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Pasión de Gavilanes Capítulo 31 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 31 Fuego en las Venas

Jimena se recostó en el sofá de cuero suave de la hacienda, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que su esposo había mandado plantar alrededor del patio. La noche mexicana envolvía todo en un manto cálido, con el canto lejano de los grillos y el susurro del viento entre las palmeras. Frente a ella, la televisión brillaba con las luces dramáticas de Pasión de Gavilanes capítulo 31, esa escena donde los hermanos Reyes confrontaban sus deseos más oscuros con las Elizondo. Juan, su amante secreto, estaba a su lado, su muslo rozando el de ella de manera casual, pero cargada de electricidad.

Jimena sintió un cosquilleo subir por su piel morena, el corazón latiéndole fuerte como tambor ranchero. Hacía meses que esta pasión ardía entre ellos, desde que Juan llegó a la hacienda como capataz, con esos ojos negros que prometían tormentas. Su marido, el patrón ausente en la ciudad, no sospechaba nada.

¿Por qué me hace esto este wey? Cada vez que lo miro, siento que me derrito como manteca en comal.
pensó ella, mordiéndose el labio mientras en la pantalla Sarita y Franco se miraban con hambre contenida.

—Mira nomás, Jimena —murmuró Juan con voz ronca, su aliento cálido rozándole la oreja—. Esa pasión de Gavilanes capítulo 31 nos está poniendo calientes, ¿verdad, mamacita?

Ella giró la cabeza, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa pícara. —Neta, Juan. Esos Reyes me recuerdan a ti, todo macho y sin control.

La tensión inicial era como un tequila reposado, suave al principio pero quemando por dentro. Juan deslizó su mano grande y callosa por el muslo de Jimena, bajo la falda ligera de algodón que olía a jazmín fresco. Ella no se apartó; al contrario, abrió un poco las piernas, invitándolo con el lenguaje del cuerpo que solo ellos entendían. El sonido de la telenovela —gemidos ahogados, música de violines intensos— se mezclaba con sus respiraciones aceleradas.

En el segundo acto de su propia historia, la escalada fue gradual, como el ascenso a una pirámide maya bajo la luna llena. Juan apagó la tele con un clic remoto, dejando la habitación iluminada solo por las velas que parpadeaban en la mesita, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Se volteó hacia ella, sus dedos trazando la curva de su cuello, bajando hasta el escote de su blusa holgada.

—Te quiero, Jimena. Desde el primer día que te vi montando a esa yegua, con el sol besando tu piel. Eres mi reina azteca.

Ella jadeó cuando él desabrochó un botón, exponiendo la piel suave y el encaje negro de su sostén. Qué chingón se siente su toque, pensó, mientras sus uñas se clavaban en los brazos musculosos de él, marcados por el sol del campo. El olor a tierra húmeda y sudor masculino la invadió, mezclado con su colonia barata pero embriagadora, como mezcal ahumado.

Se besaron con furia contenida al inicio, labios chocando suaves luego voraces, lenguas danzando como en una cueca brava. Jimena saboreó la sal de su boca, el dulzor de la fruta que habían comido antes. Juan la levantó en brazos, sus manos firmes en sus nalgas redondas, y la llevó al cuarto contiguo, donde la cama king size con sábanas de satín esperaba. La depositó con gentileza, pero sus ojos ardían como chiles habaneros.

—Desnúdate para mí, preciosa —le pidió, quitándose la camisa con un movimiento fluido, revelando el pecho velludo y los abdominales que ella adoraba lamer.

Jimena se incorporó, dejando caer la blusa al piso con un susurro sedoso. Sus pechos, plenos y firmes, se liberaron cuando soltó el sostén. Juan gruñó de aprobación, acercándose para morderle un pezón con delicadeza, succionando hasta que ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta: —¡Ay, Juan, no pares, cabrón!

La intensidad crecía, psicológica y física. Ella lo empujó al colchón, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Sus manos exploraron la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura como palo de escoba, palpitante y caliente.

Es tan grande, me llena como nadie. Mi marido es un pendejo comparado con esto.
El pensamiento la excitó más, mientras lo acariciaba con dedos expertos, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma. El precum salado mojó su mano, y ella lo lamió provocativamente, mirándolo a los ojos.

Juan la volteó con facilidad, posicionándola de rodillas. Sus dedos se hundieron en sus caderas, bajando la tanga empapada. El aroma almizclado de su excitación llenó el aire, y él inhaló profundo antes de enterrar la cara entre sus muslos. Su lengua ávida lamió su clítoris hinchado, chupando con maestría, mientras dos dedos gruesos entraban y salían de su coño húmedo, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar.

—¡Sí, ahí, wey! ¡Chíngame con la boca! —gimió Jimena, sus caderas moviéndose al ritmo, el sudor perlando su frente, el sabor de su propia piel salada cuando se mordió el brazo.

Los sonidos eran sinfonía erótica: lamidas húmedas, jadeos roncos, el crujir de la cama de madera tallada. El calor de sus cuerpos se fundía, piel contra piel resbaladiza. Juan se incorporó, frotando su polla contra su entrada, pidiendo permiso con la mirada. Ella asintió, ansiosa: —Métemela ya, amor. Quiero sentirte todo.

Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Jimena sintió cada vena, cada pulso, el llenado completo que la hacía sentir mujer total. Empezaron un vaivén lento, building tension, sus pechos rebotando, manos entrelazadas. Luego aceleraron, embestidas profundas que golpeaban su cervix con placer punzante. Esto es pasión de verdad, no como en la tele, pensó ella en medio del frenesí.

La psicología bullía: recuerdos de miradas robadas en el establo, besos a escondidas tras el muro de buganvilias, el conflicto de su matrimonio vacío versus esta conexión visceral. Juan le susurraba al oído: —Eres mía, Jimena. Nadie te folla como yo, ¿verdad?

—Nadie, mi rey. Solo tú me haces volar.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando con furia, uñas arañando su pecho, el olor a sexo denso en el cuarto. Juan la sostenía por la cintura, embistiendo hacia arriba, sus bolas golpeando su culo. Ella sintió la ola crecer desde el estómago, explotando en espasmos que la dejaron temblando, gritando su nombre mientras chorros de placer la mojaban más.

Juan la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con su leche caliente, pulsos interminables que ella sentía en lo más hondo. Colapsaron juntos, sudorosos, entrelazados, el afterglow envolviéndolos como niebla matutina.

En el final, yacían en silencio, el pecho de él subiendo y bajando bajo su mejilla. Jimena trazaba círculos en su piel, oliendo su mezcla: semen, sudor, ella.

Pasión de Gavilanes capítulo 31 fue solo el pretexto. Esto es nuestro capítulo eterno.
Juan la besó la frente, suave ahora.

—Te amo, Jimena. Mañana seguimos, ¿sale?

—Sale, mi chulo. Pero con más fuego.

La hacienda dormía, pero su pasión ardía eterna, un secreto dulce en la noche mexicana.

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