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Espiritualidad Pasionista Desnuda

6639 palabras

Espiritualidad Pasionista Desnuda

Ana llegó al retiro en las sierras de Puebla, con el sol quemando la piel como un beso divino. El aire olía a pino fresco y tierra húmeda, y el canto de los grillos prometía noches de revelaciones. Buscaba algo más que palabras: la espiritualidad pasionista, esa unión del sufrimiento y el éxtasis que los frailes predicaban con ojos brillantes. Neta, estaba harta de la ciudad, de los cubículos y las rutinas que la dejaban vacía por dentro. Quería sentir el fuego del alma, el que arde sin quemar.

En la primera sesión, bajo un cielo estrellado, con velas parpadeando como corazones latiendo, conoció a Javier. Alto, moreno, con una barba que invitaba a rozarla con los labios. Era el facilitador, un carnal que había estudiado en seminarios pero había elegido el mundo para vivir su fe a su modo. Qué chingón, pensé, mientras sus ojos me recorrían como si ya supiera mis secretos. Hablaba de la Pasión de Cristo no como martirio, sino como entrega total, pasión que trasciende el cuerpo para tocar lo eterno.

—La espiritualidad pasionista no es solo rezar, hermanita —dijo con voz grave, como un ronroneo—. Es sufrir el deseo hasta que explote en gozo puro.

Ana sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía por sus muslos.

¿Y si este wey es el camino? ¿Y si su mirada es la cruz que cargo?
Esa noche, en su cabaña de madera que crujía con el viento, se tocó pensando en él. Sus dedos resbalaban húmedos, imaginando su aliento en el cuello, su lengua trazando cruces en su piel. Pero se detuvo. No era solo lujuria; era algo sagrado bullendo.

Al día siguiente, durante la caminata al río, el sol filtrándose entre las hojas como rayos de gracia, Javier se acercó. Sus manos rozaron al ayudarla a cruzar una piedra resbalosa. El contacto fue eléctrico: piel contra piel, sudor mezclándose con el aroma a tierra mojada y su colonia de sándalo. Puta madre, qué rico se siente esto, pensó ella, el pulso acelerado como tambores chamánicos.

—Sientes la pasión del universo en cada toque, ¿verdad? —murmuró él, su aliento cálido en su oreja.

Ana asintió, la garganta seca. Hablaron de sus vidas: él, un exseminarista que dejó el hábito porque la espiritualidad pasionista le pedía carne y sangre, no solo oración. Ella, una profesionista exitosa que soñaba con romper las cadenas de lo correcto. El río rugía a sus pies, fresco y tentador, y sin pensarlo, se metieron al agua. Las ropas se pegaban transparentes, revelando curvas y músculos. Javier la miró con hambre santa.

—Déjame mostrarte cómo se vive la pasión de verdad —dijo, y ella, con el corazón en la garganta, susurró:

—Sí, carnal. Enséñame.

La tensión creció como tormenta en el horizonte. Esa tarde, en la capilla improvisada, solos después de la meditación grupal, Javier la invitó a una práctica privada. El incienso llenaba el aire con humo dulce, como el olor de sus sexos excitados. Se sentaron frente a frente, piernas cruzadas, respirando en sincronía. Sus rodillas se tocaban, y Ana sentía el calor de él irradiando.

—Cierra los ojos. Siente la Pasión: el dolor del anhelo, el placer de la entrega —guió él, su voz un hilo de terciopelo.

Las manos de Javier subieron por sus brazos, lentas, trazando venas como ríos de fuego. Ana jadeó, el pezón endureciéndose bajo la blusa suelta. No mames, esto es más que yoga tántrico; es Dios follando con mi alma. Él la besó entonces, labios suaves al principio, probando como vino bendito. Sabor a menta y deseo, lenguas danzando en un ritual antiguo.

Se tumbaron en las esteras, el piso de adobe fresco contra su espalda ardiente. Javier desabotonó su blusa con dedos temblorosos de reverencia, exponiendo sus senos plenos. Los lamió despacio, círculos húmedos alrededor de los pezones, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo bajito. Qué chido, qué pinche delicioso. Sus manos bajaron, desatando el pantalón de ella, dedos hurgando en la humedad de su panocha, resbaladiza como miel sagrada.

—Estás empapada, mi reina —gruñó él, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

Ana lo empujó suave, queriendo devolver el favor. Le bajó el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con vida propia. Olía a hombre puro, a sudor y excitación. La tomó en la boca, saboreando la sal de la punta, chupando con hambre devota. Javier gemía, las manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose en ritmo lento.

¡Ay, wey, no pares! —suplicó ella cuando él la volteó, poniéndola a cuatro patas.

El build-up fue agonizante: él rozando su entrada con la cabeza hinchada, entrando centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sentía cada vena, cada pulso, el roce contra sus paredes internas. El aire se llenó de slap-slap de carne contra carne, jadeos entremezclados con oraciones susurradas. Sudor goteando, mezclándose, el olor almizclado de sus cuerpos en éxtasis. Javier la embestía profundo, una mano en su clítoris frotando en círculos, la otra pellizcando un pezón.

Internamente, Ana luchaba y se rendía:

Esto es la verdadera espiritualidad pasionista: el sufrimiento de esperar el clímax, el gozo de explotar juntos. No es pecado; es salvación.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándolo como una diosa montada en su toro sagrado. Sus senos rebotaban, él los amasaba, chupándolos mientras ella giraba las caderas, moliendo su pubis contra el de él. El placer subía en olas, tensión en el bajo vientre, músculos contrayéndose. Gritó primero, el orgasmo rompiéndola en mil pedazos luminosos, chorros calientes empapando su unión. Javier la siguió, gruñendo como animal en trance, llenándola con su leche caliente, pulsos interminables.

Se derrumbaron, entrelazados, pieles pegajosas, respiraciones calmándose como olas tras la tormenta. El incienso aún flotaba, ahora mezclado con el olor post-sexo: semen, sudor, feminidad florecida. Javier la besó la frente.

—Esto es la espiritualidad pasionista, Ana. Pasión que une cuerpo y espíritu.

Ella sonrió, el cuerpo lánguido, el alma plena. Afuera, la noche cantaba con cigarras, y por primera vez, sintió que Dios —o lo que sea que sea— la abrazaba de verdad. No hubo culpas, solo gratitud. Al amanecer, caminaron de la mano, listos para más retiros, más pasiones, más vida chida.

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