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Martin de Pasion de Gavilanes

6691 palabras

Martin de Pasion de Gavilanes

En las verdes colinas de Gavilanes, donde el sol besa la tierra con un calor que enciende los sentidos, Martín cabalgaba su semental negro como si el viento mismo lo impulsara. Era conocido por todos como Martín de Pasión de Gavilanes, el hombre que hacía arder las noches con su mirada de fuego y su cuerpo esculpido por el trabajo en la hacienda. Alto, de piel morena curtida por el sol, con ojos negros que prometían tormentas de placer. Ese día, el aire olía a tierra húmeda y jazmines silvestres, y el sudor perlaba su pecho ancho bajo la camisa entreabierta.

Lucía acababa de llegar de la ciudad, invitada por su prima para unas semanas de descanso en esa hacienda familiar. Ella era fuego puro: curvas generosas que se marcaban en su vestido ligero de algodón, cabello negro cayendo en ondas salvajes, labios carnosos que invitaban a pecados. Al verlo desmontar cerca del corral, sintió un cosquilleo en el vientre, como si su piel ya anticipara el roce de esas manos callosas.

¿Quién es ese güey que me mira así? Neta, me traes loca con solo pararte ahí, Martín. Quiero sentirte ya.

Martín se acercó, quitándose el sombrero vaquero con un gesto galante. —Hola, chula. Soy Martín. Bienvenida a Gavilanes. ¿Y tú eres...? Su voz grave, con ese acento norteño ronco, le erizó la piel.

—Lucía —respondió ella, mordiéndose el labio inferior, oliendo su aroma masculino a cuero y sudor fresco—. Qué chido lugar. Pero tú... tú eres el famoso Martín de Pasión de Gavilanes, ¿verdad? Dicen que aquí no hay mujer que se resista.

Él rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de ella como un tambor. —Rumores, mi reina. Pero contigo, capaz y hago realidad cada uno. Sus ojos bajaron por su escote, deteniéndose en el leve temblor de sus pechos. El sol calentaba sus nucas, y el zumbido de las abejas en las flores cercanas parecía un susurro de deseo.

La tarde pasó en charlas junto al porche, con refrescos de tamarindo que refrescaban sus gargantas secas. Cada mirada era una chispa, cada roce accidental de rodillas bajo la mesa, una promesa. Lucía sentía su coño palpitar, húmedo ya, imaginando cómo sería esa verga dura que intuía bajo los jeans ajustados de él.

Al caer la noche, la hacienda cobró vida con una fiesta ranchera. Guitarras rasgueaban corridos apasionados, y el olor a carne asada en la parrilla se mezclaba con el perfume de las mujeres y el tequila reposado. Martín la tomó de la mano para bailar. Sus cuerpos se pegaron al ritmo del norteño, cadera contra cadera. Ella sintió su erección presionando su vientre, dura como hierro, y un gemido se le escapó disimulado en la música.

¡Carajo, qué rico se siente! Quiero que me cojas aquí mismo, Martín. Tu calor me quema, tu aliento en mi cuello me moja toda.

—Estás cañón, Lucía —murmuró él al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta—. Me tienes con la verga parada desde que te vi. ¿Quieres que te lleve a mi cuarto?

Ella asintió, empoderada en su deseo, jalándolo por la camisa. —Sí, pendejo. Llévame y hazme tuya. Pero despacio, que quiero saborearte.

Cruzaron el patio oscuro, el crujir de la grava bajo sus botas, el eco lejano de las risas. Entraron a su habitación, iluminada solo por la luna que se colaba por la ventana. El aire estaba cargado de su aroma: sábanas de algodón fresco, madera de encino y ese sudor varonil que la volvía loca. Martín cerró la puerta y la arrinconó contra la pared, besándola con hambre. Sus labios sabían a sal y tequila, su lengua invadiendo su boca como una conquista dulce.

Las manos de él subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta encontrar sus bragas empapadas. —Estás chorreando, mi amor. Por mí, ¿verdad? Rozó su clítoris con los dedos a través de la tela, y ella jadeó, arqueando la espalda. El roce era eléctrico, su piel erizándose, el corazón latiéndole en las sienes.

Lucía le desabrochó la camisa, lamiendo su pecho sudoroso, saboreando la sal de su piel. Bajó a sus abdominales duros, mordisqueando, hasta arrodillarse y abrirle el cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. —Qué pinga tan chula, Martín. Quiero chupártela toda. La tomó en la boca, succionando lento, sintiendo cómo palpitaba contra su lengua. Él gruñó, enredando los dedos en su pelo, el olor almizclado de su sexo llenándole las fosas nasales.

—Para, reina, o me vengo ya. Quiero cogerte primero. La levantó, quitándole el vestido de un tirón. Sus tetas grandes rebotaron libres, pezones duros como piedras. La tumbó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Besó su cuello, bajando a morderle los pezones, chupándolos con fuerza mientras sus dedos abrían su concha resbaladiza. Dos dedos adentro, curvándose contra su punto G, y ella gritó de placer, las caderas moviéndose solas.

Sus dedos me follan tan bien... Ese Martín de Pasión de Gavilanes sabe cómo volverme loca. Mi clítoris late, mi cuerpo es suyo.

El build-up era insoportable. Lucía lo jaló encima, guiando su verga a su entrada. —Cógeme ya, cabrón. Quiero sentirte hasta el fondo. Él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose, el slap de piel contra piel al empezar a bombear. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, sudor goteando. Sus embestidas se aceleraron, profundas, golpeando su cervix con cada thrust. Ella clavó las uñas en su espalda, oliendo su pelo mojado, sintiendo sus bolas peludas contra su culo.

¡Más fuerte, Martín! ¡Sí, así, me vengo! —gritó ella, su coño contrayéndose en oleadas, chorros de squirt mojando las sábanas. Él no paró, gruñendo como animal, su verga hinchándose.

¡Me corro, Lucía! ¡Toma mi leche! —rugió, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El cuarto olía a orgasmo compartido, a paz carnal.

Después, enredados en las sábanas revueltas, Martín la besó suave en la frente. —Eres increíble, mi pasión. Quédate conmigo en Gavilanes. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho, sintiendo su corazón calmarse al ritmo del suyo.

Este Martín de Pasión de Gavilanes me ha marcado para siempre. Qué chingón fue todo. Quiero más noches así, eternas.

La luna testigo, sus almas entrelazadas, prometiendo más fuegos en las colinas de Gavilanes.

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