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Poemas de Pasión y Seducción

5776 palabras

Poemas de Pasión y Seducción

La noche en la Ciudad de México olía a jazmín y a tacos al pastor asándose en la esquina. Yo, Ana, acababa de salir de mi taller de poesía en el Centro Histórico, con mi libreta bajo el brazo, repleta de poemas de pasión y seducción que había escrito en las madrugadas solitarias. Caminaba por las calles empedradas de la colonia Roma, sintiendo el fresco del viento rozar mis piernas desnudas bajo la falda ligera. De repente, lo vi: un tipo alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo las luces neón de un bar cercano. Se llamaba Diego, lo supe después, y estaba apoyado en la pared, fumando un cigarro con esa pose de galán de telenovela.

Órale, güeyita, ¿vienes de conquistar almas con tus versos? —me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como el mariachi en una boda.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Por qué no? Esta noche podría ser la musa perfecta para uno de mis poemas.
Le mostré la libreta. —Mira, aquí hay poemas de pasión y seducción que te harían sudar la gota gorda.

Él se acercó, su aliento a menta y tabaco invadiendo mi espacio. Tomó la libreta y leyó en voz alta uno corto: "Tu piel es fuego que lame mis versos, / seducción en cada curva que devoro". Sus ojos se clavaron en los míos, y sentí mi pulso acelerarse, como si el poema cobrara vida entre nosotros.

Entramos al bar, un antro chido con mesas de madera y velas parpadeando. Pedimos mezcales ahumados, el líquido quemando la garganta como un beso anticipado. Hablamos de todo: de la vida loca en la capital, de cómo el amor es como un buen mole, picante y adictivo. Yo recitaba fragmentos de mis poemas, y él escuchaba embobado, su mano rozando la mía accidentalmente. Cada roce era electricidad, piel contra piel, suave y cálida.

La tensión crecía con cada trago. Quiero devorarlo, pensé, mientras veía cómo su camisa se pegaba un poco a su pecho por el calor del lugar. Él me miró con hambre: —Ana, tus palabras me traen loco. Eres como un verso que no puedo dejar de leer.

Salimos tambaleándonos un poco, riendo como pendejos enamorados. Caminamos hasta mi depa en la Roma, el aire nocturno cargado de promesas. Al entrar, el olor a vainilla de mis velas lo envolvió todo. Cerré la puerta y lo besé, sus labios firmes y urgentes, saboreando el mezcal en su lengua. Sus manos en mi cintura, apretando con esa fuerza que hace que las rodillas flaqueen.

—Déjame leerte más —susurré, empujándolo al sofá. Saqué la libreta y me senté a horcajadas sobre él, mi falda subiéndose por mis muslos. El poema siguiente era puro fuego: "Tus manos exploran mi sed de pasión, / y en cada caricia, el mundo se quema". Mientras recitaba, movía las caderas despacio, sintiendo su dureza crecer bajo mí. Él gemía bajito, sus dedos clavándose en mis nalgas, el tacto áspero de sus callos enviando ondas de placer por mi espina.

La habitación se llenaba de nuestros jadeos, el sonido de la ciudad filtrándose por la ventana: cláxones lejanos, risas de borrachos. Olía a nuestra excitación, ese aroma almizclado y dulce que enloquece. Me quité la blusa, mis pechos libres rozando su pecho. Él los besó, lengua caliente lamiendo pezones erectos, succionando con avidez.

¡Chingado, qué rico! Esto es mejor que cualquier poema.

Lo desvestí con prisa, su piel morena brillando bajo la luz tenue. Su verga erecta, gruesa y palpitante, saltó libre, y la tomé en mi mano, sintiendo el calor y las venas latiendo. —Te voy a follar con palabras y cuerpo, le dije, y él rio, tirándome al colchón.

Ahora él estaba encima, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta dejar marcas rosadas. Bajó por mi vientre, inhalando mi esencia antes de enterrar la cara entre mis piernas. Su lengua en mi clítoris, chupando y lamiendo como si fuera el néctar más dulce. Grité, arqueándome, el placer subiendo en oleadas: sabor salado de mi humedad en su boca, sus dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hace ver estrellas. —¡Más, pendejo, no pares! —supliqué, mis uñas en su espalda.

La intensidad crecía, nuestros cuerpos sudados chocando. Él se posicionó, frotando su punta en mi entrada húmeda, torturándome. —Dime un poema —gruñó. Recité entre gemidos: "Entra en mí, pasión desatada, / seducción que rompe cadenas". Empujó adentro, llenándome por completo, el estiramiento delicioso y ardiente. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose, el roce interno que hace explotar nervios.

El ritmo aceleró, piel palmoteando contra piel, sonidos húmedos y obscenos mezclados con nuestros alaridos. Olía a sexo puro, a sudor y deseo. Sus embestidas profundas, golpeando mi fondo, yo clavando talones en su culo para que fuera más duro.

Esto es poesía viva, cada thrust un verso de éxtasis.
Sentí el orgasmo construyéndose, una tormenta en mi vientre, mientras él jadeaba mi nombre: —¡Ana, estás cañón!

Explotamos juntos. Mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer sacudiendo mi cuerpo. Él se derramó dentro, caliente y abundante, gruñendo como animal. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con nuestro aroma.

Después, en la quietud, lo abracé, su cabeza en mi pecho. El afterglow era tibio, como una cobija de lana. —Tus poemas de pasión y seducción me han jodido la vida —dijo riendo bajito.

—Y tú la mía, carnal. Esto apenas empieza.

Nos quedamos así, escuchando la lluvia que empezaba a caer, sabiendo que la noche había escrito su propio poema en nuestras pieles.

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