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Ejemplos de Pasiones Humanas en Carne Viva

6487 palabras

Ejemplos de Pasiones Humanas en Carne Viva

Ana sintió el ritmo de la salsa golpeando en su pecho como un corazón desbocado mientras bailaba en el antro de la Zona Rosa. El aire estaba cargado de sudor fresco, perfume barato y ese olor dulzón a tequila que flotaba desde la barra. Las luces neón parpadeaban rojas y azules, pintando sombras calientes en la piel morena de los cuerpos que se mecían al son de la música. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como una promesa, y cada giro hacía que la tela rozara sus muslos, enviando chispas de anticipación por su espina.

Órale, esta noche la armo, pensó, moviendo las caderas con maestría. Había salido con sus cuates para desquitarse del pinche trabajo en la oficina, pero ahora, con el calor subiendo, solo quería soltar las riendas. Ahí estaba él, Diego, un wey alto y fornido con ojos cafés que brillaban como carbones encendidos. La miró desde el otro lado de la pista, y su sonrisa pícara la hizo detenerse un segundo. Neta, traía una vibra que la ponía a mil.

Se acercó bailando, sin pedir permiso, y le tendió la mano.

"¿Bailas o nomás miras, carnal?"
le dijo ella, con voz ronca por el humo del lugar. Él rio, una carcajada grave que vibró en el pecho de Ana como el bajo de la canción. Sus manos se encontraron, ásperas las de él por quién sabe qué trabajo manual, y la jaló hacia sí. El primer contacto fue eléctrico: piel contra piel, calor húmedo filtrándose a través de la tela fina. Bailaron pegados, sus cuerpos sincronizados en un vaivén que imitaba algo mucho más íntimo. El olor de su colonia, madera y cítricos, se mezcló con el aroma salado de su cuello, y Ana inhaló profundo, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

La tensión creció con cada vuelta. Sus muslos se rozaban, su aliento caliente le erizaba la nuca. Ejemplos de pasiones humanas, ¿no? Así de crudos y vivos, reflexionó ella, recordando un libro viejo que había leído en la uni sobre deseos que nos hacen humanos. Diego la apretó más, su erección presionando contra su cadera como una confesión muda.

"Neta que bailas chido, pero yo quiero más"
, murmuró él al oído, su voz un ronroneo que le mojó las bragas.

Salieron del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana golpeándolos como una caricia inesperada. Caminaron por las calles empedradas de la Condesa, riendo de tonterías, pero el deseo latía entre ellos como un tambor. Llegaron al depa de Ana, un lugar chiquito pero con gusto: paredes blancas, plantas colgando y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerraron la puerta, él la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a ron y menta, y la lengua invadió su boca en una danza salvaje. Ana gimió, arqueando la espalda, sintiendo sus manos grandes recorrer su cuerpo, amasando sus nalgas con urgencia contenida.

Esto es lo que necesitaba, soltar todo, pensó mientras él bajaba el vestido por sus hombros, exponiendo sus pechos al aire. Los pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos. Diego los miró con adoración, lamiendo uno con la punta de la lengua, un roce húmedo y cálido que la hizo jadear.

"Qué ricos, güey"
, gruñó él, succionando con fuerza mientras sus dedos se colaban bajo la falda, encontrando el calor empapado entre sus piernas. Ana jadeó, el sonido ahogado por la música lejana que se colaba por la ventana abierta. El olor a sexo empezaba a impregnar el cuarto: almizcle dulce, salado, mezclado con el jazmín del jardín abajo.

La llevó a la cama, quitándole la ropa con deliberada lentitud, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Ella lo desvistió a él, riendo al ver su torso marcado, vello oscuro bajando hasta el bulto impresionante en sus bóxers. Su verga se ve dura como piedra, neta que me muero por probarla. Se arrodilló, inhalando su aroma masculino, terroso y excitante, antes de lamer la punta, saboreando la gota salada de precum. Diego siseó, enredando los dedos en su cabello negro, guiándola mientras ella lo chupaba profundo, la boca llena, la garganta relajándose al ritmo de sus embestidas suaves.

Pero no quería acabar así. Lo empujó sobre el colchón, montándose a horcajadas. Sus tetas rebotaban al moverse, y él las atrapó, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. Ana frotó su coño mojado contra su polla, lubricándola, sintiendo cada vena pulsar contra sus labios hinchados.

"Te quiero adentro, ya"
, exigió ella, y él obedeció, empalándola de un solo empujón. El estiramiento la llenó por completo, un ardor placentero que la hizo gritar. Empezaron a follar despacio, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, el colchón crujiendo bajo ellos. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre pechos y abdomen, y Ana lo lamió de su pecho, salado y adictivo.

La intensidad subió como la marea. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás, profundo, golpeando ese punto que la volvía loca. ¡Ay, cabrón, así! Más fuerte, pensó ella, empujando contra él, sus nalgas temblando con cada arremetida. El sonido era obsceno: carne húmeda aplastándose, gemidos guturales, respiraciones entrecortadas. Él metió un dedo en su culo, lubricado por sus jugos, y el doble placer la mandó al borde.

"Estás tan chingona, Ana, me vas a hacer venir"
, jadeó él, acelerando.

Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, contrayendo su coño alrededor de su verga en espasmos violentos. Gritó su nombre, el mundo explotando en colores detrás de sus párpados cerrados, el placer derramándose como lava por sus venas. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que se sintieron eternos. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa y palpitante.

En el afterglow, yacían jadeando, el ventilador zumbando sobre ellos, secando el sudor lentamente. Diego la besó en la frente, suave ahora, y Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. Ejemplos de pasiones humanas perfectos, sin filtros, solo nosotros dos, meditó, sintiendo una paz profunda mezclada con el leve dolor placentero entre las piernas.

"¿Repetimos en la regadera?"
propuso él, con picardía. Ella rio, jalándolo de la mano. La noche aún era joven, y las pasiones, inagotables.

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