino como diosa adorada. Lamí su verga desde la base, saboreando sal y pre-semen, chupando con labios que lo volvían loco. "¡Puta madre, Ana, eres una diosa!", rugió, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. Yo lo tragué profundo, garganta apretando, hasta que él me levantó y me tendió en el sofá.

Separó mis piernas, admirando mi concha hinchada, labios rosados brillando de miel. "Mírate, tan mojada por la pasión bíblica", dijo, y hundió la cara. Su lengua, ávida, lamió mi clítoris en círculos perfectos, chupando jugos que sabía a mar y deseo. Grité, "¡Sí, cabrón, así!", uñas clavadas en su espalda, caderas bailando contra su boca. Olas de placer subían, mi pulso tronando en oídos, piel erizada como por viento santo.

No aguanté más. —Métemela, Luis, ya —rogué, voz quebrada.

Se posicionó, su verga rozando mi entrada, caliente, dura. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Qué chingona tu panocha!", exclamó al fondo, llenándome hasta el útero. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como oración, luego frenético como apocalipsis. Sus embestidas profundas, testículos golpeando mi culo, sudor chorreando entre nosotros, mezclando sal en besos salvajes.

Yo lo cabalgaba después, montada en él, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. "¡Fóllame más fuerte, pendejo!", le ordenaba, y él obedecía, manos amasando mis nalgas. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, gemidos en español crudo: "¡Me vengo, Ana! ¡Córrete conmigo!". El clímax nos golpeó como rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de semen caliente inundándome, mi squirt mojando todo. Grité su nombre, visión borrosa, cuerpo convulsionando en éxtasis bíblico.

Caímos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido recordatorio. Me besó la frente, suave ahora. —Eso fue nuestra pasión bíblica, Ana. No pecado, sino milagro.

Nos quedamos así, piel pegajosa, olores a sexo y jazmín flotando. Afuera, el sol se ponía sobre el cerro, tiñendo todo de oro.

La Biblia no miente, el amor es fuego que purifica. Y yo, renacida en sus brazos, ya no busco paz en iglesias de piedra
.

Desde esa tarde, nos vemos en secreto, explorando más versos carnales. La iglesia sigue ahí, pero mi verdadero templo es su cuerpo, nuestra unión ardiente. Y cada vez que abro la Biblia, sonrío, sabiendo que la pasión vive en nosotrxs.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.