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Pasión Prohibida Capítulo 44

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Pasión Prohibida Capítulo 44

El sol de la tarde en Polanco caía como una caricia caliente sobre las calles empedradas, mientras Ana caminaba con el corazón latiéndole a mil por hora. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a su piel morena como una segunda piel, y cada paso hacía que sus caderas se balancearan con esa gracia natural que volvía locos a los weyes de la colonia. Hacía semanas que no veía a Diego, pero hoy era el día. Pasión Prohibida, Capítulo 44, pensó, recordando el nombre que le había puesto a sus encuentros en su diario secreto, como si fuera una novela de esas que ve en la tele, llena de drama y fuego en las venas.

Entró al hotel boutique en la esquina de Masaryk, un lugar chido con aroma a jazmín y madera pulida que le hacía cosquillas en la nariz. El recepcionista la miró con una sonrisa pícara, como si supiera que no era la primera vez. Subió al elevador, sintiendo el zumbido del motor en su pecho, y cuando las puertas se abrieron en el piso quince, ahí estaba él. Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho tatuado con un águila que le recordaba sus raíces jaliscienses. Alto, moreno, con ojos negros que prometían pecados deliciosos.

—Órale, morra, ¿qué traes puesto? Me vas a matar antes de que empecemos —dijo él, su voz ronca como tequila reposado, acercándose para rozar su mejilla con los labios.

Ana sintió el calor de su aliento en la oreja, un escalofrío que le recorrió la espina dorsal hasta llegarle al centro de su ser. Lo empujó juguetona contra la pared del pasillo, cerrando la puerta de la suite con el pie.

—Eres un pendejo por hacerme esperar tanto, carnal. ¿Sabes lo que me costó escabullirme de la oficina? Tu hermano casi me pilla revisando los correos —susurró ella, mientras sus dedos se enredaban en el cabello de su nuca.

Era la tensión prohibida lo que los unía: Diego era el hermano menor del jefe de Ana, dueños de una cadena de restaurantes en la Roma. Una mirada en una junta familiar, un roce accidental en la cocina durante una fiesta, y boom, la chispa se encendió. Neta que no planeaban nada, pero el deseo era más fuerte que cualquier pinche código moral. Eran adultos, consentían cada caricia, cada suspiro, y eso los hacía sentir invencibles.

La habitación era un nido de lujo: sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas a vainilla que llenaban el aire con dulzor pecaminoso, y una botella de mezcal artesanal esperándolos en la mesita. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, sus manos firmes en sus muslos desnudos bajo el vestido. La depositó en la cama king size, y Ana jadeó al sentir el colchón hundirse bajo su peso compartido.

Empezaron lento, como siempre. Besos que sabían a menta y a la salsa picante que habían comido en el lunch. Sus lenguas danzaban, explorando, mientras las manos de él subían por sus piernas, rozando la piel suave con las yemas ásperas de sus dedos de cocinero. Ana arqueó la espalda, oliendo su colonia cítrica mezclada con el sudor fresco que empezaba a perlar su frente.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su toque me hace olvidar todo: el estrés del trabajo, las miradas curiosas de las amigas, hasta mi propio nombre, pensó ella, mientras le quitaba la camisa, revelando esos abdominales marcados por horas en el gym y en la cocina manejando ollas pesadas.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Diego besó su cuello, mordisqueando suave esa zona sensible que la hacía gemir bajito. —Te quiero tanto, Ana. Eres mi vicio, mi pinche adicción —murmuró contra su piel, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a su entrepierna.

Ella respondió desabrochándole el cinturón, sintiendo la dureza de su erección presionando contra la tela de sus jeans. Lo liberó con impaciencia, envolviéndolo con la mano, acariciando esa piel aterciopelada sobre acero. Diego gruñó, un sonido animal que vibró en el pecho de ella, y le subió el vestido hasta la cintura, exponiendo sus bragas de encaje negro empapadas de anticipación.

—Mírate, tan mojada por mí. Qué chingón saber que solo yo te pongo así —dijo él, deslizando un dedo por el borde de la tela, rozando su clítoris hinchado. Ana se mordió el labio, el sabor metálico de su propia sangre mezclándose con el dulzor de su boca. El roce era eléctrico, un fuego lento que la hacía retorcerse, sus uñas clavándose en sus hombros anchos.

Pero no era solo físico. En su mente bullían los pensamientos: ¿Y si nos descubren? ¿Y si tu hermano se entera? Pero al diablo, esto es nuestro, prohibido pero nuestro. Diego lo sentía, la leía como un libro abierto. Se detuvo para mirarla a los ojos, esos pozos de chocolate derretido.

—¿Estás segura, mi reina? No quiero que te arrepientas después.

—Más segura que nunca, wey. Tómalo todo —respondió ella, guiando su mano de vuelta.

La escalada fue imparable. Él le quitó las bragas con los dientes, un gesto juguetón que la hizo reír entre jadeos. Su lengua exploró cada pliegue, lamiendo con devoción, saboreando su esencia salada y dulce como mango maduro. Ana gritó su nombre, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas, mientras sus caderas se mecían al ritmo de su boca experta. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, mezclado con el jazmín y el mezcal.

Diego se posicionó sobre ella, su cuerpo cubriéndola como una manta caliente. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ana sintió cada vena, cada pulso, el estiramiento delicioso que la hacía sentir viva. —¡Ay, cabrón, qué grande estás! —gimió, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, clavando los talones en su espalda.

Se movieron en sincronía, un baile ancestral. Sus pechos rebotaban con cada embestida, los pezones duros rozando el vello de su pecho. El slap-slap de piel contra piel era la banda sonora, punteada por gemidos y palabras sucias en mexicano puro: —Más duro, pendejo, dame todo lo que tienes. —El sudor los unía, resbaladizo y salado, goteando entre sus cuerpos entrelazados.

La intensidad psicológica subía: recuerdos de miradas robadas en la oficina, mensajes codificados en WhatsApp, la adrenalina del riesgo. Ana clavó las uñas en su culo firme, urgiéndolo más profundo. Diego aceleró, su respiración entrecortada como un mariachi desafinado, hasta que el clímax los alcanzó como una ola en Acapulco.

Ella llegó primero, un estallido de estrellas detrás de los párpados cerrados, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. —¡Me vengo, Diego, no pares! —gritó, el placer tan intenso que lágrimas calientes rodaron por sus mejillas.

Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre como una oración, derramándose dentro de ella en chorros calientes que prolongaron su éxtasis. Colapsaron juntos, un enredo de extremidades sudorosas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, yacían envueltos en las sábanas revueltas, el aire pesado con el aroma de sus fluidos mezclados. Diego le acariciaba el cabello húmedo, besando su frente perlada de sudor.

—Neta que esto no puede acabar, Ana. Eres lo mejor que me ha pasado.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. Pasión Prohibida, Capítulo 44. ¿Habrá un 45? Pinche vicio, pensó, mientras el sol se ponía tiñendo la habitación de naranja. Sabía los riesgos, pero en ese momento, con su calor envolviéndola, valía cada latido prohibido. Se acurrucó contra él, saboreando la paz post-orgásmica, lista para lo que viniera después en su telenovela personal.

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