Pasión Capítulo 117 El Susurro del Deseo
Ana sintió el calor de Guadalajara pegándose a su piel como un amante impaciente mientras caminaba por las calles empedradas del centro histórico. El sol del atardecer teñía todo de naranja, y el aroma a tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las jacarandas que caían como lluvia púrpura. Hacía meses que no veía a Marco, su pendejo favorito, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Habían terminado por una chingadera de celos, pero neta, la pasión entre ellos era como un volcán que no se apagaba nunca.
Él la esperaba en el hotel boutique de la avenida Chapultepec, uno de esos lugares chidos con balcones de hierro forjado y vistas al skyline. Cuando Ana abrió la puerta de la suite, Marco estaba ahí, recargado contra la pared, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su vestido rojo ceñido.
Órale, mi reina, ¿vienes a matarme de una vez?dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en sus venas. El cuarto olía a sándalo y a su colonia favorita, esa que siempre le recordaba noches de desvelo. Este cabrón sabe cómo recibirme, pensó ella, mientras sus dedos rozaban el brazo de él, duro como roble bajo la tela.
Se fundieron en un abrazo que era puro fuego. Los labios de Marco capturaron los suyos con hambre contenida, saboreando el dulce de su gloss de fresa. Ana gimió bajito, un sonido que vibró en su garganta como un ronroneo. Sus manos bajaron por la espalda de él, clavando las uñas en la curva de sus nalgas. Neta, lo extrañé tanto que duele.
Se separaron solo para respirar, jadeantes. Marco la miró con esa sonrisa pícara. Pasión Capítulo 117, murmuró, como si leyera el guion de su propia telenovela privada. El capítulo donde el galán regresa y enciende el mundo de su dama. Ana rio, un sonido juguetón que llenó la habitación. Habían empezado ese jueguito hace años, numerando sus encuentros como episodios de una novela ardiente. Este era el 117, el de la reconciliación explosiva.
La llevaron al balcón, donde la brisa nocturna jugaba con sus cabellos. Guadalajara bullía abajo: cláxones lejanos, risas de transeúntes, el eco de un mariachi en alguna cantina. Marco la acorraló contra la barandilla, sus caderas presionando las de ella. Ana sintió su dureza contra su vientre, un pulso caliente que la hizo mojarse al instante. Ay, wey, ya me tienes lista.
Él deslizó las manos por sus muslos, subiendo el vestido hasta la cintura. La piel de Ana ardía bajo sus palmas ásperas, callosas de tanto trabajar en su taller de motos. Besó su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Olía a ella, a jazmín y deseo crudo. Ana arqueó la espalda, presionando sus pechos contra el pecho de él, los pezones endurecidos rozando la tela.
No pares, mi amor, susurró ella, la voz temblorosa. Marco obedeció, mordisqueando su lóbulo mientras sus dedos exploraban bajo la tanga de encaje. Estaba empapada, resbaladiza como miel caliente. Él gruñó de placer, hundiendo dos dedos en su calor húmedo, moviéndolos en círculos lentos que la hicieron jadear.
La tensión crecía como una tormenta. Ana lo empujó adentro, cerrando la puerta del balcón con el pie. Lo tumbó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería negra que contrastaba con su piel morena. Marco se incorporó, devorándola con los ojos.
Estás más rica que un mole poblano, nena, dijo, la voz cargada de lujuria mexicana.
Ella se trepó sobre él, desabrochando su pantalón con dientes impacientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra su palma. Ana la acarició despacio, sintiendo el calor irradiar, el sabor salado de la gota perlada en la punta cuando la lamió. Marco maldijo en voz baja, chingada madre, qué chido, sus caderas elevándose en busca de más.
Lo montó como una reina, guiándolo dentro de ella con un gemido gutural. Estaba tan llena, tan estirada, que lágrimas de placer le nublaron los ojos. Empezó a moverse, lento al principio, sintiendo cada centímetro rozar sus paredes sensibles. El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno, húmedo, acompañado por sus respiraciones entrecortadas. El sudor los unía, resbaloso y pegajoso, oliendo a sexo puro.
Marco la sujetó por las caderas, clavando los dedos en su carne suave. Más rápido, mi vida, rogó ella, y él obedeció, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. Ana gritó, el placer acumulándose en su vientre como una ola. Sus pechos rebotaban, y él los atrapó con la boca, chupando un pezón hasta que dolió delicioso. Esto es el paraíso, neta, pensó ella, mientras el orgasmo se acercaba, tensando cada músculo.
Pero no era solo físico. En su mente, flashbacks de sus peleas, de noches solitarias masturbándose pensando en él. Este wey es mi todo, mi pasión eterna. Marco lo sentía, la conexión profunda. La volteó sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas. Ahora él mandaba, penetrándola profundo, su vientre golpeando sus nalgas con palmadas rítmicas. Ana se arqueó, empujando hacia atrás, el clítoris rozando la sábana en cada estocada.
El aire se llenó de sus jadeos, del aroma almizclado de sus fluidos mezclados. Marco aceleró, gruñendo como animal.
Ven conmigo, reina, Pasión Capítulo 117, el clímax. Ana explotó primero, un grito ahogado rompiendo el silencio, su coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban su verga. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido, caliente y abundante, llenándola hasta rebosar.
Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas. El corazón de Ana latía desbocado contra el de él, sus respiraciones sincronizándose poco a poco. Marco la besó la frente, suave, tierno. Te amo, pendeja, murmuró, y ella rio bajito, acurrucándose en su pecho húmedo.
Desde el balcón entraba la brisa fresca, carrying ecos de la ciudad viva. Ana cerró los ojos, saboreando el afterglow: el semen goteando entre sus muslos, el peso reconfortante de su brazo sobre su cintura, el olor a ellos impregnando todo. Este capítulo fue épico, pero el 118 será legendario, pensó, sonriendo en la penumbra.
Se quedaron así, en silencio cómplice, hasta que el sueño los venció. La pasión no era solo fuego; era hogar, era ellos contra el mundo. Y en Guadalajara, bajo las estrellas, Pasión Capítulo 117 se grabó en sus almas para siempre.