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Expiacion Pasion y Pecado

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Expiacion Pasion y Pecado

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa de arena blanca. Hacía meses que había dejado atrás la Ciudad de México, huyendo de las sombras de mi matrimonio roto. No fue violencia ni traición ajena; fui yo, con mi pinche debilidad por el deseo prohibido, la que cayó en los brazos de un amante casual durante un viaje de trabajo. Consensual, sí, pero en mi mente católica, un pecado mortal que exigía expiación. Pasión y pecado, esas palabras me perseguían como un mantra culpable.

La villa que renté era un paraíso terrenal: piscina infinita con vista al Pacífico, palmeras susurrando con la brisa salada, y el olor a mar mezclado con jazmín fresco. Me tiré en una tumbona con un michelada helada en la mano, el limón picante en la lengua calmando mi sed interna. Ahí lo vi por primera vez: un tipo alto, bronceado, con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y un short que dejaba ver piernas fuertes. Pescaba en la orilla, el sol haciendo brillar gotas de sudor en su cuello. Qué chulo wey, pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Se acercó con una sonrisa pícara, sosteniendo una dorada en la mano. “Órale, mamacita, ¿te late un pescadito fresco pa’ la cena?” Su voz grave, con ese acento tapatío juguetón, me erizó la piel. Se llamaba Diego, artista local que vendía esculturas de madera en el malecón. Charlamos horas: él de sus sueños bohemios, yo evadiendo mi pasado. Pero sus ojos cafés me desnudaban, y el roce accidental de su mano al pasarme la cerveza mandó chispas por mi espina.

“¿Por qué una chava como tú anda sola por acá? Tienes cara de que cargas el mundo en los hombros.”

Me reí nerviosa, el corazón latiéndome como tamborazo. “Algo así, carnal. Buscando expiación, supongo.” Las palabras se me escaparon, y él arqueó la ceja, intrigado.

La noche cayó envuelta en un cielo estrellado, el rumor de las olas como banda sonora. Cenamos en la terraza: pescado a la veracruzana, el ajo y el tomate explotando en mi boca, tequila reposado quemando la garganta. La tensión crecía con cada mirada, cada roce. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quité. Pecado, susurró mi conciencia, pero la pasión ya ardía en mi vientre.

Entramos a la villa, el aire acondicionado fresco contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Diego me acorraló contra la pared del pasillo, su aliento a tequila y mar rozando mi oreja. “Dime qué buscas, preciosa. ¿Expiación?” Sus labios capturaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Gemí contra su boca, el sabor salado de su lengua invadiendo la mía. Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando mi vestido ligero, dedos ásperos de tanto tallar madera arañando mi piel suave.

Me cargó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro expuesto: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos. Olía a él, a sudor masculino mezclado con sal marina, embriagador. “Eres una diosa, neta”, murmuró, lamiendo mi ombligo. Mi cuerpo respondía sin permiso: pezones duros como piedras, humedad empapando mis bragas de encaje.

Pero el conflicto me atenazaba. Esto es pecado, Valeria. Otro clavo en tu ataúd moral. Lo empujé suave. “Espera, Diego. No soy de esas que saltan sin pensar.” Él se detuvo, ojos brillantes de deseo contenido. “Yo tampoco, güey. Pero siento tu fuego. Déjame apagarlo... o avivarlo.” Hablamos en la penumbra, yo confesando mi culpa pasada, él compartiendo cómo el arte era su expiación por amores perdidos. La vulnerabilidad nos unió, convirtiendo la lujuria en algo más profundo. Sus caricias volvieron, lentas, exploratorias: masajeó mis hombros tensos, chupó mis pezones hasta que arqueé la espalda, jadeando.

La intensidad subió como marea. Le bajé el short, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi palma. “Qué rica, chula”, gruñó cuando la envolví, la piel aterciopelada caliente en mi mano. Él deslizó mis bragas, dedos hundiéndose en mi calor húmedo. “” Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Me abrió las piernas, lengua ávida lamiendo mi clítoris hinchado, succionando con maestría. El placer era eléctrico, olas de cosquilleo subiendo por mis muslos, olor a sexo llenando la habitación.

Lo monté, guiando su miembro a mi entrada resbaladiza. Entró despacio, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. “¡Ay, cabrón! Qué grande”, exclamé, clavándole las uñas en los hombros. Cabalgamos juntos, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de cuerpos chocando sincronizado con nuestros jadeos. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo juguetón rozando mi ano, mandándome al borde. Pasión y pecado, pensé en éxtasis, esto es mi expiación.

Cambié de posición: él encima, embistiéndome profundo, el colchón hundiéndose con cada arremetida. Sus bolas golpeaban mi perineo, húmedo y resbaloso. “Chíngame más fuerte, Diego. ¡No pares!” rugí, perdida en la frenesí. El clímax nos golpeó como tormenta: mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Grité su nombre, estrellas explotando tras mis párpados, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores.

Colapsamos enredados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves post-sexo, su mano acariciando mi cabello revuelto. “¿Encontraste tu expiación, amor?” preguntó, voz ronca. Sonreí contra su pecho, inhalando su aroma almizclado. “Sí, carnal. En esta pasión y pecado.

Despertamos con el amanecer tiñendo el mar de rosas, el canto de las gaviotas filtrándose por las cortinas. Preparamos desayuno en la cocina abierta: chilaquiles con huevo y crema, el cilantro fresco picando en la nariz. Hicimos el amor de nuevo, esta vez lento, frente al espejo de la recámara, viendo cómo nuestros cuerpos se fundían. Sus manos en mis caderas, mis tetas rebotando, gemidos susurrados como oraciones paganas.

Los días siguientes fueron un torbellino de placer: caminatas por la playa al atardecer, manos entrelazadas; sexo en la piscina bajo la luna, el agua chapoteando alrededor mientras me penetraba de pie; noches de charla profunda donde compartíamos sueños. Mi culpa se disipó como niebla matutina. Diego no era solo un polvo; era el catalizador de mi redención.

El último día, empacando, me abrazó fuerte. “Vuelve cuando quieras, mi pecado favorito.” Reí, lágrimas saladas en los labios. “Lo haré, mi expiación viva.” Regresé a la CDMX transformada, el peso del pasado levantado. Pasión y pecado ya no eran cadenas, sino alas. Ahora, cada noche, revivo esos sabores, olores, toques: el clímax definitivo de mi alma.

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