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El Gym Es Mi Pasión Meme Desnudo

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El Gym Es Mi Pasión Meme Desnudo

Entré al gym como cada mañana, con el sol de la Ciudad de México colándose por las ventanas enormes. El gym es mi pasión, siempre lo he dicho, y mis fotos en Instagram con esa frase se volvieron un meme viral. La gente me reconocía por eso: la chava fit que posa con pesas y leggings ajustados, caption "El gym es mi pasión meme". Me hacía reír, pero también me ponía caliente saber que tantos ojos me devoraban.

El aire estaba cargado de ese olor inconfundible: sudor fresco, metal caliente de las máquinas y un toque de desinfectante. Mis tenis rechinaban contra el piso de goma mientras me dirigía a las pesas libres. Llevaba mi top deportivo negro que dejaba ver mi abdomen marcado, fruto de meses de deadlifts y burpees. Sentía el pulso acelerado, no solo por el cardio que acababa de hacer, sino por la adrenalina de siempre.

¿Por qué carajos me pongo tan Cachonda aquí? Es el ambiente, güey. Todos estos cuerpos sudados, músculos tensos... Me imagino manos fuertes agarrándome la cintura.

Estaba ajustando la barra para sentadillas cuando lo vi. Alto, moreno, con una camiseta gris empapada que marcaba cada abdominal como si fuera esculpido en mármol. Sus brazos venosos brillaban bajo la luz fluorescente. Se acercó con una sonrisa pícara, cargando un par de mancuernas.

"Órale, ¿tú eres la del meme? El gym es mi pasión, ¿verdad? Te vi en TikTok, estás cañona."

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Se llamaba Alex, carnal de un amigo del gym. Hablamos mientras calentábamos: él era entrenador personal, 28 años, de aquí de la CDMX, y le valía madre el meme, pero le latía mi vibe. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo le devolvía la mirada, notando cómo su short deportivo se tensaba en la entrepierna.

Empezamos a entrenar juntos. Él me spotteaba en las sentadillas, sus manos grandes rozando mis caderas para guiarme. Cada vez que bajaba, sentía su aliento cálido en mi nuca, oliendo a menta y esfuerzo. Qué rico, pensé, mientras mis muslos ardían no solo por el peso.

"Baja más profundo, nena. Así, échale ganas", murmuraba, su voz grave retumbando en mis oídos como un gemido disfrazado.

El sudor me chorreaba entre los senos, haciendo que mi top se pegara como segunda piel. Él se quitó la camiseta, revelando un torso perfecto, vello oscuro bajando hasta su ombligo. Olía a hombre puro: salado, masculino, con ese aroma que te hace morderte el labio.

Acto uno cerrado. La tensión crecía con cada repetición. Terminamos el circuito en las máquinas de cardio, corriendo lado a lado en las caminadoras. Nuestros jadeos se sincronizaban, miradas robadas, roces accidentales de codos. "Vamos por un smoothie después", propuso él, y yo asentí, el corazón latiéndome en la garganta.

En el jugo bar del gym, nos sentamos cerca, piernas tocándose bajo la mesita. Hablamos de todo: de cómo el meme me abrió puertas, de sus clientes locos, de lo que nos prendía del gym. "A mí me prende verte sudar", confesó, su mano rozando mi rodilla. Sentí un calor líquido entre las piernas, mi clítoris palpitando contra el lycra.

¡La chingada! Este pendejo me tiene mojadísima. Quiero sentirlo ya, duro contra mí.

La charla se volvió coqueta. "Tu meme dice pasión por el gym, pero yo creo que hay más", dijo, inclinándose. Le conté de mis fantasías: follar después de entrenar, cuerpos calientes chocando. Él sonrió, ojos brillantes. "Prueba conmigo".

Salimos juntos, el sol del mediodía quemando la banqueta. Su depa estaba a dos cuadras, en una colonia chida de Polanco. En el elevador, ya no aguantamos: me acorraló contra la pared, besándome con hambre. Sus labios gruesos sabían a proteína shake y deseo, lengua invadiendo mi boca mientras sus manos amasaban mis nalgas.

"Estás deliciosa, sudada y todo", gruñó, mordiéndome el cuello. Olía a él por todos lados, embriagador.

Entramos a su penthouse minimalista, con vistas al skyline. Directo al sillón, me quitó el top de un jalón, chupando mis pezones duros como piedras. Gemí alto, arqueándome. Sus dedos bajaron mi legging, encontrándome empapada. "Mira nomás qué panecito mojado", rio juguetón, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde dolía rico.

Yo no me quedé atrás. Le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La agarré, sintiendo su calor pulsante, el prepucio suave deslizándose. "Qué mamalona", suspiré, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeaba, manos en mi pelo: "Chúpala, sí, así, cabrona deliciosa".

La intensidad subía. Me puso a cuatro patas en el piso alfombrado, aún oliendo a gym en nuestra piel. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! grité, el placer doliendo rico. Sus caderas chocaban contra mi culo, plaf plaf, sudor goteando, mezclándose. Cada embestida mandaba ondas de éxtasis por mi espina, pechos rebotando, clítoris frotándose contra su saco.

"Más duro, Alex, rómpeme", rogaba yo, perdida en el ritmo. Él obedecía, gruñendo como bestia: "Eres mi meme favorito, puta gym passion". Volteamos, yo encima, cabalgándolo salvaje. Sentía cada vena de su pito estirándome, mis jugos chorreando por sus bolas. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas.

El clímax nos alcanzó juntos. Yo primero, convulsionando, chillando mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos. Él se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, gritando mi nombre. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, el aire denso de sexo y risas.

Después, en la regadera, nos lavamos mutuamente, besos lentos bajo el agua tibia. Jabón resbalando por curvas, dedos juguetones. "Esto fue chingón", dijo él, secándome el pelo. Yo sonreí, sintiendo un glow post-orgasmo, músculos relajados pero satisfechos.

El gym es mi pasión, pero ahora Alex es mi adicción. ¿Repetimos mañana?

Salí de ahí con piernas temblorosas, el sol poniente tiñendo la ciudad de naranja. Mi teléfono vibraba: notificaciones del meme, pero ahora con un secreto ardiente. El gym nunca había sido tan jodidamente placentero.

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