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Pasión de Cristo Según San Mateo al Desnudo

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Pasión de Cristo Según San Mateo al Desnudo

Era Viernes Santo en la Ciudad de México, el aire cargado de incienso y murmullos devotos que se colaban por las ventanas entreabiertas de nuestro departamento en la Roma. Mateo y yo, Ana, llevábamos semanas planeando esta noche. No para ayunar ni flagelarnos como los fanáticos de las procesiones, sino para devorarnos mutuamente con una intensidad que rozara lo sagrado. Él, con su piel morena y esa barba recortada que me raspaba deliciosamente, sostenía el viejo libro de la Biblia en sus manos callosas de carpintero.

"Vamos a leer La Pasión de Cristo según San Mateo", me dijo con esa voz grave que me erizaba la piel, como si cada palabra fuera una caricia prohibida. Yo asentí, recostada en el sofá de terciopelo rojo, vestida solo con una camisola de algodón blanco que se pegaba a mis curvas por el calor húmedo de la tarde. El aroma a cempasúchil y velas de parafina flotaba en el aire, mezclado con el sudor ligero que ya perlaba su cuello.

Mateo se sentó a mi lado, sus muslos fuertes rozando los míos. Abrió el libro en el capítulo veintiséis, y comenzó a leer en voz alta. "Cuando se reunieron en el huerto de Getsemaní..." Su aliento cálido me rozaba la oreja, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Neta, güey, ¿cómo algo tan serio podía ponerme tan caliente? Imaginé a Jesús orando en agonía, pero en mi mente, era Mateo suplicando por mi cuerpo.

¡Ay, cabrón, su voz es como miel caliente derramándose por mi espalda!

Las palabras fluían, describiendo el beso de Judas, y sin pensarlo, me incliné hacia él. Mis labios capturaron los suyos en un beso traicionero y dulce, mi lengua explorando su boca con urgencia. Él dejó caer el libro un segundo, sus manos grandes aferrándome la nuca, profundizando el beso hasta que gemí contra su paladar. Saboreé el tequila de su saliva, mezclado con el salado de su piel.

"Sigue leyendo", susurré, jadeante, mientras mis dedos desabotonaban su camisa. El roce de la tela áspera contra sus pezones duros me hizo salivar. Él obedeció, su voz temblorosa ahora: "Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Quieres que vayamos y los hagamos pedazos?" Reí bajito, mis uñas arañando suavemente su pecho velludo, bajando hasta el cinturón.

El ambiente se cargaba de tensión, como el aire antes de una tormenta en Xochimilco. Mateo continuó, pero sus ojos ardían fijos en mí, devorándome. Yo me quité la camisola de un tirón, quedando desnuda ante él, mis senos pesados subiendo y bajando con cada respiración agitada. El fresco de la habitación besó mi piel expuesta, endureciendo mis pezones rosados. Él tragó saliva, visiblemente, y su pantalón abultado gritaba su deseo.

Acto de escalada: Nos mudamos al piso, sobre una manta de lana tejida que olía a tierra y hogar. Mateo me tendió boca abajo, simulando la flagelación, pero en lugar de látigos, sus manos masajearon mi espalda con aceite de coco que habíamos calentado. Cada pasada era un latigazo de placer, sus palmas firmes deshaciendo nudos de tensión acumulada. "Siente esto, mi amor", murmuró, citando el texto: "Y le escupieron en la cara y lo abofetearon." En vez de dolor, su lengua lamió mi nuca, chupando la sal de mi sudor, mientras un dedo atrevido se colaba entre mis nalgas, rozando mi entrada húmeda.

Me volteé, jalándolo sobre mí. Nuestros cuerpos chocaron con un plaf sudoroso, piel contra piel resbaladiza. Olía a nosotros: almizcle de excitación, feromonas crudas como el chile en nogada. Mis manos libélulas bajaron a su verga tiesa, palpitante bajo el bóxer. La saqué, admirándola: gruesa, venosa, coronada de un glande brillante de precúm. "Estás chingón, Mateo", le dije, guiñándola con la mano mientras él gemía ronco.

¡Virgen de Guadalupe, qué ganas de que me parta en dos con esa cosa!

Él se hincó entre mis piernas abiertas, besando mi ombligo, bajando por el monte de Venus depilado. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda. La lengua de Mateo danzó sobre mi clítoris hinchado, lamiendo lento al principio, como saboreando un elote asado. Chupó, succionó, metió dos dedos gruesos en mi coño empapado, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Grité, mis caderas buckeando contra su cara barbuda, el roce erizando mi piel sensible.

"Padre, si es posible, pasa de mí esta copa", recitó entre lamidas, su voz vibrando contra mi carne. Yo reí entre jadeos, jalando su pelo. "No, carnal, dame más copa". La intensidad crecía, mis jugos chorreando por su barbilla, el sonido chapoteante de sus dedos follando mi interior llenando la habitación. Sentí el orgasmo aproximándose como la corona de espinas: punzante, inevitable.

Lo empujé hacia arriba, montándolo como una amazona en tianguis. Su verga se hundió en mí de un solo empellón, estirándome deliciosamente. ¡Órale, qué fullness! Cabalgaba lento al inicio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, el golpe de sus huevos contra mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones hasta el dolor placentero. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Aceleramos, el ritmo frenético como tambores de concheros. "¡Más fuerte, pendejo!", lo azucé, clavando uñas en su espalda. Él embestía desde abajo, gruñendo como toro, citando entre jadeos: "Elí, Elí, ¿lama sabactani?" Pero en mi delirio, era "Ana, Ana, te vengo adentro". El clímax nos golpeó simultáneo: yo convulsionando, mi coño apretándolo en espasmos lecherosos; él explotando, chorros calientes inundándome, desbordando por mis muslos.

Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El olor a sexo crudo impregnaba todo, mezclado con el incienso apagado. Mateo me besó la sien, recogiendo el libro del suelo.

"Nuestra propia Pasión de Cristo según San Mateo", susurró, riendo bajito. Yo asentí, trazando círculos en su pecho húmedo.

En este Viernes Santo, no hubo cruz ni clavos, solo éxtasis puro y consensual, nuestra fe carnal renovada.

Nos quedamos así hasta que el sol se coló rosado por las cortinas, prometiendo un Sábado de Gloria lleno de más rondas. La pasión no había terminado; solo había renacido en carne viva.

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