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La Actriz de Pasión Prohibida

7119 palabras

La Actriz de Pasión Prohibida

En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién molido y a ese perfume caro que usaban las maquillistas. Lucía, la actriz de pasión prohibida como la llamaban los chismes de farándula, caminaba por el set con su vestido rojo ceñido que realzaba sus curvas como un pecado hecho tela. Tenía treinta y dos años, ojos cafés profundos que hipnotizaban las cámaras y una sonrisa que prometía tormentas de placer. Todos la miraban, pero nadie como él: Diego, el director de la telenovela Amor en las Sombras.

Desde el primer día de ensayos, la química entre ellos había sido eléctrica. Lucía sentía su mirada quemándole la piel cada vez que gritaba "¡corte!". Era alto, moreno, con manos fuertes que manejaban la cámara como si fuera una extensión de su cuerpo.

"¿Por qué carajos me mira así? Como si ya me hubiera desnudado en su mente"
, pensaba ella mientras repetía sus líneas, el corazón latiéndole a mil por hora.

La escena del día era intensa: un beso robado en un balcón bajo la luna falsa de los reflectores. Lucía se acercó a su galán de ocasión, pero sus ojos se desviaban hacia Diego detrás de la cámara. "¡Acción!", ordenó él con voz grave que le erizaba la piel. Sus labios tocaron los del actor, pero en su mente era Diego quien la besaba, Diego cuyas manos la apretaban contra la barandilla.

Al final del take, Diego se acercó. "Lucía, quédate un rato. Necesito repasar unas tomas contigo". El set se vació, dejando solo el zumbido de las luces y el eco de sus pasos. Ella se sentó en una silla de director, cruzando las piernas, sintiendo el roce de la tela en sus muslos. Él se paró cerca, demasiado cerca, oliendo a colonia masculina y sudor fresco de tanto gritar órdenes.

"Eres increíble, neta", murmuró Diego, su aliento cálido rozándole la oreja. "Pero ese beso... falta pasión. Falta verdad". Lucía levantó la vista, sus pechos subiendo y bajando con la respiración acelerada.

"¿Verdad? ¿Quiere que le dé verdad, pinche director presumido?"
. Sin pensarlo, se puso de pie y lo enfrentó. "Muéstrame entonces cómo se hace".

El beso fue como un trueno. Sus labios se estrellaron con hambre contenida, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Diego la empujó contra la pared del set, sus manos grandes explorando su cintura, subiendo hasta apretar sus senos por encima del vestido. Lucía gimió, el sonido ahogado por su boca, sintiendo el bulto duro de su erección presionando contra su vientre. Olía a deseo puro, a ese almizcle que hace que las piernas flaqueen.

"Esto está prohibido, ¿sabes?", jadeó él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. "Directores no se acuestan con actrices". Ella rio bajito, una risa ronca y mexicana. "Pues yo soy la actriz de pasión prohibida, wey. ¿Qué esperabas?". Sus uñas arañaron su espalda por encima de la camisa, tirando de la tela para sentir su piel caliente.

Se separaron solo para jadear, mirándose con ojos en llamas. El conflicto ardía en el pecho de Lucía: el contrato, los rumores, su carrera en ascenso. Pero el deseo era más fuerte, como un tequila reposado que quema dulce. "Vámonos de aquí", susurró ella, tomando su mano.

En el camerino de Lucía, el espejo reflejaba sus siluetas entrelazadas. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, sentándola en el tocador lleno de cremas y labiales. El aire se llenó del aroma a vainilla de su perfume mezclado con el de él, terroso y varonil. Ella abrió las piernas, invitándolo, y él se arrodilló como un devoto.

Sus manos subieron por sus muslos, empujando el vestido hasta la cadera, revelando encaje negro que apenas cubría su sexo húmedo. "Estás chorreando, mi reina", gruñó Diego, su aliento caliente sobre su clítoris. Lucía arqueó la espalda,

"¡Dios, qué lengua tan cabrona tiene este pendejo!"
, mientras él lamía despacio, saboreándola como un mango maduro. El sabor salado de su excitación lo volvía loco; chupaba, succionaba, metiendo la lengua profunda mientras sus dedos abrían sus labios rosados. Ella gemía alto, sin importarle si alguien oía, las luces del camerino parpadeando como estrellas.

El placer subía en oleadas, sus caderas moviéndose contra su boca, el sonido húmedo de lengüetazos llenando la habitación. "¡No pares, cabrón! ¡Así!", gritaba ella, tirando de su cabello negro. Diego obedecía, un dedo, dos, curvándose dentro de ella, rozando ese punto que la hacía ver chispas. El orgasmo la golpeó como un camión, su cuerpo temblando, jugos chorreando por sus muslos mientras gritaba su nombre.

Pero no era suficiente. Lucía lo jaló arriba, besándolo con furia, probando su propio sabor en su lengua. Le desabrochó el pantalón con manos temblorosas, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. "Métemela ya", ordenó ella, guiándolo a su entrada resbaladiza. Diego empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla apretarlo como un guante caliente y mojado.

Se movían al unísono, él embistiendo profundo, ella clavándole las uñas en los hombros. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con jadeos y "¡más duro, pinche Diego!". Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Lucía lo montó luego, cabalgándolo en el sillón del camerino, sus tetas rebotando libres del vestido bajado. Él las chupaba, mordía los pezones duros como caramelos, mientras ella giraba las caderas, sintiendo cada vena de su polla frotando sus paredes internas.

La tensión crecía, sus respiraciones sincronizadas en un ritmo frenético.

"Esto es lo que necesitaba, esta pasión que me quema por dentro"
, pensaba Lucía, perdida en el éxtasis. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas frente al espejo para que viera su rostro de placer desatado. "Mírate, actriz de pasión prohibida", le dijo, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris frotando rápido. El espejo vibraba con cada golpe, sus gemidos convirtiéndose en gritos.

El clímax los alcanzó juntos. Él se corrió primero, llenándola de semen caliente que goteaba por sus piernas, gruñendo como animal. Ella lo siguió, el orgasmo partiéndola en dos, piernas temblando, visión borrosa. Colapsaron en el piso, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Después, en la quietud, Diego la abrazó, besando su frente. "Esto no fue un error, ¿verdad?". Lucía sonrió, trazando círculos en su pecho. "Neta que no, mi amor. Esto apenas empieza". El aroma a sexo persistía, pero ahora mezclado con ternura. Afuera, la ciudad de México rugía con sus cláxones y luces, pero adentro, habían encontrado su propio mundo prohibido, consensual y ardiente.

Lucía se durmió en sus brazos, soñando con más escenas, más pasiones. Mañana grabarían de nuevo, pero ahora cada mirada, cada orden de "acción", sabría a ellos dos. La actriz de pasión prohibida había encontrado su guion perfecto.

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