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Gifs de Amor y Pasion

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Gifs de Amor y Pasion

Estaba tirada en el sofá de mi depa en la Condesa, con el ventilador zumbando como loco porque el calor de la noche mexicana no daba tregua. El teléfono en la mano, scrolleando Instagram sin pensar, cuando de repente un reel me paró en seco: gifs de amor y pasion que se movían hipnóticos, besos ardientes, cuerpos entrelazados en un baile lento de deseo. El usuario, Luisito_69, había subido una colección que me dejó con la piel chinita. Neta, eran como chispas que prendían algo dentro de mí, un fuego que no sabía que llevaba guardado.

Le di like sin pensarlo dos veces, y al rato, un DM: “¿Te gustaron mis gifs de amor y pasion? Hay más si quieres verlos en privado 😉”. Sonreí como pendeja, el corazón latiéndome fuerte. “Órale, enséñame”, le contesté, y así empezó todo. Me mandó uno de una pareja en la playa, el mar rugiendo de fondo, sus manos explorando curvas con esa ternura feroz que me hace mojarme al instante. Charlamos horas: él de Guadalajara, yo chilanga de hueso colorado, los dos solteros hartos de la rutina. “Ven a la CDMX, cabrón, y te muestro amor y pasión en vivo”, le eché de broma. “Dalo por hecho, preciosa”, respondió con un gif de labios mordiéndose.

Al día siguiente, ya estaba en el aeropuerto esperándolo. Vestida con un vestido negro ceñido que marcaba mis chichis y mi culo redondo, tacones que resonaban en el piso como promesas. Lo vi salir: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba “te voy a comer viva”. Nos abrazamos, su olor a colonia fresca y hombre me invadió, y sentí su verga semi-dura contra mi vientre. “¡Qué chida estás, Ana!”, me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja. Caminamos a mi coche, las manos rozándose accidentalmente, cada toque como electricidad estática en el aire húmedo de la ciudad.

“Neta, este wey me va a volver loca”, pensé mientras manejaba hacia un bar en la Roma. “Sus ojos me desnudan, y ni hemos empezado”.

En el bar, luces tenues, salsa sonando bajito, pedimos tequilas reposados que quemaban la garganta como preludio. Hablamos de todo: de cómo esos gifs de amor y pasion eran su vicio, de cómo yo fantaseaba con ser la protagonista de uno. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, rozando los míos, y cada roce subía la temperatura. “Quiero sentirte, Ana”, murmuró, su voz ronca como grava. Me mordí el labio, el pulso acelerado, el coño palpitando de anticipación. “Pues hazlo, pendejo”, le reté, y su mano subió por mi muslo bajo la mesa, suave pero firme, deteniéndose justo antes de lo prohibido. El aroma de su piel sudada se mezclaba con el humo de los cigarros lejanos, y yo ya estaba perdida.

Salimos tambaleándonos de deseo, no de alcohol. En el coche, su boca devoró la mía: labios carnosos, lengua danzando con la mía en un beso salado de tequila y promesas. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su nuca mientras él me manoseaba las tetas por encima del vestido. “Te necesito ya”, jadeó, y aceleré hacia mi depa, el motor rugiendo como mi sangre hirviendo. Aparcamos y subimos las escaleras a trompicones, riendo como chavos, sus manos por todos lados: apretando mi culo, pellizcando mis pezones endurecidos.

Adentro, la puerta apenas cerró y ya me tenía contra la pared. Me quitó el vestido de un jalón, quedé en tanguita y bra, expuesta bajo la luz ámbar de la lámpara. “Eres una diosa, carnala”, gruñó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Sus manos eran fuego: una amasando mi teta izquierda, el pullo frotándose contra mi muslo. Bajó despacio, besos mojados por mi panza, hasta arrodillarse. El olor de mi excitación lo envolvió, y él inhaló profundo: “Hueles a pecado delicioso”. Su lengua trazó la línea de mi tanga, y yo arqueé la espalda, gimiendo “¡Sí, Luis, no pares!”.

El calor entre mis piernas era un volcán. Me quitó la tanga con los dientes, y su boca se hundió en mi coño empapado. Lamidas lentas, chupando mi clítoris hinchado como si fuera un dulce de miel. Sentía cada roce: la aspereza de su barba en mis labios mayores, el calor húmedo de su saliva mezclándose con mis jugos. “¡Ay, cabrón, qué rico!”, grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G, bombeando mientras su lengua giraba sin piedad. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos roncos, su respiración jadeante. El orgasmo me pegó como un rayo, el cuerpo temblando, chorros calientes empapando su barbilla. “¡Me vengo, pendejo!”, aullé, las piernas flojas.

Lo jalé del pelo para arriba, desesperada por más. Le arranqué la camisa, besando su pecho moreno, saboreando el salado de su sudor. Bajé el zipper, su verga saltó libre: gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé con hambre. Lengua alrededor del glande, succionando profundo hasta la garganta, sus gemidos “¡Órale, Ana, qué mamada!” resonando en la habitación. Él me levantó como pluma, me llevó a la cama, colchón hundiéndose bajo nosotros.

“Esto es mejor que cualquier gif, neta”, pensé mientras él se ponía condón con manos temblorosas. “Su mirada de lobo hambriento me derrite”.

Me abrió las piernas, su verga rozando mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. “¡Qué apretadita estás, mi reina!”, jadeó, y yo clavé las uñas en su espalda, sintiendo cada vena pulsando dentro. Empezó a bombear: lento al principio, mirándonos a los ojos, sudor goteando de su frente a mi pecho. El slap-slap de piel contra piel, el crujir de la cama, nuestros alaridos mezclándose. Aceleró, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, sus manos en mis caderas guiándome. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, el sabor de su piel en mi boca cuando lo besaba.

Él se sentó, yo de rodillas en su regazo, follando vertical como animales. Sus dedos en mi clítoris, frotando furioso, y el segundo orgasmo me explotó: coño contrayéndose alrededor de su pija, lecheándome entera. “¡Córrete conmigo, Luis!”, supliqué, y él rugió, clavándose profundo, llenando el condón con chorros calientes. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados.

Después, en la calma, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón ralentizarse. “Esos gifs de amor y pasion fueron solo el comienzo, ¿verdad?”, murmuró, trazando círculos en mi vientre. Reí bajito, besando su frente. “Sí, cabrón, y esto apenas empieza”. Afuera, la ciudad bullía con sus ruidos lejanos, pero aquí, en nuestra burbuja, solo quedaban caricias suaves, promesas susurradas y el eco de un placer que nos había cambiado para siempre. Mañana más gifs, más pasión, más nosotros.

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