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Panchita Pasión de Gavilanes (1)

6427 palabras

Panchita Pasión de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro las paredes de adobe y el viñedo que se extendía como un mar verde. Panchita, con su falda floreada ceñida a las caderas y una blusa que dejaba ver el nacimiento de sus pechos morenos, caminaba descalza por el patio. El aire olía a tierra húmeda y jazmín, y el zumbido de las abejas la envolvía como un susurro caliente. Hacía meses que no sentía un hombre cerca, desde que su marido se fue a la ciudad por trabajo. Pinche soledad, pensó, mientras se pasaba la mano por el cuello sudado, imaginando dedos más firmes que los suyos.

Entonces lo vio. Javier, el nuevo capataz que su cuñado había contratado para las siembras. Alto, con piel curtida por el sol y unos ojos negros que brillaban como obsidiana. Lo llamaban Gavilán por cómo cazaba serpientes en el campo, rápido y sin piedad. Estaba arreglando la cerca, sin camisa, los músculos de su espalda flexionándose con cada martillazo. El sudor le corría por el pecho, goteando hasta el borde de sus pantalones gastados. Panchita sintió un cosquilleo en el vientre, como si un gavilán le rozara las entrañas.

Órale, Panchita, ¿ya vienes a supervisar mi trabajo? —dijo él, girándose con una sonrisa pícara, limpiándose el sudor con el antebrazo. Su voz era grave, como el trueno lejano.

—No seas pendejo, Gavilán. Solo traigo agua fresca —mintió ella, extendiendo el jarro de barro. Sus dedos se rozaron al pasarlo, y una chispa eléctrica le subió por el brazo. Él bebió despacio, el agua escapando por su barbilla, y ella no pudo evitar mirar cómo su garganta se movía.

La tensión creció esa tarde. Panchita lo invitó a la sombra del porche para charlar, pretextando que necesitaba consejos sobre las gallinas. Se sentaron cerca, demasiado cerca. El olor de su piel —mezcla de tierra, sudor y algo masculino, como cuero viejo— la mareaba.

¿Qué chingados me pasa? Este wey me prende como yesca
, se dijo, cruzando las piernas para aplacar el calor entre ellas.

Acto primero de su deseo: las miradas que se cruzaban, cargadas de promesas. Él le contó de sus viajes por el norte, de noches bajo las estrellas donde el viento silba como un lobo. Ella rio, tocándole el brazo sin querer-querer, sintiendo la dureza de sus bíceps. El sol bajó, tiñendo todo de rojo, y Panchita supo que esa noche no dormiría sola en su catre.

La fiesta del pueblo era el detonante perfecto. Luces de bombillas colgadas en los árboles, mariachis tocando La Bikina a todo volumen, y el aroma de tacos al pastor flotando en el aire. Panchita se había puesto su mejor vestido, rojo como la sangre, que se pegaba a sus curvas con cada paso. Gavilán llegó en su camioneta vieja, con sombrero y botas lustradas. La vio de inmediato y se acercó, ofreciéndole una cerveza fría.

Mamacita, estás cañona esta noche —murmuró al oído, su aliento cálido con sabor a cerveza y menta. Bailaron cumbia, sus cuerpos pegados, las caderas de ella ondulando contra la dureza que crecía en los pantalones de él. El sudor los unía, resbaloso y caliente. Sus manos bajaron por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas, apretando justo lo suficiente para que ella jadeara.

—No tan rápido, carnal —susurró ella, pero su voz temblaba de ganas. Lo llevó a un rincón oscuro del jardín, detrás de los nopales. Allí, bajo la luna llena, se besaron por primera vez. Sus labios eran firmes, la lengua de él invadiendo su boca con hambre, saboreando a tequila y deseo. Panchita metió las manos por su camisa, arañando su pecho velludo, sintiendo el latido acelerado de su corazón.

Esto es lo que necesitaba, pensó, mientras él le bajaba el tirante del vestido, exponiendo un pecho. Lo lamió despacio, el roce de su barba raspando su piel sensible, enviando ondas de placer hasta su centro húmedo. Ella gimió, arqueándose, el sonido ahogado por la música lejana.

La escalada fue imparable. Regresaron a la hacienda en la camioneta, las manos de él en sus muslos todo el camino, subiendo peligrosamente. Panchita lo guió a su habitación, la de paredes blancas y sábanas de algodón fresco. Se desnudaron con urgencia, pero él se tomó su tiempo para admirarla.

Eres la pasión de gavilanes, Panchita —dijo, arrodillándose ante ella—. Salvaje, ardiente, imposible de domar.

Ella rio bajito, jalándolo hacia la cama. Sus cuerpos chocaron, piel contra piel, el calor de él quemándola. Lo montó, guiando su verga dura y gruesa dentro de ella. ¡Ay, cabrón! El estiramiento era delicioso, llenándola por completo. Se movieron lento al principio, saboreando cada roce: el slap de sus carnes, el olor almizclado de su excitación, el gusto salado de su sudor cuando ella lo besó en el cuello.

La tensión psicológica estalló en oleadas. Panchita luchaba con su culpa fugaz —¿Y si mi marido se entera?—, pero el placer la barría.

Que se joda, esto es mío
. Gavilán la volteó, embistiéndola desde atrás, sus manos en sus caderas, el ritmo acelerando como un galope. Ella gritó su nombre, las uñas clavadas en las sábanas, oliendo a sexo y a tierra del viñedo que entraba por la ventana abierta.

Él la tocaba por todas partes: dedos en su clítoris hinchado, circundando con maestría hasta que ella explotó, el orgasmo rasgándola como un rayo, jugos calientes empapando sus muslos. ¡Sí, sí, chingado! Gavilán gruñó, tensándose, y se corrió dentro de ella con un rugido gutural, su semilla caliente inundándola.

Acto final: el afterglow. Yacían enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra su espalda. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Panchita trazaba círculos en su abdomen, sintiendo la paz que solo da un buen polvo.

Pinche Gavilán, me dejaste temblando —dijo ella, besándole el hombro.

—Y tú, Panchita, pasión de gavilanes, me tienes enganchado. Esto no acaba aquí —respondió él, su mano bajando de nuevo, prometiendo más rondas.

Al amanecer, con el canto de los gallos y el primer sol filtrándose, Panchita sonrió. Había reclamado su fuego, su cuerpo empoderado, lista para volar como el ave que él nombraba. La hacienda parecía más viva, y ella, por fin, satisfecha.

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