Pasión Capítulo 57 Fuego en la Sangre
Entré al lobby del hotel en Puerto Vallarta con el corazón latiéndome como tambor en fiesta. El aire olía a sal marina y jazmín fresco, mezclado con ese toque de coco de las cremas bronceadoras de las turistas. Llevaba un vestido rojo ceñido que Marco tanto gustaba, el que hacía que mis curvas se vieran chidas y provocadoras. Habían pasado meses desde nuestra última noche, pero el mensaje que me mandó esa mañana —Ven, mi reina, esta noche es nuestra
— me había puesto la piel chinita de anticipación.
Lo vi de pie junto a la barra, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y sentí un calor subiéndome por las piernas. Órale, pensé, este wey todavía me hace temblar las rodillas. Me acerqué con paso lento, contoneándome un poquito extra, y él me jaló hacia sí para darme un beso en la mejilla que duró más de lo necesario, su aliento cálido oliendo a tequila reposado.
—Mamacita
—murmuró en mi oído—, te extrañé tanto que duele
.
Su mano se posó en mi cintura, y el roce de sus dedos callosos sobre la tela delgada me erizó la piel. Cenamos en la terraza con vista al mar, el sonido de las olas rompiendo suave y el bullicio de la gente riendo a lo lejos. Pedimos tacos de mariscos frescos, con limón y salsa picosa que quemaba la lengua deliciosamente. Cada mirada suya era una promesa, cada roce accidental bajo la mesa una chispa. Hablamos de todo y nada: de mi trabajo en la agencia de publicidad en Guadalajara, de sus viajes como fotógrafo por la sierra. Pero el aire entre nosotros estaba cargado, como antes de una tormenta tropical.
Cuando terminamos, su mano en la mía me guio escaleras arriba hacia su suite. El pasillo alfombrado amortiguaba nuestros pasos, pero mi pulso retumbaba en los oídos.
Esto es pasión capítulo 57 de nuestra historia, me dije en silencio, recordando cómo siempre numerábamos nuestras noches locas en mensajes juguetones. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto el mundo se redujo a nosotros dos.
Marco me empujó contra la pared con gentileza, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a tequila y a sal, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos subiendo por su espalda musculosa, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa. Neta, este hombre sabe cómo besarte hasta que te derrites. Me desabotonó el vestido despacio, dejando que cayera al suelo en un susurro de tela. Quedé en lencería negra, mis pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada.
—Eres tan hermosa, Ana
—dijo con voz ronca, sus ojos devorándome—. Quiero comerte entera
.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. El cuarto olía a su colonia amaderada y al leve aroma de mi propio deseo, ese almizcle dulce que traiciona al cuerpo. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados por horas en el gym, y pantalones que no ocultaban su erección creciente. Me incorporé para ayudarlo, mis dedos temblorosos desabrochando su cinturón, bajando el zipper con un sonido metálico que me aceleró el corazón.
Caímos juntos sobre la cama, su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Lamí su hombro, saboreando el sudor salado mezclado con su esencia masculina. Qué rico sabe, pensé, mientras mis uñas arañaban su espalda. Él deslizó una mano entre mis muslos, rozando mi humedad a través de las bragas. Gemí fuerte, arqueándome contra él.
—Estás empapada, mi amor
—susurró, su aliento caliente en mi oreja—. ¿Tanto me deseas?
—Sí, pendejo
—le respondí juguetona, jalándolo más cerca—. Me tienes loca desde que te vi
.
Me quitó las bragas con delicadeza, sus dedos explorando mis pliegues resbaladizos, círculos lentos en mi clítoris que me hicieron jadear. El placer subía en oleadas, mi cuerpo tensándose como cuerda de guitarra. Lo empujé hacia abajo, queriendo sentir su boca. Se arrodilló entre mis piernas, el colchón hundiéndose bajo su peso, y su lengua encontró mi centro con maestría. Lamidas largas, succiones suaves, el sonido húmedo de su boca devorándome mezclado con mis gemidos ahogados. Olía a sexo puro, a mi excitación y su saliva. No pares, carnal, no pares.
El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi visión nublándose, piernas temblando alrededor de su cabeza. Grité su nombre, aferrándome a las sábanas revueltas. Él subió sonriente, besándome para que probara mi propio sabor dulce y salado en sus labios. Mi turno. Lo volteé, besando su pecho, lamiendo pezones duros, bajando por su vientre plano hasta su verga erecta, gruesa y pulsante. La tomé en la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo mi palma, el calor irradiando. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de precum, salada y adictiva.
—¡Qué chido, Ana! Sigue así
—gruñó, sus caderas moviéndose involuntariamente.
La chupé profundo, garganta relajada, mis labios estirándose alrededor de su grosor. El sonido de succión y sus jadeos llenaban la habitación, su mano en mi cabello guiándome sin forzar. Lo llevé al borde, pero me detuvo, jalándome arriba. Nos besamos fieros, cuerpos enredados, sudor pegándonos. Sentí su verga presionando mi entrada, resbaladiza de mis jugos.
—Te quiero adentro, ya
—supliqué, mis uñas clavándose en sus nalgas.
Empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Dios, qué grande se siente! Gemimos al unísono, el estiramiento delicioso, mi concha apretándolo como guante. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, la cama crujiendo bajo nosotros. El slap-slap de piel contra piel, nuestros alientos entrecortados, el olor almizclado intensificándose. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones sensibles.
—Córrele, mi reina, muévete así
—jadeó, sus ojos fijos en mí, brillantes de lujuria.
El placer crecía, espiral infinito, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él se sentó, abrazándome, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. Nuestros cuerpos resbalaban de sudor, besos desordenados. Sentí el clímax aproximándose otra vez, más fuerte, y él también, su verga hinchándose dentro.
—Vente conmigo, Marco
—le rogué, mordiendo su hombro.
Explotamos juntos, mi grito ahogado en su cuello, su semen caliente llenándome en pulsos. Ondas de éxtasis nos sacudieron, cuerpos temblando en unísono. Colapsamos, él aún dentro, besándonos perezosos mientras el placer se desvanecía en temblores suaves.
Nos quedamos así, enredados, el ventilador del techo zumbando suave, el mar susurrando afuera. Su mano acariciaba mi espalda en círculos lentos, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas.
—Esto fue increíble, como siempre
—murmuró, besando mi frente.
—Pasión capítulo 57 superada
—le contesté riendo bajito—. La próxima será el 58
.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas calientes, con el sabor de la noche en la piel y el alma en paz, sabiendo que esto era solo el comienzo de más fuego.