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El Autor del Diario de una Pasion Ardiente

7057 palabras

El Autor del Diario de una Pasion Ardiente

Todo empezó en esa librería chiquita de la Roma, con el olor a papel viejo y café recién molido flotando en el aire. Yo, el autor del Diario de una Pasion, firmaba ejemplares bajo la luz tenue de las lámparas de lectura. La gente pasaba, algunos curiosos, otros fans empedernidos que me decían neta lo que les había removido el alma con mis palabras. Pero entonces llegaste tú, morra de ojos cafés intensos y labios carnosos que pintabas de rojo pasión. Vestías un vestido negro ajustado que marcaba tus curvas como si fueran versos prohibidos.

—Órale, qué gusto conocerte en persona —dijiste con esa voz ronca que me erizó la piel—. Tu libro me tuvo despierta noches enteras, imaginando cada caricia que describes.

Me quedé mirándote, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba. Tu perfume, una mezcla de jazmín y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales. Te firmé el libro con dedicación: Para la musa que enciende mis páginas. Nuestras manos se rozaron un segundo, y fue como electricidad pura, un chispazo que me puso la verga tiesa debajo de la mesa.

Salimos juntos a la calle, el bullicio de la Ciudad de México nos envolvía con cláxones y risas lejanas. Caminamos por Insurgentes, platicando de todo y nada. Tú eras Ana, diseñadora gráfica, con un carnal que pintaba y una vida llena de colores vibrantes. Yo te conté de mis noches en vela escribiendo, de cómo el autor del Diario de una Pasion era solo un tipo normal con demonios internos que soltaba en papel.

La tensión crecía con cada paso. Tus caderas se mecían, y yo no podía dejar de imaginarte desnuda, tu piel morena brillando bajo la luna. Llegamos a un barcito con mesas de madera y velitas, pedimos tequilas reposados. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, calentándome el pecho.

—Neta, tu libro me mojó las bragas —confesaste riendo bajito, tus mejillas sonrojadas—. ¿Cómo le haces para escribir tan cabrón?

Me acerqué, mi aliento rozando tu oreja. Pienso en mujeres como tú, le dije. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, y el calor de tu piel me quemaba a través de la tela.

Hoy conocí a Ana. Sus ojos prometen tormentas. Si esto es el comienzo de otra pasión, la escribiré toda. Mi pluma tiembla ya.

Acto segundo, la cosa se puso intensa. Te invité a mi depa en la Condesa, un lugar modesto pero chulo, con libros por todos lados y una cama king size que había visto sus buenas noches locas. Subimos en el elevador, el silencio cargado de promesas. Apenas cerré la puerta, tus labios se estrellaron contra los míos. Sabías a tequila y miel, tu lengua danzando con la mía en un beso húmedo y desesperado.

Te arrinconé contra la pared, mis manos explorando tu cuerpo. Desabroché tu vestido despacio, dejando que cayera al suelo como una cascada negra. Quedaste en lencería roja, tetas firmes asomando por el encaje, pezones duros pidiendo atención. Te olía a mujer excitada, ese aroma almizclado que me volvía loco.

Qué rico hueles, cabrón —gemiste mientras me quitabas la camisa, tus uñas arañando mi pecho. Sentí tu calor contra mi erección, frotándote sutil contra mí. Te cargué hasta la cama, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel sudada.

Mezclamos besos con mordidas suaves, lamiendo cuellos, succionando pezones. Tus gemidos eran música, ahogados y roncos, como si el mundo se redujera a nosotros. Bajé por tu vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a tus muslos. Los abrí con ternura, inhalando tu esencia íntima, dulce y salada. Mi lengua rozó tu clítoris, y arqueaste la espalda, gritando mi nombre.

¡No pares, pendejo! ¡Así, chúpame rico! —suplicaste, tus manos enredadas en mi pelo, jalando fuerte.

Te comí con hambre, saboreando tus jugos que chorreaban como néctar. Tus caderas se movían al ritmo de mi boca, temblando al borde del abismo. Sentía tu pulso acelerado en mis labios, el sudor perlando tu piel. Te corríste fuerte, piernas temblorosas, un chorro caliente mojando mi barbilla. Qué chingón verte explotar, pensé, mi verga palpitando de necesidad.

Pero no era solo físico. Entre jadeos, platicamos. Me contaste de tu ex que no te entendía, de cómo mi libro te hizo sentir deseada de nuevo. Yo confesé que escribir Diario de una Pasion fue catarsis de una relación pasada, pero tú eras real, tangible, con carne y hueso que ardía bajo mis dedos. Ese lazo emocional nos unía más, haciendo cada toque eléctrico.

Te puse de rodillas, tu boca envolviéndome. Sentí el calor húmedo de tus labios, tu lengua girando alrededor de mi glande hinchado. Chupaste como diosa, mirándome con ojos lujuriosos, saliva escurriendo por tu barbilla. Me traes de rodillas, Ana, gemí, luchando por no correrme aún.

Su boca es fuego. Ana no es ficción. Esta pasión late en mis venas, real y voraz. Mañana escribiré más, pero esta noche, la vivo.

El clímax llegó como tormenta. Te tumbé boca arriba, abrí tus piernas y me hundí en ti de un solo empujón. Estabas tan mojada, tan apretada, que gruñí de placer. Tu coño me apretaba como guante caliente, paredes pulsantes masajeándome. Embestí lento al principio, sintiendo cada vena rozar tu interior, nuestros pubes chocando con sonidos húmedos.

¡Más duro, autor! ¡Cógeme como en tu pinche diario! —exigiste, uñas clavadas en mi espalda.

Aceleré, la cama crujiendo bajo nosotros, sudor goteando de mi frente a tus tetas. Olía a sexo puro, a pieles fundidas, a deseo desatado. Tus gemidos subían de tono, mezclados con mis gruñidos roncos. Cambiamos posiciones: tú encima, cabalgándome como amazona, tetas rebotando, pelo revuelto. Agarré tus nalgas, guiando el ritmo, sintiendo cómo me ordeñabas.

El orgasmo nos golpeó juntos. Tú primero, convulsionando, gritando ¡Sí, cabrón, me vengo!, tu coño contrayéndose en espasmos que me ordeñaron. Yo exploté dentro, chorros calientes llenándote, el placer cegador, venas latiendo al unísono. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones martilleando.

En el afterglow, te acurrucaste en mi pecho, tu aliento cálido en mi cuello. Besé tu frente, oliendo tu cabello a shampoo de coco. No hubo prisas, solo paz. Hablamos bajito de sueños, de volver a vernos, de cómo esta noche inspiraría nuevas páginas.

Fin del día. Ana duerme a mi lado, su respiración suave como brisa. Soy el autor del Diario de una Pasion, pero esta vez, la historia continúa. No acaba aquí. La pasión arde eterna.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, te desperté con besos suaves. Preparamos café en la cocina, riendo de la noche loca, cuerpos aún marcados por mordidas y araños. Sabía que esto era solo el principio, una pasión que escribiría con tinta invisible en mi alma. Tú, mi musa viva, convertida en realidad lo que antes era solo palabras.

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